El escándalo provocado por la carta de la presidente Cristina Kirchner al actor Ricardo Darín ha tapado, como suele ocurrir, su propio origen. La parte específica de la entrevista que le concedió a principios de diciembre a la revista mensual “Brando”, del grupo editor La Nación, es la que sigue.
Brando: ¿Qué cosas te irritan?
Darín: Yo quisiera que alguien me explicara el tema del crecimiento patrimonial de los Kirchner. ¿Cómo no se les cae la cara de vergüenza? ¿Cómo puede ser?
Brando: Es violento.
Darín: Eso es violento. Y, además, les estamos pidiendo a los mismos de siempre, o sea, a los pobres, que sigan soportando.
Estos párrafos son los que provocaron la reacción de Cristina desde El Calafate, en una carta pública a través de su cuenta de Facebook. El reportaje contiene una decena de frases por el estilo, en las que pone el acento más en la responsabilidad de los gobernantes que en sus opositores, sean políticos, mediáticos o ambas cosas a la vez. Es correcto, siempre el que está en el poder es más responsable que quien no ocupa ese lugar de privilegio.
La repercusión que obtuvieron las declaraciones de Darín se debe, naturalmente, a que la Presidente le contestó. Y al contenido de la respuesta, que en buena medida confirma varias de las afirmaciones del actor. Sin embargo, Darín también dijo lo que sigue: “Esta es una guerra entre poderes. Yo creo que está bien que haya una ley de medios, yo creo que está bien que no haya un pulpo que se quede con todo. Lo que no comparto tanto es que esté todo direccionado a combatir un aspecto nada más y no se considere el resto del panorama. O que se esté
beneficiando a otro sector para convertirlo en el sustituto del monopolio que vos querés combatir. Lo que no me gusta es la demonización, la caza de brujas”.
Las consideraciones poco felices de quienes atacaron a Darín no merecen espacio en esta columna. Lo que le pasa al más laureado actor argentino le sucede a muchos argentinos de clase media o media alta que rechazan por razones éticas pero –no menos importante– también por cuestiones estéticas muchas de las posturas de la Presidente.
No es difícil establecer en una encuesta qué porcentaje de los consultados coincide con las dos afirmaciones de Darín: que la degradación institucional se debe a una guerra de poder entre el Gobierno y el Grupo Clarín. Como en el archivado debate sobre quién inició la violencia en la Argentina, si la Revolución Libertadora o las organizaciones armadas en los 70, tampoco en este tema es posible alcanzar un acuerdo.
Darín advierte sobre el peligro de que se destrabe el monopolio para distribuir el botín entre los amigos. Existe sin duda ese peligro. Y no hacerlo supone mantener el “status quo”, lo que para el actor y muchos de los argentinos que su discurso representa, también es intolerable.
Lo insólito de este Gobierno es la torpeza que muestra para ganarse enemigos en sus propios flancos. Estos errores, convenientemente exagerados por Clarín y otros medios “independientes”, son los que desconciertan a quienes jamás tomarían un café con Héctor Magnetto pero tampoco se sienten cómodos con la polarización agresiva a que lleva la Administración Kirchner.
Estos sectores medios son volubles, toda la vida lo han sido. Y en los últimos años, con la práctica consecutiva de las elecciones, son aún más suspicaces. También, hay que decirlo, en general expresan su rechazo a los exabruptos, hoy encarnados por el “cristinismo”, pero a la hora de votar terminan dándole su voto porque nadie en la oposición da garantía alguna de hacer algo distinto de lo que fue el último experimento opositor, en el de Alianza. Porque una cosa es el asco visceral que le provocan muchos de esos gestos de “peronismo explícito” y otra es estar de acuerdo con entregarle el poder a quienes tienen terror de ejercerlo.
La Presidente ha decidido pararse donde se paró y nada parece que vaya a convencerla de hacer otra cosa. Otra cosa es eso a lo que, en parte de su reportaje, con cierto candor, es cierto, Darín alude como necesario para dejar de lado este
enfrentamiento que no tiene antecedentes en las últimas tres décadas. Cristina considera que uno de sus mayores legados podría ser el desmembramiento del grupo mediático que su esposo ayudó a fortalecer. O, mejor, cree que todo lo bueno que pudiera decirse en el futuro de su gestión y de la de Néstor podría revertirse si Clarín mantiene su poder de fuego intacto. Ha intentado, hasta aquí sin mucho éxito, empardar ese poder con el apoyo a medios de comunicación afines, medios en los cuales no existen los matices. Como, a esta altura, tampoco existen en la prensa opositora, arrastrada a la “militancia” antiK por la ofensiva del oficialismo.
Algunos otros “Darines” comienzan a preguntarse si no será excesivo tanto esfuerzo dialéctico y tantas acciones judiciales con fondos públicos para lograr el desguace de Clarín. Nos encontramos a esta altura en el límite lábil en el que Gobierno comienza a transmutar en pecado la virtud que encierra la aplicación de una ley antimonopólica. El ánimo social es caprichoso, como pueden dar fe las decenas de estrellas fugaces que ya no surcan o surcan a duras penas el firmamento político argentino. La pulseada tendrá una definición en no mucho tiempo. No después de julio, como desearía Magnetto, con la campaña electoral levantando vuelo. El día después, salga cara o cruz, la Presidente y su reducido
equipo deberán seguir gestionando los asuntos públicos. No es que no lo estén haciendo, guste o no la manera, pero en el espacio político que se relata y se analiza solo se ven las disputas. Y muy atrás, los hechos.
En las cercanías de Cristina alguien planteó que las elecciones de este año se ganarán si el oficialismo puede mostrar gestión. “Si la gente tiene plata en el bolsillo y ve que, a pesar de las dificultades, la economía va bien, nos va a votar. Ya pasó: no nos van a dejar de votar por las tapas de los diarios”, explicó, pragmática, la fuente. Si el kirchnerismo logró llevar a la lucha en el barro a Clarín
y a los medios que lo siguen, un éxito para éstos grupos fue haber puesto al Gobierno a la defensiva con hechos reales e inventados que obligan una y otra vez a enfrentar y superar crisis: tampoco en este punto el Ejecutivo les ha ahorrado
oportunidades.
Los otros miles de “Darines” que viven en las ciudades grandes y medianas de la Argentina no acompañarán a los candidatos del oficialismo en los próximos comicios, sin duda. Como cada día se ve más claro, toda la potencia del enfrentamiento colosal entre el aparato del Estado y los medios opositores se corporizará después de esas elecciones, cuando Cristina deba enfrentar –como apuntamos aquí hace más de seis meses– el final de su segundo mandato
y el odiado “síndrome del pato rengo”, sin posibilidad de promover una reforma constitucional que le permita permanecer en el cargo. Allí se verá si el “pingo” de Daniel Scioli está para las grandes carreras o se manca en la última curva.