El Tribunal Oral Federal de la provincia está analizando la "causa rabanal" , que investiga la etapa del operativo anti Montoneros de 1976 en Mendoza. Los detalles de la última audiencia.
El pasado 10 de junio, por videoconferencia desde Santa Fe, declaró Rodolfo Molinas, detenido en la razzia contra miembros y simpatizantes de Montoneros, realizada en febrero de 1976, que se cobró la vida de Miguel Ángel Gil y la de Marcos Ibáñez, este último fallecido por las agresiones recibidas después de ser trasladado a la cárcel de La Plata.
Molinas fue secuestrado en la casa que compartía, circunstancialmente, con Marcos Ibáñez, el 9 de febrero, y fue trasladado al D2. Sufrió, al igual que sus compañeros/as, graves torturas y desembarcó, junto con su grupo, en la penitenciaría provincial, previo paso por una comisaría donde fue indagado por el juez Rolando Carrizo.
En orden a seguir con uno de los ejes de esta causa, el fiscal Dante Vega lo interrogó acerca de las agresiones sexuales contra las mujeres detenidas en ese operativo. Molinas respondió que podía escucharlas; se refirió al llanto y coincidió con el relato que las tres testigos hicieron sobre las violaciones sufridas.
También se refirió a la indagatoria del juez Carrizo. Contó que llegó desde el D2 “mugriento, descalzo y con un pantalón de mujer”. Molinas solicitó al juez que le diera 48 horas para reponerse porque estaba aturdido, confuso, pero el magistrado optó por cerrar el asunto consignando que se abstuvo de declarar. La correspondiente acta está rubricada con un garabato y la impresión digital de Molinas, ya que no podía manejar las manos paralizadas por las torturas. Molinas agregó que le faltaban dientes y su estado era deplorable. Sin embargo, el mismo día, al ingresar a la cárcel un médico de apellido Corradi, asentó en un informe: “No presenta lesiones”.
En cuanto al trato recibido en la penitenciaría provincial, aseguró no haber tenido “incidentes”, pero recordó las agresiones sufridas durante la famosa requisa de julio de 1976. En cambio, se explayó largamente sobre los padecimientos en la Unidad 9 de La Plata donde murió Marcos Ibáñez.
El testimonio finalizó con una pregunta del doctor Carlos Varela –abogado querellante– acerca de si se le había designado abogado defensor. Molinas respondió que tenía asignado el profesional de “pobres y ausentes”, luego, negó conocer a un tal Enrique Sosa Arditi que, según consta en la causa, era su defensor. Molinas fue condenado por un tribunal militar a 10 años de prisión sin haber tenido contacto con él.
Ese mismo día también Oscar Gil fue llamado a testimoniar debido a la muerte por torturas de su hermano Miguel Ángel, a manos de los guardias del D2. Relató que se encontraba fuera de la provincia cuando la víctima fue secuestrada de su domicilio en Villa Hipódromo, pero que regresó un día después de que recibieran el cadáver, acompañado de un informe médico que consignaba su fallecimiento por septicemia. Recordó que la entrega se hizo en la morgue judicial; aunque no lo vio, otros familiares le dijeron que Miguel, de contextura robusta, estaba consumido. Asimismo, dio cuenta de que un día después del secuestro de Miguel Ángel les decomisaron un Fiat 600 de su pertenencia; después de diversos trámites realizados por su madre ante Petra, el vehículo les fue devuelto en el D2. Interrogado por las gestiones para dar con el paradero de Miguel Ángel Gil, recordó que recurrieron a Carlos Rico Tejeiro porque eran amigos del barrio. El policía, hoy detenido por su participación en la represión ilegal, les respondió que no sabía dónde estaba. Oscar Gil no pudo proporcionar mayores datos porque “en la familia no se tocaba el tema”. Relató que él era militante político por aquellos años pero que desconocía el activismo de su hermano; sólo aportó que creía que lo habían detenido por ser delegado sindical de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) donde la víctima trabajaba. En el mismo sentido, no recordaba que su madre impulsó una acción penal por el asesinato de Miguel, evocada por el Dr. Fourcade. Finalmente, describió a su hermano como muy compañero, solidario, “alguien de manos abiertas”.
Perlitas de los jueces
El día anterior declaró Nélida Virginia Correa, detenida en noviembre de 1979 en un domicilio de Las Heras, fue llevada al D2. Entre quienes la secuestraron identificó a Juan Agustín Oyarzábal, quien ya tiene dos condenas a prisión perpetua. Este ex policía era uno de los interrogadores durante la tortura diaria, hasta su traslado, el 17 de diciembre, a la penitenciaría. Nélida admitió pertenecer a Montoneros y circunscribió su participación a la Unión Vecinal en el barrio Parque Sur de Godoy Cruz para colaborar en la construcción de casas.
La testigo ofreció un dato relevante cuando contó que uno de los carceleros del D2 le dijo: “Mirame bien la cara. Si vos me ves en la calle matame porque si no, te mato yo” y tras ello le reclamó a uno de sus superiores: “Jefe, déjeme que me la lleve a Las Lajas”, expresión que convalida ese espacio de la IV Brigada Aérea como campo de exterminio.
Además, ella trabajó en la penitenciaría, entre mayo de 1975 y julio de 1976. En febrero de este último año le tocó atender a la madre de Miguel Ángel Gil, quien tras estar cautivo en el D2 fue llevado a la cárcel, donde llegó moribundo. Nélida alcanzó a ver un bulto, que sería el cuerpo de Gil. Años después se reencontró con la mamá de Miguel, quien le contó que al cadáver de su hijo se lo entregaron sin uñas en las manos y en los pies.
En cuanto a su relación con los jueces imputados, relató que fue llevada del D2 a un despacho de la Justicia Federal. Allí le tomó declaración un secretario y luego se presentó Guillermo Petra Recabarren como defensor. Le exhibieron una foto de Emilio Assales y allí escuchó, de voz de Petra: “Ese está cortando margaritas debajo del suelo hace rato”. Efectivamente, cuando se trató la causa por la muerte de Francisco “Paco” Urondo, en un juicio anterior, se conoció que Assales fue secuestrado y desaparecido en 1977. Evidentemente, el entonces defensor estaba bien informado.
Rule, como un docente
El testimonio de Fernando Rule fue brillante. Durante dos horas y media describió con inteligencia y claridad las situaciones que vivieron él, sus compañeros y compañeras.
Rule fue secuestrado el 9 de febrero de 1976 y su recorrido como detenido incluyó el D2, la penitenciaría provincial y las cárceles de Caseros y La Plata. Recuperó la libertad con el retorno de la democracia, en 1983. Admitió sin titubear su militancia en Montoneros y definió su participación como intermedia. El testigo ya declaró ampliamente el III Juicio en Mendoza realizando un acabado relato de su trayectoria y padecimientos en los centros de detención.
En este caso, optó por iniciar su testimonio relatando que a Héctor Pringles lo asesinó, en 1975, el capitán Carranza y que en la dirección administrativa del Hospital Lencinas se desempeña actualmente un ex informante de los servicios que respondía a las FF.AA., cuyo nombre es Antonio Gutelli. Más adelante pidió expresamente al TOF que tomara nota de algunos nombres de personas involucradas en la represión ilegal. Mencionó los apellidos Bravo, Escobar y Lucero (un fotógrafo) y a Fernando de Rosas, instructor aeronáutico, que lideró el operativo en el que lo secuestraron; agregó que Carlos Rico lo trasladó del D2 a la Jefatura de Policía.
Por otro lado, confirmó que “todas las mujeres que pasaron por el D2 fueron violadas”. En ese momento había cuatro detenidas. “Los verdugos se encargaban de relatar lo que hacían y se jactaban…”. También apuntó: “Ahora he venido a saber quién era una (detenida) que le decíamos ‘la Cordobesa’. Se trata de Silvia Peralta de Ferreyra, hoy desaparecida, quien no era del grupo nuestro, sino militante del PRT”. También dio cuenta del terrible episodio de la pirámide humana sobre Miguel Ángel Gil. “Creo que ahí muere”, dijo.
Fernando Rule fue trasladado del D2 para declarar ante el juez Rolando Carrizo e intentó que le tomara la denuncia de las visibles torturas sufridas: “A ver, carajo, si me entiende. Me va a decir lo que yo quiero que conteste... ¡y guarda…! A ver si cuando sale de acá pierde el pellejo”, amenazó. Ante semejante actitud, Rule se abstuvo de declarar.
El testigo señaló que además de aquel encuentro con Carrizo tuvo contacto con Gabriel Guzzo, Jorge Garguir y Guillermo Petra Recabarren. Este último lo visitó en La Plata, en condición de defensor; al igual que el ex juez Carrizo, quería hacerlo hablar de su militancia y no del trato recibido. “Cuénteme la verdad –le dijo–, tiene que responder ante la Justicia con la verdad, para que yo pueda morigerar su condena”. Entonces, se sintió más indefenso que antes.
De su paso por la penitenciaría provincial, el testigo identificó claramente a Oscar Bianchi y Pedro Linares como dos de los carceleros que ejercían liderazgo sobre los demás a la hora de la tortura; ratificó que fue Bianchi quien le pisaba la espalda al detenido Rabanal mientras lo hacía subir una escalera con las rodillas.
Por otra parte, en un tramo del testimonio, Rule hizo alusión al periodista y escritor Antonio Di Benedetto con quien compartió la prisión en la penitenciaría. “Yo creo que se lo llevaron porque era una forma de demostrar que controlaban todo y Di Benedetto era director de un diario”.