Cuando se empezó a usar la palabra bizarro, allá por los ochenta y los noventa, se le dio el valor de lo extraño, lo raro, incluso hasta lo anormal, pero siempre con un sentido claramente positivo. “Qué loco, qué bizarro ese artista”, decíamos y eso venía a significar que era, cuando menos, talentoso y extravagante.
Es que estábamos tan cansados y éramos tan decadentes que nos poníamos contentos cuando alguien transformaba nuestro tedio, nuestra asfixia, en arte.
Bizarras eran, por ejemplo, las películas de Pedro Almodóvar (como “Mujeres al borde de un ataque de nervios” o “Entre tinieblas”), algunas canciones de Los Twist (como “Jabones flotadores” o “Ricardo Rubén”) o libros como “La banda de los chacales” de Enrique Symns o los espectáculos teatrales del entonces llamado underground, que tenían como protagonistas a artistas como Noy, Geniol, Batato Barea o Alejandro Urdapilleta. Y ni hablar del programa de televisión “De la cabeza”, con Alfredo Casero, Daniel Aráoz y Fabio Alberti.
Con los años el concepto de lo bizarro fue perdiendo estilo, elegancia, hondura, lo cual, en el mundo en que vivimos, viene a significar que se transformó en un éxito televisivo. El concepto fue virando de lo artístico a lo patético, casi sin escalas. Aquello era provocativo y seductor, esto de hoy es irrisorio, lamentable.
A partir de mediados de los ’90 bizarro ya era cualquier personaje: Lita De Lázzaris, Moisés Ikonicoff, Silvia Süller, José María Listorti, Roberto Giordano, Mauro Viale y, en Mendoza, el Perro Videla y el Torrente de Alegría.
Entonces, surgió con fuerza el adjetivo “inefable”, que viene a ser algo así como indecible, imposible de definir con palabras (no debiera haber nada imposible de definir con palabras, las palabras siempre alcanzan). Ya no se trataba de explicar la concepción del tiempo para Dalí, San Juan de la Cruz o Jorge Luis Borges, sino, simplemente, de poner en evidencia, casi hasta con inocencia, el escaso rango de apertura del abanico expresivo del conductor de turno.
Y así es como fue que los conductores de televisión vieron con buenos ojos usar “inefable” a cada rato (algo semejante ocurre ahora, con los relatores de fútbol que a cada rato dicen “lastimar”, cuando tratan de explicar las formas de penetración de la delantera de un equipo a la defensa de otro o con los diarios que definen como voraces todos los incendios).
Llegamos a nuestros días en este vuelo de martineta, superficial y ruidoso, en que lo bizarro es todo aquello vinculado con el mal gusto, pero simpático. En este caso, una de las banderas de lo bizarro en la Argentina es el canal “Crónica TV”. Vamos a los ejemplos que sintetizan el paradigma argentino de lo que actualmente se interpreta como bizarro.
Empecemos con este increíble compilado. Imperdible el conductor accidentado que se siente Schumacher, los bomberos besándose en medio de un incendio y el accidentado que vuelve a accidentarse:
Y ahora pasemos a este… Aquí, para empezar, ponemos el ojo en el testimonio de Batman, único testigo de un choque, que es francamente conmovedor. Y luego en distintos yerros de los conductores y hasta una pelea de mujeres por un bizarro portero asesino de animales.
Este se llama “Crónica TV se ríe de Crónica TV”, muy, muy bizarro:
Aquí, una discusión con un inspector de micros super bizarro. El video ya tiene unas 160.000 vistas:
Aquí, este último, con las mejores placas de Crónica TV. Destaquemos al Pitufo Enrique, al Papá Noel que se ahorcó, a la anciana que le comieron la pastafrola, al suicida arrepentido, el casamiento de “El Zorro” y uno que dice “mueren dos personas y un boliviano”. Y, claro: todos bizarros.