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Los próximos dos años serán recordados, algún día, como el tiempo de la búsqueda de la consolidación del proyecto político de Cristina Kirchner. De hecho, a pesar de algunas situaciones coyunturales, el “norte” ya fue trazado: la Presidente buscará atravesar la línea del 2015, ese horizonte lejanísimo de la política, con una economía distinta, blindada por la hostilidad de la crisis internacional, crisis que en la última campaña electoral se aseguró que no tenía modo de hacernos daño.
Y tratará de hacerlo con una herramienta política con la que, más allá de quien sea el candidato o la candidata que elija, ella se reservará el centro de una constelación que incluye a gobernadores, intendentes y legisladores cuya identidad política será indefinida, aunque la mayoría pueda tener un origen peronista. (La licuación de la política es un dato que todos reconocen, pero para el cual nadie tiene solución). Claro que entre la actualidad y la mitad de esta década se yergue un enorme océano de incertidumbres.
Antes que eso, ¿qué fue lo que cambió entre el 23 de octubre pasado y hoy? En rigor, casi nada. Lo que hubo en medio fue una sucesión de hechos desafortunados para el oficialismo, que luce confundido y hasta en retirada, si nos atenemos a la mirada de algunos columnistas opositores.
En realidad, no hay tal cosa. La Administración Kirchner ya reaccionó. La cuestión es hacia dónde.
Convencida por su entorno de que la clave de los próximos años será mantener el difícil equilibrio entre inflación, consumo y precio del dólar, CFK dio instrucciones para “secar” la plaza local de la divisa norteamericana para ampliar lo más posible el saldo de la balanza comercial. No es el único plato que el Gobierno deberá mantener en equilibrio, como si se tratara de un malabarista chino.
Por estas horas comenzaron a aparecer luces de alarma porque el torniquete a las importaciones está haciendo crujir a varios sectores de la economía, que naturalmente está tendiendo a enfriarse. La ofensiva contra los subsidios de apenas hace dos meses está dejando paso a una postura más conservadora de algunos funcionarios que asesoran a Cristina en estas cuestiones.
Mercedes Marcó del Pont, la presidente del Banco Central, con didáctica, le ha estado explicando a la primera mandataria el juego de las variables económicas. Pero más allá de la cuestión de fondo de que el país necesita divisas, en estos días empezaron a escucharse opiniones serias dentro de la heterodoxia económica que advierten sobre el peligro de caer en recesión. Aunque lejos de esa situación, por ahora, la Argentina no está exenta.
Pero como en el caso de Brasil, aunque por razones bien distintas, nuestro país se encuentra frente a una compleja encrucijada.
La hostilidad del escenario externo convenció al Gobierno de la necesidad de cerrar la economía. El problema –entre otros– es que, para hacer que siga funcionando, los dólares que salen por las importaciones son indispensables para producir y exportar. La “sintonía fina” que anunció la Presidente ante la Asamblea Legislativa, a comienzos de mes, en la visión de la mandataria, se vincula con esta cuestión. Aunque, en realidad, menos del 10% de las importaciones actuales son de bienes que en un plazo relativamente breve podrían producirse en el país. Esta es la “cruzada” en la que se encuentra Guillermo Moreno.
Cuando se trata de encarar un ajuste preciso de las variables económicas comienzan a surgir las ineficiencias profundas de la economía. El fluido ingreso de dólares proveniente, en buena medida, de las exportaciones agropecuarias con precios internacionales altos ha permitido disimilar bastante esas “imperfecciones”. Cuando los saldos favorables se reducen, las tensiones se hacen más evidentes.
En este punto, como en tantos otros, la verdad no está en poder ni de los agoreros de siempre, esos que vienen errándole a las proyecciones con énfasis desde hace casi una década, ni de los optimistas consuetudinarios que acusan a su vez de terroristas a los ortodoxos.
En medio de la endeblez estructural de la Argentina, que es política y por esto naturalmente también económica, todo luce atado con alambres. La crisis internacional desnuda las inconsistencias del “modelo” productivo que encaró el kirchnerismo y sus notables contradicciones, pero la anomia de la oposición también resulta flagrante.
Esta combinación da por resultado que la voluntad política del Gobierno, la única vigente en esta pelea, arrasa con los tibios intentos casi formales de los opositores, que no han podido articular un programa alternativo que les permita hacer pie, pararse en algún lugar para iniciar el largo trayecto por el desierto que algún día los lleve al poder.
Es desde el sindicalismo peronista, que percibe con claridad cuáles son los límites del “modelo” pero más aún que el proyecto de la Presidente no los incluye, que se advierte la primera reacción política contra el “cristinismo”. Hugo Moyano sabe que no podrá quedarse en la ciudadela de la CGT si no amplía su base, pero en la solución a la mano puede estar su propia lápida: Omar Plaini, una de sus manos derechas, acaba de tenderle un puente a Luis Barrionuevo, el titular de la inexistente CGT “Azul y Blanca”, el mismo que se inmoló junto a Eduardo Duhalde en las últimas elecciones.
Este es un triunfo importante del Gobierno. Los reflejos de los “popes” sindicales parecen haber sido afectados por el colesterol que acumularon sus arterias durante tantos años de bonanza personal. Parece una jugada desesperada del “moyanismo” y su final es incierto, pero todo indica que se dirige al fracaso.
De cualquier modo, en este escenario que describimos nunca hay que menospreciar la capacidad de autodaño que ha mostrado la Administración Kirchner. Como ya hemos escrito, el “caso Boudou” suma todos los días indicios de una negociación incompatible con los deberes de un funcionario público, pero la Presidente no piensa entregar a su alfil por las tapas de los diarios. La contraofensiva del vicepresidente de hace dos semanas no logró el objetivo de equilibrar un relato negativo con otro de signo opuesto. Boudou no cree que sea buena la idea de promover, él mismo, su enjuiciamiento político, tal como le propusieron.
No parece estar seguro de que el resultado sea el lavado y engrase de su figura, lo que lo convertiría en un candidato casi sin oponentes en la carrera hacia el 2015, según le han prometido.
Es evidente que el vicepresidente desconfía hasta de su sombra dentro del oficialismo, donde el 24 de octubre se desató una sorda lucha por la sucesión. Empeñados en este juego podrían perder de vista lo verdaderamente importante, que deben gobernar un país en medio de una tormenta perfecta que, si ya está afectando a Brasil, sin ninguna duda va a golpear a la economía local más temprano que tarde.