Comienza una etapa de definiciones para Mendoza. Con la discusión del presupuesto de gastos y recursos 2015, se estará diagramando el plan de gobierno para el último año de gestión de Francisco Pérez.
Es un momento al que se arriba en medio de traspiés importantes: no se supo, no se quiso o no se pudo tender los puentes necesarios para que este año la provincia contara en tiempo y forma con su pauta presupuestaria. Asimismo, el contexto que no acompaña una buena perspectiva parece empeorarse desde sus múltiples facetas.
Mendoza, consecuencia ineludible de la globalización, está inserta en el mundo y a nivel internacional las cosas no van bien o, al menos, del modo en que se había calculado. Las apuestas hechas en Brasil no rendirán sus frutos: crecerá menos de lo previsto, su economía no está bien y el gobierno fue reelecto por escaso margen, con lo cual hay un indicador de que deberá modificar algunos puntos de su esencia para poder recomponer su poder político y económico. Su recesión nos afecta.
Habíamos apostado a comerciar con el mundo entero, pero el Gobierno, por la propia crisis financiera, y sus errores, decidió cerrar las ventanas recientemente abiertas. Afuera, no sólo nuestro imprescindible Brasil está mal: China no tendrá el crecimiento previsto y obligará al mundo a rehacer sus cuentas. Hasta Alemania enfrenta dificultades en Europa y los commodities han finalizado su época de ventura inédita.
En el contexto nacional, la relación con la Casa Rosada, de adhesión incondicional, es respondida con desinterés e indiferencia. El hilo que une al gobierno provincial con el instalado en una Buenos Aires que en los últimos años se ha vuelto más imprescindible y poderosa que nunca, no se corta, pero se tensa, se enrosca, se enreda. No hay auxilio nacional para Mendoza y por lo tanto, una sucesión de funcionarios a cargo de la Hacienda y las Finanzas dibujan posibilidades muy costosas para afrontar las deudas. Esto, al margen de ministros e intendentes que peregrinan reiteradamente por la Metrópoli, en busca de los recursos que la propia realidad local no les provee.
La inflación, la recesión creciente, la parálisis productiva y una incertidumbre que hace que los más importantes sectores de la producción hayan decidido “desensillar hasta que aclare”, dejan en claro cuál es el panorama que rodea a una provincia que, por sí sola, está haciendo muy poco política y estratégicamente para superar la situación. Todo es alargar el drama por el mayor tiempo posible, no importa lo que esto les cueste a los mendocinos.
En Mendoza, en tanto, el Gobierno se encuentra entrampado: no pide diálogo, sino que lo exige y hasta pone condiciones, cuando no ha sabido cuidar sus cuentas ni programar la obtención y uso de recursos de manera eficaz.
Por lo tanto, tensa una relación muy complicada con la oposición, a la que no le queda más recurso, con una cuota propia de débil gestión –apartándose de la “culpa”, pero entendiendo la cuota de responsabilidad que le toca- que jugar al mismo juego perverso del que nadie saca provecho y representa el triunfo de la mezquindad política y la falta de liderazgo para superar la crisis.
No se reconoce la gravedad de la situación. Se maquilla el déficit, se promete más deuda para pagar deuda y se niega, desde la Casa de Gobierno, cualquier posibilidad que implique revisar las formas y el fondo de lo que se hace en la gestión pública.
Lo que funcionaba a medias pronto ya no funcionará:
- no hay medicamentos disponibles en los efectores sanitarios ni insumos médicos;
- hay servicios que no se financian; los proveedores tienen demoras inéditas para el cobro de sus acreencias;
- los sectores estatales están reclamando bonos y recomposiciones que nadie calculó ni imaginó que podían darse, atentos al estado de las cuentas.
Se indica en algunos ámbitos que hay preocupación por la falta de recursos para hacer funcionar el sistema de seguridad pública, en medio de una situación agobiante y descontrolada. La formación de agentes del orden ya sufrió una de sus peores podas desde que fuera replanteado en 1998, con todo lo que ello implica para la calidad del servicio y las consecuencias que acarreará en adelante.
Pero además, nadie frenó el poder de lobby del gremialismo estatal, capaz de echar mano a los pocos recursos existentes, que se consigue sostener con la complacencia de sectores del propio Gobierno que prefieren ceder a discutir; entregar, en lugar de explicar el real estado de cosas. La voracidad desatada no encuentra un cauce lógico y las brutales luchas internas del sindicalismo del sector se fagocitan a funcionarios que terminan siendo la otra cara de una misma moneda: más gente que entra al Estado sin la capacitación ni el destino adecuado.
No se frenó el ingreso de empleados públicos a pesar de que se dijo que sí: cualquiera, puede graficarse, hace caso omiso a los anuncios que, en tal sentido, ha hecho el Gobernador no una, sino varias veces. Su autoridad queda debilitada, por negociaciones mal llevadas adelante y que han minado, aún mas, las desvaídas arcas provinciales.
Lo que queda
Enfrentar el último año de gestión representará un gran desafío. Mendoza entera –y no solo los sectores más ocupados de lo que pasa en “la política”, está atenta. Está en riesgo su futuro y por ello es crucial que se entienda que sin diálogo político y soluciones eficientes y eficaces no hay gestión pública ni viabilidad para esta provincia.
En la negociación, el intercambio, la proposición y la superación de ideas está la esencia de la política.
La confrontación, en este caso, puede resultar un capricho tan costoso, que nos lleve a recordar a esta época como una de las más improvisadas de la historia a la hora de prever cómo gobernar y encarar esa magnánima tarea.
La gravedad y variedad de la crisis envuelve no sólo a la política. Todos los actores sociales, económicos, gremiales y la mayoría de las entidades civiles, están involucrados directa o indirectamente. No son ajenos, y atento a ello, también tienen responsabilidades y su presente y futuro muy vinculados a las decisiones que se tomen.
¿Cómo se abordará la crisis de la industria vitivinícola, la debilitada actividad agro frutícola, como se agregará valor al turismo y la apuesta por el eje minero?
¿Qué se hará para reducir el gasto público?
¿Hay algún plan que implique pensar en reorganizar según sus calidades y capacidades a los trabajadores del Estado, brindando la oportunidad de retirarse voluntariamente a quien no encaje en el mismo?
Cuando varias provincias han comprendido que el sobredimensionamiento no solo no ha aportado al crecimiento, sino que hasta ha afectado políticamente a los responsables, ¿se está pensando en ordenar las áreas duplicadas, triplicadas, superfluas, prescindibles que han ido siendo acumuladas como verdaderas capas geológicas?
Si no hay plan, se actúa como ya lo vimos con las oficinas de promoción comercial de Mendoza en el exterior: el voluntarismo y el azar como método.
Nada de esto lo puede hacer un gobierno por sí solo. Necesita del acompañamiento de diversos sectores, como señaláramos precedentemente. Primero, de la política. Luego, de toda la dirigencia social, productiva, empresaria. Pero el apoyo no es “exigible”, sino que debe construirse un espacio de consenso y disenso, de debate productivo, creíble para poder captar las múltiples voluntades que se requiere activar para salir del pozo.
El aislamiento y la soberbia han sido siempre malos consejeros y, por otro lado, enemigos que debilitan el sistema democrático de gobierno.
Mendoza no figurará en el mapa del mundo mientras se mire un ombligo infestado por decisiones solitarias, erradas y no abarcativas. Tampoco encarará de esa forma la revolución educativa y tecnológica que le hace falta para generar recursos humanos capaces de hacer otra cosa que lo que ya sabemos que nos conduce a un círculo vicioso e improductivo, que nos trae cada vez más cerca el horizonte y que genera desazón, baja autoestima como mendocinos, carencia de oportunidades y nos condena a vivir en un eterno presente, sin capacidad de soñar un futuro.
No debemos ser agoreros pero sí realistas. Es clave e impostergable acertar en las medidas para enfrentar la desfavorable coyuntura.
El tiempo de soluciones estructurales no acepta más demoras, pero la urgencia de la realidad, lamentablemente se ha impuesto y nos .compromete a todos.