Hace apenas una semana advertíamos de la distancia que existe entre los países centrales y los nuestros, distancia que sólo es posible cubrir con más y mejor educación. La Presidente expresó su satisfacción por el altísimo índice de escolarización del país, en particular en el ciclo primario. Y es razonable que se sienta orgullosa de ese logro.
De cualquier modo, esa estadística da cuenta, en el mejor de los casos, de la detención de la debacle, todavía no del regreso a una curva virtuosa. La próxima batalla debería ser por la calidad de la educación.
La demostración palmaria de la falta de educación es la ausencia de civilidad de vastos sectores de nuestra sociedad. Los escraches sufridos por Axel Kicillof y Nelson Castro en los últimos días revelan la intolerancia que habita entre nosotros, intolerancia que a esta altura ya es endémica. El lado oscuro de la Argentina es mucho más amplio y extremo de lo que habitualmente estamos dispuestos a aceptar.
Es comprensible la reacción pero sería una torpeza que unos y otros aplanen la realidad y califiquen, livianamente, a sus opositores, por feroces que sean, a partir de dos hechos aislados. Hay quienes afirman incluso que los argentinos nunca estuvimos tan polarizados como ahora desde el regreso de la democracia. Habría, según quienes esto sostienen, dos sectores claramente definidos: el kirchnerismo y el antikirchnerismo. Claro, se refieren a los dos sectores en pugna, a los activos, a aquellos que pueblan los comentarios de los sitios de noticias y de las redes sociales (Por cierto, en gran medida comentarios autodescalificantes).
Basarse en estos fenómenos contiene el peligro de mirar una foto borrosa, una referencia muy sesgada de la realidad argentina. La película es bastante más compleja, y pocos se toman el trabajo de interpretarla con más detenimiento.
En primera instancia habrá que decir que el espacio de la confrontación política lo ocupan aquellos que gritan más fuerte, como siempre ocurre. Los medios y las redes sociales instalan y viralizan, consecutivamente, lo peor, lo más decadente de esta batalla entre dinosaurios discursivos, que ocupan mucho lugar con cerebros minúsculos y, más tarde o más temprano, habrán de extinguirse.
Para ver debajo del agua, hoy, no estaría mal releer una crónica pesimista de nuestro tiempo como la publicada en 1993 por el politólogo francés Jean-Marie Guéhenno titulada “El fin de la democracia”, obra en la que ligaba el fin de las naciones al final de un ciclo que habría comenzado en 1789. La nueva lógica imperial del modelo desregulado global enterraba la Ilustración y la democracia, de manera que era necesario inventar elementos –como la bioética o la ecología– para dotar de sentido a un mundo que parecía haberlo perdido: “No existe, pues, receta política para hacer frente a los peligros de la era post-política. En este sentido es en el que la revolución a llevar a cabo es de orden espiritual”, afirmaba, casi melancólico, Guéhenno. Este autor fue quien esbozó la primera mirada sobre el impacto diluyente de los “mass media” en la política.
Está claro que aquí, y en el mundo, la política decae en la medida en que crecen y se instalan otras intermediaciones. No es el objeto de esta columna profundizar en los procesos en curso, tan solo mencionar que suceden y que algunos están peor preparados que otros para enfrentarlos.
Quienes creen ver diferencias entre Daniel Scioli y Sergio Massa a la hora de construir poder creen ver en el intendente de Tigre a un subproducto de la política. Ambos hacen uso intensivo de los medios para avanzar en sus carreras, pero, mientras el gobernador bonaerense reacciona en esos escenarios frente a cada episodio de la realidad, Massa tendría más densidad política, sería un constructor a mitad de camino entre lo tradicional y lo que viene, más signado por la construcción mediática que territorial. Habrá que verlos.
Es cierto que hay una crispación de la que ya hemos hablado y que, a nuestro entender, tiene responsables tanto en el gobierno como en la oposición política y mediática. Los que escracharon a Kicillof y a Castro actúan por reflejo, son hijos irreflexivos de esta disputa de fondo.
Se mezclan aquí tradiciones de enfrentamientos pasados que han sido traducidos a la actual disputa entre oficialismo y oposición. Ninguna de las partes intenta apenas comprender, eso es para los que no se juegan, para los tibios, podrían decir, coincidiendo sólo en esto.
Paradójicamente o no tanto, es más fácil tomar partido cuando no existen los grises. Todos de un lado y otro quieren obligar al resto a tomar partido, a esa amplia mayoría que solo consume y vota, cada tanto.
Mientras así estén planteadas las cosas, seremos cada día más bárbaros. Cada día más intolerantes, que es la otra manera de llamar a los bárbaros. Y el fin de la democracia estará más cerca, aunque conservemos algunas –muy pocas– de sus formas.
*Director de gacetamercantil.com