Un funcionario de alto rango en una municipalidad del Gran Mendoza viajaba en el micro de la línea del Grupo 2 que va al barrio Paraguay con su pareja. Se bajó y de inmediato descubrió que no tenía en el bolsillo su iPhone. Con desesperación vio cómo el colectivo se iba. Su mujer tomó su propio teléfono y activó la búsqueda que este tipo de aparatos tiene disponible para casos de pérdida. El dictamen fue inmediato: estaba en el micro. Miró para los cuatro puntos cardinales y reconoció que venía un conocido en auto. Lo pararon y el pedido fue más que un ruego, una orden: "Seguí a ese micro". En forma menos espectacular que el asalto a Prosegur de Ciudad del Este, pero furioso al fin, sobrepasaron al micro y lograron que frenara.
El funcionario subió, transpirado y le dijo al chofer: "¿Me permite buscar mi teléfono?"; "Sí, como no", fue la respuesta. Se paró en el medio y pidió: "Por favor, les ruego su atención. Se me ha perdido el celular y sé que está acá arriba. Si alguien lo vio, ¿me lo puede devolver?". Estupor y comentarios, de fondo. Hasta que debido a la falta de respuesta les advirtió: "Les pido silencio, por favor. Voy a llamar a mi teléfono. Si alguno lo escucha, por favor me avisa".
Tomó el aparato de su pareja y marcó su propio número. Apenas habrá sonado una vez que una persona que se había agachado en su asiento gritó: "¡Acá está!". El funcionario se acercó, dio media vuelta, llegó hasta el chofer -que no salía de su asombro- y antes de bajarse, hizo lo propio con todos los pasajeros, rogando disculpas por la demora causada.
Nadie sabrá nunca si se le cayó o si se lo habían sacado del bolsillo, pero resolvió gracias a la tecnología y a una dosis de carácter la situación. Además, se ahorró unos cuantos pesos que habría perdido por el valor del aparato.