Henrique Capriles Radonski puede tener un enorme futuro político. El candidato opositor al presidente venezolano Hugo Chávez hizo una excelente elección el domingo pasado y creció aún más en su estatura política con el mensaje público en el que reconoció su derrota. Si alguna racionalidad política conserva, el chavismo debería estar haciendo dos cosas a la vez: una fuerte autocrítica por la notable pérdida de votos; y un análisis profundo acerca de las razones que llevaron al 45 por ciento de los venezolanos a votar a un candidato impecable desde el punto de vista del marketing político, que además no va a volverse a su casa después de esta derrota sino que piensa utilizarla como plataforma para un futuro incierto en el que Chávez deberá mostrar de qué está hecho, políticamente hablando, si además la salud lo acompaña para completar su nuevo mandato de seis años.
Todo este párrafo de reconocimiento a la oposición en Venezuela, más allá de sus evidentes contradicciones internas y de la falta de madurez que dejaron ver en la campaña varios de sus referentes, seguramente le devuelva en el espejo una imagen todavía más desdibujada a la oposición argentina, algunos de cuyos representantes viajaron a Caracas invitados por el equipo de Capriles y se enamoraron de tal forma con su incipiente liderazgo que hasta creyeron verlo ganar en la tarde del domingo 7-O.
El papelón de los tuiteos triunfalistas de ese día citando "bocas de urna" poco serios explica un problema de los opositores locales a la hora de analizar lo que ocurre, sea en la capital venezolana o en la argentina. Permanentemente confunden sus deseos con la realidad. Y buscan afuera lo que brilla por su ausencia aquí. El "relato" de Capriles los fascinó por el hecho de que tiene uno, más allá del sesgo ideológico.
La colonización ideológica del kirchnerismo, por otra parte, logró diluir de tal manera a sus opositores criollos que el discurso levemente progresista pero vacío de contenido de Capriles les pareció suficiente para encarar la faena de desbancar al oficialismo.
En suma, que un Capriles edulcorado y pero descafeinado llenó de esperanzas a los antikirchneristas, que han creído ver en el derrotado candidato opositor en Venezuela el modelo a seguir para los opositores vernáculos.
Naturalmente, hay que decir que importar o exportar modelos políticos no es una tarea sencilla. Mucho menos la de construir liderazgos.
Volviendo a Capriles, un análisis más profundo de su performance y la de la alianza que lo cobijó permitirá advertir peligrosas similitudes con otro proceso político tristemente conocido en la Argentina: la Alianza que sirvió para desplazar a Carlos Menem del poder en 1999.
Aquella reunión de tonos tan distintos aupó a Fernando de la Rúa en la Presidencia y a "Chacho" Álvarez en la vicepresidencia, pero más grave aún encoló maderas muy diversas que a poco de ser presionadas estallaron por los aires.
En Venezuela, la coalición que se reunió alrededor de Capriles le hizo lugar a partidos y agrupaciones que iban de la ultraizquierda a la derecha más reaccionaria. No ha habido dirigente político que no hubiera reparado en las profundas divisiones que aquejaban a la alianza opositora a Chávez. Y en el peligro de que tuviera la posibilidad de convertirse efectivamente en Gobierno.
Se dirá que el objetivo mayor era vencer a un tirano, y los argentinos de más de medio siglo de vida saben de qué se habla cuando se habla de dictaduras.
Pero el defecto que subyace en estos análisis es el del realismo mágico aplicado a la política. La edificación de un liderazgo no tiene lugar de la noche a la mañana, y aunque ya han pasado nueve años desde que el kirchnerismo llegó a la escena política argentina, la urgencia por destronarlo no puede augurar nada bueno a la salud del sistema institucional.
La disputa chavismo-antichavismo no sirve para explicar lo que sucede en nuestro país y hacia dónde vamos. No cabe duda de que el régimen bolivariano tiene una fuerte impronta autoritaria, pero hasta el propio Federico Pinedo salió a advertir que los sistemas políticos argentino y venezolano "no son comparables". Lo de Chávez, declaró, es directamente "militarista, opresivo y omnipresente".
De aquel régimen a esta democracia imperfecta la distancia es sideral, pero hasta estos días eran más los que machacaban con la latente posibilidad de que la Argentina se “chavice” que los que advertíamos sobre la enormidad de las comparaciones.
Dicho lo anterior ahora es posible analizar con cierta mesura lo que viene. La caída en la imagen de la Presidente permite anticipar que parece difícil que vaya a lograr una elección glamorosa en los comicios de mitad de mandato. Tal situación malograría antes de empezar cualquier intento de impulsar una reforma constitucional, mucho menos si incluyera la posibilidad de la reelección presidencial.
Así las cosas, como ya lo hemos escrito anteriormente, Cristina se encontraría ante un sendero cerrado. Lo que la convierte en una oponente todavía más peligrosa. La feroz disputa que enfrenta a la Presidente con el principal grupo de medios del país no es más que la expresión de una batalla a todo o nada en la que el oficialismo está dispuesto a entregar toda su sangre con tal de dejar en el camino los restos del conglomerado de medios que hizo crecer hasta el paroxismo el CEO, Héctor Magnetto.
Volviendo a Capriles, el dirigente que embelesa a la dirigencia opositora argentina, debe quedarle claro al lector que es insostenible la comparación entre lo que ocurre en Venezuela y lo que sucede en la Argentina. Se trata de dos sociedades absolutamente diversas, con estadios de desarrollo distintos y con desiguales expectativas políticas y sociales.
Si es cierto que el régimen de Chávez "navega" sobre un mar de petróleo, también lo es que ése es prácticamente el único producto surgido de las entrañas de Venezuela, todo lo demás debe importarse. La industria, más allá de la hidrocarburífera, es inexistente; el nivel educativo es pobre, como pobre es todavía casi el 35 por ciento de los venezolanos.
Claro, debe saberse que cuando Chávez llegó al poder en 1999, más del 65 por ciento de sus compatriotas estaban en esa situación, lo que sin explica el resultado del pasado domingo. Y si los dirigentes opositores argentinos que viajaron a la república bolivariana siguen asombrándose por lo que allí ocurre, habrá que advertirles que ese país fue dado vuelta como un guante con la llegada del socialismo de Estado. Y era tal el grado de atraso y subdesarrollo que más de una década de chavismo ha servido apenas para moderar las desigualdades, de ningún modo para extirparlas.
A ese país desigual y casi desconocido llegaron dirigentes políticos, periodistas y consultores argentinos y de todo el mundo la semana pasada. E insistieron en usarlo para anticipar lo que vendrá si el kirchnerismo continúa en el poder, más allá del 2015. No es una preocupación vana, pero le quita energías a otra de más largo aliento, estratégica, la de la construcción de un liderazgo que está vacante. Vacío que, por ahora, ninguno de los aspirantes conocidos parece en condiciones de llenar.
*Director de gacetamercantil.com