La causa de la suspensión del proyecto Vale tiene nombre y apellido. El atraso cambiario, como parte de la desastrosa política económica que lleva adelante el gobierno nacional desde hace unos años.
La negación de un proceso inflacionario que ya lleva cinco años de tasas mayores al 20 por ciento anual, sumada al mantenimiento de un tipo de cambio barato que creció mucho menos que la inflación; han provocado una fenomenal distorsión de precios relativos. Por ello aumentaron un 60 por ciento los costos de inversión en dólares para el proyecto Vale, cuyos ingresos serán la venta de un producto que tiene un precio internacional más o menos estable. En el mundo en el que Argentina no vive, no es aceptable aumentar los precios al ritmo del 20% anual –o más- de nuestro país. El desequilibrio es evidente y las consecuencias están a la vista. Por eso la Junta Directiva de Vale decidió suspender de manera indefinida el proyecto.
La decisión afecta a unos 6.500 trabajadores en Mendoza, Neuquén, Río Negro y Bahía Blanca y a unas 300 pymes. Muchas de esas empresas se endeudaron, adquirieron maquinaria, tomaron empleados.
Desde lo ideológico surge de inmediato la pregunta: ¿En qué parte del relato oficial, el atraso cambiario es parte de un modelo nacional y popular? La respuesta es clara, en ninguno. Es simplemente un error conceptual grosero. El país ya tuvo dos procesos -de derecha- nefastos de atraso cambiario, en los ‘80 con la tablita cambiaria y el famoso “deme dos” de Martínez de Hoz y en lo ‘90 la Convertibilidad. En ambos se destruyó sector industrial y agroindustrial por falta de competitividad internacional. Era imposible vender al mundo en precios competitivos lo que aquí costaba muy caro producir, y con calidades dudosas.
En el mundo, por el contrario, la batalla de los grandes países en desarrollo ha sido siempre soportar las presiones de EEUU y Europa, que los presionan para revaluar sus monedas y ser así menos competitivos en el mercado mundial. Por supuesto, China resistió todo lo que pudo la presión occidental y consiguió así muchos años de altas tasas de crecimiento, las famosas “tasas chinas”. Todos los países se preocupan especialmente por mantener la competitividad internacional, uno de cuyos factores fundamentales es un tipo de cambio competitivo. Lo ha hecho Chile en los últimos treinta años y fue el camino de los tigres asiáticos en los ‘80 y los ‘90. Pero hoy Argentina está en la senda equivocada. Ahora se cayó la Vale.
Néstor Kirchner aprovechó el colchón devaluatorio de la crisis de 2001 llevado adelante por Eduardo Duhalde/Remes Lenicov. Increíblemente, la continuidad del supuesto “modelo” nos ha llevado al otro lado del péndulo. La caída del proyecto Vale es una de las consecuencias. La agroindustria mendocina está sufriendo la falta de competitividad del dólar año tras año. Aún la híper competitiva vitivinicultura muestra cada vez mayores problemas para vender en el mundo.
Hay que tener en cuenta además que este es un país sin reglas de juego para el ingreso y salida de divisas, que están sujetas a los caprichos del secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno. Y que muchos empresarios locales se quisieron pasar de listos y hacerse ricos a costa de Vale. Uno de los ejemplos más notorios fueron los dueños de terrenos donde pasaría el ferrocarril.
Subieron los precios de la servidumbre de paso un 1.000 %. La típica avivada argentina.
Una devaluación aislada, debe quedar claro, no es la solución. Necesitamos un verdadero proyecto de desarrollo con inversiones de mediano y largo plazo que necesariamente debe tener como base un tipo de cambio estable y competitivo. No sólo eso. Los inversores tienen que contar con reglas claras, y la posibilidad de disponer razonablemente de sus dividendos.
Así como vamos, vamos mal. La suspensión del proyecto Vale es una muestra más del camino equivocado. Cada vez será más difícil crear empleos y exportaciones desde las economías regionales o el sector industrial. Por esta vía, aquella promesa de Paco Pérez de industrializar el campo mendocino quedará apenas en buenas intenciones.
Hay mucha incertidumbre respecto del futuro del proyecto. El gobierno provincial deberá moverse al máximo para buscar alternativas, como una nueva licitación, conseguir compradores para el mega emprendimiento, o buscar torcer la decisión a través de la política, convenciendo al gobierno nacional que debe cederse en aspectos clave para que la empresa no levante el proyecto. De lo contrario, no será viable para nadie.
La caída de Vale demuestra el disloque económico que vive el país, y la dimensión del problema real que tenemos, con un proyecto encareciéndose en dólares el 60 %. Algo que no se resuelve con el voluntarismo, el apriete a los supermercados y los bancos y la “Moreno Card”. La economía es mucho más seria que eso, y las consecuencias ya se sienten en serio. Más de 6.000 empleados y 300 pymes pueden dar fe de ello ahora mismo.