El asesoramiento del gobernante debería recaer en quienes puedan acreditar no solo confianza partidaria o compromiso militante, sino idoneidad específica. Si queremos un "estado nuevo", en estas etapas en que algunos dejan cargos legislativos y se producen vacancias, nacen obligaciones políticas forzadas con los desempleados del poder.
Habrá que pensar en que la vida pública se alterne con la vida en sociedad. Ello implica probar cómo se sustentan quienes no tienen amigos en la política. Y el Estado podría convocar a equipos técnicos propios o darles oportunidades apartidaria en concursos de antecedentes. Con viejas prácticas, el Estado siempre será viejo.