Neonacionalismo

La ofensiva hostil sobre YPF. Un grupo empresario nacional de antes y los grupos empresarios nacionales de ahora. Las Malvinas de los argentinos y el regreso al centro de la escena.

Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Por @villalongaj

El gobierno de la presidente Cristina Kirchner comienza a clarear. Para bien o para mal, eso se verá, algunos tópicos esenciales de la segunda gestión van tomando forma,  algunas líneas que hasta aquí permanecían difusas empiezan a delinearse.

La ofensiva sobre YPF (sobre sus accionistas locales, el grupo Eskenazi, y sobre la española Repsol) terminó por perfilarse como un ataque sobre el valor de la acción para poder encarar una adquisición hostil de la mayoría accionaria, avalada por una ley del Congreso. Desde que comenzó la primera refriega, el año pasado, las acciones de la petrolera de bandera argentina cayeron más del 30 por ciento. Probablemente caigan más y el 50,1 por ciento del paquete vuelva a poder del Estado nacional por una cifra mucho menor que la que podrían haber recibido sus dueños hace un año atrás.

La explicación oficial de una medida de esta índole advierte que Repsol usó a YPF para dos fines: aumentar su valor por si aparecía alguna oportunidad de venta a una compañía de las grandes; pero, mientras, para sacarle la mayor cantidad de dividendos con el fin de mejorar su perfil financiero, que precisamente tras la compra de la petrolera argentina  había quedado maltrecho. La incorporación de los Eskenazi como socios locales, resaltan los "neonacionalistas" que promueven la reestatización, era una primera fase de lo que ahora concluirá Cristina, la recuperación de la empresa por parte del Estado nacional.  Así lo habían pensado Néstor Kirchner y el secretario de Energía, Daniel Cameron, cuando pergeñaron la llegada de un "grupo nacional" a la conducción de YPF después de un proceso de hostigamiento a los españoles, que terminaron por asociarse a un grupo "con experiencia en mercados regulados", como justificó entonces Antoni Brufau, el presidente de Repsol.

Pero como decíamos al principio, las cosas cambiaron y cambiaron en un sentido contrario a los intereses de algunos de los principales sostenedores de la presidencia de Néstor. Puede dar fe de eso el banquero Jorge Brito, por citar solo a uno de los más cercanos empresarios del mandatario fallecido.

En la nueva fase del kirchnerismo, el cristinismo, está claro que los Eskenazi no tienen su lugar asegurado, aunque todavía no se haya dicho la última palabra al respecto. Algunas de las áreas que en las últimas semanas, como si de un nuevo deporte nacional se tratara, el Ejecutivo ha ido revirtiendo, caerán en manos de empresarios que parecen haber comprendido mejor las nuevas claves de época: Cristóbal López, Lázaro Báez, Eduardo Eurnekian y hasta Carlos Bulgheroni, un "capitan de la industria" con experiencia en mil batallas, son algunos de los nuevos integrantes de un círculo áulico que se ha ido dibujando en los últimos tiempos. En realidad, no hay una regla que explique los premios y los castigos. Algunos por "pedigree" patagónico, otros porque impulsan proyectos de infraestructura que a la Presidente la seducen, no está claro que haya notables diferencias entre estos y aquellos que han sido enviados al ostracismo empresarial. El Estado puede ser un socio pesado pero, al final del día, si se está del lado correcto las diferencias que pueden acumularse justifican casi cualquier contratiempo.

Si en los '90 la privatización de YPF tenía un contexto hasta internacional que la explicaba y la sostenía (el ahora famoso Consenso de Washington), en la segunda década del siglo XXI ese tablado geoestratégico cambió drásticamente, explica un economista de "La Cámpora" que no es Axel Kicillof. Este "nuevo paradigma" justifica la recuperación de la petrolera para el Estado, añade. Y algunas cosas más que parece que iremos viendo con el correr del año.
La medida no esconde el hecho de que la "cuenta energética" hoy es tremendamente deficitaria porque, desde el Gobierno, quienes debieron controlarla, o no lo hicieron o lo hicieron mal. De algo por el estilo acusa la Presidente a De Vido, que se ha visto obligado en los últimos tiempos a sobreactuar su fe "controlista".

"Cuando a Cristina vamos y le decimos que hay que hacer 50, nos contesta que no, que hay que hacer 100. Siempre nos dobla la apuesta", relata un dirigente de la "juventud maravillosa" que admira sin fisuras a su jefa política. Podrá decirse que si no es ahora, después del 54 por ciento, entonces cuándo.  Según esta mirada la Presidente sería la conductora sin mediadores del "neocamporismo", imbuída ella de una mística que supera incluso a la de sus más fieles seguidores juveniles.

La otra cara del proceso político y económico interno de corte "neonacionalista" es la "malvinización" de la política exterior. Para sus detractores, esta política es puro oportunismo.

Para quienes creen que el escenario geopolítico le abre las puertas al regreso de un panregionalismo nacionalista, Cristina ha virado hasta convertirse en una líder de ese cuño aunque con mejores modales que Hugo Chávez o Rafael Correa. "Ella es un cuadro político de primer orden", hemos escuchado decir cerca del presidente venezolano. 

No obstante, se ve aún lejana la posibilidad de que el Gobierno argentino logre sentar en algún foro a su contraparte británica, aunque más no sea para insistir cada uno en sus históricas posturas. En su último intento la Presidente subrayó el pasado lunes en Ushuaia, en su discurso por el 30 aniversario de la ocupación de las Islas, que “no fue decisión del pueblo argentino” o de sus gobernantes legítimos la invasión de las Malvinas el 2 de abril de 1982, sino un intento "de perpetuarse en el poder" de la dictadura militar.

Vale la aclaración, para propios y extraños. Es cierto, además, que aunque miles salieran a las calles para apoyar un reclamo legítimo, no podían ser dictadores y represores los genuinos reparadores de aquella ignominia.

Treinta años más tarde, Malvinas sigue siendo un sentimiento caro para los argentinos, atravesado encima por el dolor de 649 pérdidas irreparables. Si un falso nacionalismo se usó entonces para esconder el verdadero fin, como bien advirtió la Presidente, aún salvando las distancias no sería deseable hoy que, desde la legitimidad democrática, se insistiera en usar una bandera que en realidad tiene los colores de todos.