Bajo análisis: Horacio González y el derrape de los intelectuales

El director de la Biblioteca Nacional y el reflote de teorías muy peligrosas: juzgar a las personas por su apariencia y no por sus acciones e ideas.

Hay trabajos estadísticos muy serios que revelan que una parte importante de los científicos confirman lo que se sabe sin necesidad de confirmaciones: muchos de ellos fuerzan los resultados de las investigaciones para favorecer a quien les paga.

Dicho de otro modo, falsean los resultados científicos para no perder el puchero, de manera que si en el laboratorio o en el campo la situación A implica la situación B pero quien les paga necesita que el resultado sea otro, entonces A pasa a implicar C sin más.

La misma situación puede plantearse cuando lo que entra en juego son las convicciones morales o ideológicas, y esto puede darse también en el campo del pensamiento, de la filosofía, decimos, de la política, del arte.

Grandes pensadores han justificado genocidios, y al revés, genocidios han sido justificados a partir de ideas de grandes pensadores. Pero también pasa que muchos pensadores se han puesto tan al extremo al servicio de una ideología (o de un gobierno), que la ceguera los invade. O el olvido. O la ingenuidad. O la premeditación.

Grandes pensadores han justificado genocidios, y al revés, genocidios han sido justificados a partir de ideas de grandes pensadores.

Un intelectual, con las herramientas necesarias, puede justificar cualquier cosa, cualquier atrocidad, e incluso crear argumentos que lo nieguen a él mismo.

El kirchnerismo ha logrado captar a una buena cantidad de intelectuales que se han agrupado en Carta Abierta, y entre ellos se pueden citar varios nombres de grandes, enormes (esto es una visión personal, y que ahora estén en determinada posición no me inhibe para decir cuánto respeto a algunos y cuánto he respetado a otros que espero volver a respetar). De ese grupo surgen edificios de ideas que sirven de base a varias acciones del gobierno nacional o de sus funcionarios (un ejemplo, haciendo clic aquí), además de otras que son usadas para atacar a los opositores.

Horacio González es integrante de Carta Abierta y director de la Biblioteca Nacional. A juicio personal, es uno de los intelectuales más importantes que ha dado nuestro país en las últimas décadas, con la lucidez necesaria como para separar la paja del trigo a la hora de elaborar conclusiones. Desde que hace ya veinte años llegó a mis manos su libro La ética picaresca lo he seguido, y he disentido con sus ideas varias veces, pero no por eso he perdido el respeto que siento por él.

Pero el martes González cayó definitivamente en el pozo de la innecesaria elaboración de argumentos forzados contra los enemigos, y en este caso, además de forzados son peligrosos. Muy peligrosos.

Fisonomía de Griesa se titula la columna que el director de la Biblioteca Nacional publicó ese día en el diario Página/12, y en él se explaya, como puede deducirse del título, en la apariencia de Thomas Griesa, el juez que falló contra Argentina por el caso de los fondos buitres.

Acá hace falta aclarar algunos tantos. La actitud de Griesa demuestra (y confirma) que es una persona que está al servicio de intereses particulares vinculados con el dinero, un hombre al que poco le puede interesar el bienestar de pueblos enteros y que, aparentemente, sólo falla a favor de los grandes capitales y hasta en contra de tratados internacionales.

Ahora, de ahí a realizar una caracterización de él por su fisonomía hay mares. Y eso es lo que hace González en su afán de atacar al juez y dejarlo en el lugar de un demonio. Habiendo tantos argumentos con los que se puede denostar al poco honorable magistrado estadounidense, González elige decir cosas como: “Esa mejilla hundida, ese mechón a veces peinado y a veces despeinado. Sin duda habita un sarcasmo ahí, un supremo placer de daño que no es diferente del que presidió los momentos más oscuros de la nación norteamericana”.

Y González, aunque por momentos lo haga, no se refiere a la imagen de Griesa como ícono, como representación del Tío Sam, sino, lisa y llanamente, a su fisonomía. Y lo deja en claro desde el título.

González no se refiere a la imagen de Griesa como ícono, sino, lisa y llanamente, a su fisonomía.

La pregunta entonces es cómo puede suceder que la necesidad de un ataque frontal contra un juez lleve a recurrir a la resucitación de teorías que sostenían que a partir de la antropometría, de la fisonomía de alguien, se podía deducir qué tipo de persona era.

Más frontalmente: ¿qué diferencia hay entre lo que hizo González con Griesa y lo que hace la policía con los culpables de portación de cara?

Más profundamente: si el gobierno avala posiciones como estas, ¿con qué argumentos puede defender los derechos de los pibes de las villas, de los limpiavidrios, de los pobres, de los sospechosos de siempre?

Y si mañana algún retrógrado reflota la hipótesis de que determinada forma de las orejas son propias de un asesino serial, ¿qué intelectual de Carta Abierta puede decir que es un concepto facho y erróneo, si están aplicando el mismo criterio para juzgar a Griesa?

¿Y si mañana algún retrógrado reflota la hipótesis de que determinada forma de las orejas son propias de un asesino serial?

Griesa es detestable, repetimos, pero no por su fisonomía, sino por sus acciones y sus principios.

Horacio González debería hacer un desagravio de sí mismo mediante una reformulación de su posición sobre Griesa. De otra forma, no tendrá elementos para argumentar contra los prejuiciosos que quieren encerrarse en barrios privados y cercar las villas.

Lo mismo debería hacer Carta Abierta.

O, si no, si están convencidos de que lo que dice González de Griesa es correcto y que una persona puede definirse por sus rasgos, les doy un consejo: en un quiosco de la calle Rioja atiende un hombre que es idéntico a Néstor Kirchner…

Alejandro Frias