El gobernador bonaerense Daniel Scioli debe conocer ya una encuesta en la que por primera vez en su ya dilatada carrera política registra una caída de 11 puntos en su imagen positiva en tan breve lapso. La consulta es amplia y específica a la vez, pero detecta que en la últimas semanas el enfrentamiento con el Gobierno nacional hizo mella en el mandatario provincial.
“Le entraron las balas”, piensan cerca de la Presidente. La medición advierte que Cristina Kirchner también recibió lo suyo con la disputa por los fondos para hacer frente al medio aguinaldo de los empleados provinciales, pero la merma fue de “apenas” 5 puntos. Varios sondeos dejan ver una caída en la imagen presidencial, pero sin embargo en promedio este índice ronda entre el 50 y el 55 por ciento, según se cual encuestador se trate.
Varios de los principales consultores de imagen se han lanzado a medir al jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, que mantiene también un prolongado conflicto con el Gobierno central por la cesión de los subterráneos. Los resultados provisorios dejan en evidencia un deterioro de la imagen positiva, que sin embargo también sigue alta.
La medición de Scioli revela el grueso error de cálculo de quienes lo asesoran. En dos movimientos sincrónicos, el mandatario provincial y por ahora casi única esperanza electoral del antikirchnerismo, anunció su vocación de suceder a la Presidente en 2015 y se mostró en su casa del partido de Tigre con el titular de la CGT, Hugo Moyano, dirigente que no ha dejado de alejarse del oficialismo incluso desde antes de celebrarse las elecciones presidenciales de hace diez meses.
Para la primera mandataria, que Scioli no esperara a las elecciones de mitad de mandato para expresar sus legítimas aspiraciones y se mostrara con el irritante titular de la central obrera, se convirtió en un desafío imposible de tolerar. Y en una oportunidad. La controversia por el ahogo financiero de Scioli tiene este marco y el ejemplo de lo que le ha ocurrido al bonaerense por haberse adelantado tanto parece haber escarmentado a otros mandatarios provinciales que también consideran que están en condiciones de suceder a CFK.
Ahora bién, el sosegate al “sciolismo” es el telón de fondo del operativo que ya está en marcha en Olivos para dar la batalla decisiva de las elecciones de mitad de mandato, el año próximo. El alineamiento de los gobernadores por la caja central debería permitir que una oleada de jóvenes dirigentes “cristinistas” accedan a bancas en el Congreso desde la mayoría de los distritos del país, salvo de aquellas provincias en las que los pocos caudillos locales todavía son fuertes y no dependen del Tesoro nacional. Un anticipo de esta historia pudo verse en la contienda electoral pasada.
Pero veamos dos casos. El de José Manuel de la Sota es un tema cerrado para Cristina, que lo ve detrás de una futura y eventual postulación de Scioli dependiendo del resultado del comicio legislativo de 2013, cuando se abran las gateras para los definitivos de dos años más tarde.
El del salteño Juan Manuel Urtubey es otro. Más sagaz y con una provincia medianamente ordenada, prefirió bajar el perfil y “desensillar hasta que aclare”, como decía el General.
“Cristina no va por la reelección, de ninguna manera”, aseguró a este columnista esta semana un funcionario que cree que entiende la psicología política de la Presidente.
Sin un candidato claro en la oposición, o con uno débil como el socialista Hermes Binner, aunque logre quedarse con gran parte del radicalismo, está claro que el combate al kirchnerismo deberá darlo el propio peronismo. El tándem Scioli-Macri-De la Sota genera preocupación en algunos habitantes de la Casa Rosada, empezando por la propia jefa de Estado.
Pero la situación de cada uno es diversa. Scioli es, por ahora, absolutamente “Gobiernonacionaldependiente”; Macri no pasa sofocones financieros por la prolija gestión de su ministro del área, Néstor Grindetti, pero como a Scioli, le falta política; y De la Sota reclama lo que le deben pero, hasta aquí, todo indica que podrá capear el temporal pagando en tiempo y forma los sueldos de los empleados públicos de su provincia. Y que está para acompañar pero no para competir con ninguno de ellos.
Para los tres, Cristina decretó el ostracismo financiero y la hostilidad política. De ambos padres deberían surgir decenas de retoños neocamporistas. Con esto se ilusionan en los laboratorios del “cristinismo”.
Hasta aquí, la descripción de quienes se perciben en la vereda de enfrente de Cristina. Pero, ¿cómo llegó el Gobierno nacional a la situación de incertidumbre que hoy atraviesa? ¿Cómo terminó tan atorado económicamente? Por varios factores.
En primer lugar, la caída en la imagen de la Presidente en los sectores medios urbanos tiene directa relación con el cepo cambiario, que ha generado un descontento social mensurable.
Por otra parte, resulta evidente para estos sectores que la inflación está impactando en sus bolsillos más que el número, sea 20 o 25 por ciento la inflación que se asuma en el último año.
Los supermercados son el lugar donde el recalentamiento de los precios ha sido más evidente en el último tiempo, y donde la actividad de Guillermo Moreno como controlador parece haberse resentido. Esta situación se modera aún porque el consumo sigue alto y el impacto en el poder adquisitivo no ha sido tan tremendo. Pero se vienen meses complicados.
Cuando la Presidente ordenó el denostado “corcet” cambiario, tenía claro que era eso o “defaultear”. O era eso o endeudarse. Eso dicen al menos quienes la han escuchado advertir que no dejará de pagar las deudas existentes y que no contraerá nuevas para no dejarse llevar por la “patria deudora”. La succión de dólares está en el centro de esta lógica y la pregunta –nos repetimos– es si no se habrá sobreactuado. Nos contestan que si en marzo no se hubiera tomado una decisión tan drástica en relación con el atesoramiento de dólares, los números no habrían cerrado y una de las dos opciones anteriores –default o endeudamiento– se habrían impuesto.
La Presidente siente que desde varios sectores la están midiendo. Y sabe también que una situación económica moderadamente aceptable puede ser la llave para controlar la continuidad de su proyecto después de 2015. En las actuales circunstancias parece ambicioso.
Entretanto, para evitar una implosión Cristina se mostró dispuesta a pagar un costo político con los siempre volubles sectores medios antes que sufrir una recaída con previsibles consecuencias sociales, como la de volver a una desocupación de dos dígitos.
Un dato final: ni la pérdida de imagen de Scioli ni la de la Presidente fueron a parar a otros dirigentes como Binner, cuyo heredero en Santa Fe reclama al Gobierno central dinero, igual que De la Sota, pero todavía con mejores modales que una presentación judicial ante la Corte.
Todo indica que el desierto político es ancho y despoblado. Y que muy poco o nada cambiará en los próximos meses.
*Director de gacetamercantil.com