No podemos paralizarnos. La crisis institucional generada por la todavía misteriosa muerte del fiscal Alberto Nisman es también una crisis ciudadana. Los peligros que acechan están vinculados a que aquello que fue bronca se vuelva desazón y se consolide como desinterés en el sistema político. Debemos evitarlo, aunque parezca imposible. La crisis es, siempre, oportunidad y esta -por profundamente grave que parezca- no tiene por qué ser la excepción.
Ahora hay un condicionante y es que no podemos esperar que desde los factores de poder se instaure una vanguardia política: es el turno de los ciudadanos.
Así como nos unimos para criticar o celebrar, para reír o llorar ante situaciones irritantes, festivas o bien las conmocionantes, como la que vive hoy todo el arco político, social y empresario, ya que el caso Nisman, su denuncia contra las máximas autoridades del país, su muerte, las sospechas cruzadas tocan a todos de diferente manera, pero representa un golpe global.
Hay que garantizar la vigencia de la República. Si algo ganamos tras la oscura dictadura es eso y esta vez no hay que ser expectadores: hay que actuar. ¿Alguien puede darse por vencido? ¿Algún dirigente político es capaz de decir públicamente que, como se está ejercitando la democracia, tres décadas después de recuperada, es de la forma ideal?
Este año hay elecciones y esa es la salida. Pero no es -como la dirigencia oportunista cree- solo ir a votar, generar una maratón de momentos en los que se vaya y deposite el sufragio, como si se tratara de ir a un supermercados en busca de productos de primeras, segundas o terceras marcas.
La oferta electoral, a esta altura de la democracia argentina, debe ser más calidad institucional, más controles cruzados, más contrapesos, más participación a través de una mejor representación.
¿Seguiremos pensando que "está bien" que el que gana el ejecutivo controle el resto de los poderes, transformándolos en meras "escribanías" de lo que ese solo poder quiere?
Los países que nos rodean, con sus propias historias, conflictos y sus particularidades, por izquierda o por derecha han ya incluido en sus constituciones opciones que le dan un mayor "octanaje" al combustible de la vida en sociedad: la democracia. Han incorporado institutos como la revocatoria de mandatos, el voto por programas, los plebiscitos vinculantes.
Creemos que la oportunidad está servida y que, con firmeza, los mendocinos podemos volver a hacer historia plantando esas banderas.
Hay que hacerlo "ya": el mes que viene ya comienza la lista de elecciones que municipio tras municipio, provincia y Nación determinarán quiénes gestionan la cosa pública.
Y como votar no implica delegar a ciegas nuestros destinos en alguien, es necesario que, empezando por los municipios y siguiendo por las candidaturas provinciales y nacionales, en lo inmediato se hagan públicos:
- Las hojas de vida, capacitación, currículum vitae, antecedentes públicos y privados de cada uno de los aspirantes a cualquier cargo electivo.
- Establecer por escrito, como una "carta compromiso con el ciudadano", al menos cinco temas en los que participará activamente dentro del cargo que le corresponde. Cómo, en qué plazos y con qué recursos lo hará.
- Dejar en claro con anticipación si están o no de acuerdo con darle "una vuelta de rosca" a la democracia, con las medidas de contrapeso y participación directa de la ciudadanía antes mencionadas.
- Mostrar el núcleo de ideas básicas de sus partidos políticos.
- Exhibir sus equipos y aspirantes a conducir áreas ejecutivas, con sus respectivos antecedentes para tal fin.
Podemos darnos la fuerza que necesitamos y no seguir lamentándonos eternamente desde la tribuna. La democracia, aunque suene cursi por repetido, es un partido que jugamos todos.
Debe haber lugar en esta cancha para que cada uno haga su juego, en medio de las diferencias, de la libertad, pero dentro de reglas claras de "fair play".