Biografía no autorizada de los Martucci

Hola nene, acá estoy con el comienzo de esta historia singular de la vida de estos hermanos que, capítulo a capítulo, nos completarán los fascículos coleccionables de la historia de la pasión futbolera.
Fue en el barrio de Sarandí, allá en el sur, una tarde de domingo. Mientras Don Salvatore Martucci escuchaba los resultados de la fecha del
metropolitano al lado del radio a galena, Doña Gina, encinta de 9 meses, sintió cómo una última patada la llevó de inmediato a dar a luz.

Mientras el primer bebé pateaba, empapado, dándose paso al mundo exterior, apareció otro que, detrás, apoyaba la salida con un grito tal que el médico y la partera se abrazaron celebrando el alumbramiento, como si fuese un gol de media cancha. Así llegaron los gemelos Martucci: uno Rómulo, abriéndose a patadas el camino al mundo, y el otro Remo, demostrando que siempre iba a estar allí para acompañarlo.

Sí, había equipo; ya desde la cuna, Rómulo movía sus minúsculos y prodigiosos pies hasta hacer cantar el sonajero, sudando la batita de tanto
meter y meter, haciendo estallar en un big bang de risas a su pequeño clon. Más grandecitos, lindos sustos le darían a la sufrida Doña Gina al verlos pasar por el tejado; Rómulo llevando a las patadas al gato de la casa y Remo brindando el apoyo incondicional en su accionar. Siempre igual nene, uno jugaba y el otro alentaba.
El tiempo rodaba, nene, y hay que contar que no les fue bien en los estudios: Rómulo no paraba de practicar con su zurda con todo lo que tenía
al alcance, inclusive el peluquín del profesor de ética, moral y cívica,  el licenciado Castañarez, mientras su hermano ovacionaba su técnica, lo que, lógicamente, los llevó más cerca de la calle que de las aulas.

Entonces, fue su padre, Don Salvatore, que cansado ya de recorrer instituciones escolares, los llevó a probarse a las inferiores del club de
sus amores: ¡¡el Sportivo Cadorna!!
Ya en la cancha, Rómulo sintió la presión al recibir la pelota entre sus pies y dudó un instante, nene, esa duda que todo chico siente al enfrentarse con algo nuevo, pero ahí estaba su hermano Remo que sin titubear comenzó a alentarlo en su cometido. Entonces, Rómulo se encendió, y transpirando la camiseta gambeteó a todos los purretes de las inferiores e inclusive a algún grandulón de la reserva que se le cruzó en el camino para terminar partiendo el arco por la mitad con un contundente zapatazo.

¡Qué te voy a  agregar nene! Rómulo fue aceptado al instante en el equipo al comprobar los prodigios de esa zurda infernal que tantas alegrías les supo traer a todos, exceptuando al plantel de profesores del colegio Prilidiano Gutiérrez, lógicamente.

Y Remo fue sumado inmediatamente a las filas de la sufrida hinchada del Sportivo donde se convertiría en el estandarte de la pasión ennoblecedora del aguante!!

Y así nace esta historia que tantos momentos nos depara.

Ya sé, ya sé, ¿querés saber cómo sigue la cosa, nene? Se pone caliente el partido, pero esperá, enfrialo hasta la próxima.