El fin no justifica a los medios

La comunicación de una enfermedad presidencial es un tema grave, más allá de la dolencia. Sin otra oposición que la mediática, una “jauría” le saltó a la tiroides al Gobierno por un error en el diagnóstico. “Militantes” y “profesionales” en una disputa donde informar ya no cuenta.

Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

La enfermedad de un Presidente es cuestión de Estado. Basta con recordar la sensación de desasosiego que atravesó a los argentinos cuando se enteraron de que Amado Boudou se haría cargo del Ejecutivo durante veinte días, a raíz de la operación de Cristina Kirchner, para entender el carácter especial de la información sobre la salud de un mandatario. Y no es que Boudou, más allá de las chanzas en las redes sociales, fuera un drama en sí mismo para el futuro del país. O sí, según quién y cómo lo vea.

En realidad, no se trata de nombres o de perfiles: el papel que cumple un primer mandatario en un sistema presidencialista como el nuestro avanza hasta invadir otros roles analizados por la psicología social o la sociología: se trata de un conductor (o conductora), de un padre (o madre), de un líder destinado a contener, a llevar tranquilidad a los ciudadanos. Sí, funciona como el Rey (o la Reina) en una monarquía.

En este sentido, el subdesarrollado sistema político argentino opera a mitad de camino entre una democracia y una monarquía. Es una de las condiciones del populismo, según sus especialistas. Lo paradojal es que aquellos que hoy critican con aspereza los costados "monárquicos" del "cristinismo", son los que más proclives se han mostrado en aplaudir ese mismo "cesarismo" en las dos presidencias de Carlos Menem. Sucede que, como es obvio, se paran en el lugar de la defensa de sus intereses y no de la defensa de los intereses del conjunto. Por eso poco importa el "paisaje", poco importa quién ocupe la Presidencia, lo que importa es si aplica o no el eterno programa que ellos impulsan, el mismo plan que promovió golpes de Estado en el último siglo.

La situación de la política argentina no es excepcional en el contexto latinoamericano. Aún dividiendo de manera arbitraria la región entre sistemas más y menos desarrollados (Brasil, Argentina, Chile y Uruguay, por un lado; Venezuela, Ecuador y Bolivia, por el otro), es evidente que la "baja institucionalidad" que se le achaca a la Administración Kirchner es equiparable, con sus más y sus menos, a la que se vive en las demás democracias de la región. Aunque se diga que "mal de muchos, consuelo de tontos", una visita a los medios brasileños o chilenos puede dar una idea de que las discusiones sobre el punto son recurrentes. Ni hablar del meneado tema de la libertad de prensa, que sin embargo aporta una "sorpresa", una inconsistencia: mientras que la oposición de derecha al régimen de Hugo Chávez denuncia las confiscaciones de medios y los ataques sistemáticos a la prensa "independiente", en Chile no existen tales conflictos porque los medios masivos están en manos de los grupos económicos que sostienen al presidente Sebastián Piñera.

Resulta interesante ver la manera en que se construye una noticia. Estamos alejados, por suerte, de la certeza moral acerca de la objetividad informativa. Tal cosa no existe y no reclama mayores explicaciones. Lo que sí puede reclamar un lector o un televidente, es que sobre cuestiones fundamentales el medio en cuestión blanquee su posición. El editorial de los diarios cumplía esa función, antaño. En la actualidad casi nadie se siente obligado a hacer transparente su posición, siendo que en nuestros países todo el tiempo se definen asuntos cruciales para la vida y el patrimonio de las personas.

Lo hemos escrito varias veces pero volveremos sobre el punto. El día en que el ex presidente Néstor Kirchner recibió de un militante de "La Cámpora" un cartel que decía "Clarín miente", y lo mostró sonriente en un acto, comenzó un proceso que, con una dinámica propia además de la que le imprimió el oficialismo, ya no tiene vuelta atrás. Los medios masivos tienen la posibilidad y la capacidad de "nominar" las cosas como desean: la palabra "monopolio" fue suprimida o "descafeinada" por esos medios en las últimas dos décadas con el fin de esconder sus procedimientos. Tuvieron éxito con esa estrategia hasta que Kirchner decretó el "deshielo" y comenzó a verse lo que se ocultaba. Incluso, ya no importa del todo hacia dónde conduzca o dónde termine este proceso de sinceramiento de la situación de los medios en la Argentina.
Hace un par de semanas, Héctor D'Amico, secretario general de Redacción del diario "La Nación", acudió a un programa de "TN" en el que ensayó una crítica al "periodismo militante". Era en ocasión de la llamada "Ley de Papel Prensa", verdadero "principio del fin" del periodismo libre en el país, según la visión de este colega. Para D'Amico, los periodistas "profesionales" (los de "Clarín", "La Nación", "TN" o radio "Mitre") enfrentan una campaña despiadada de aquellos a quienes considera "militantes" (y que operan desde los medios de Szpolski, los programas de Gvirtz, el multimedios América y el sistema oficial de medios).

El planteo de D'Amico no dejaba lugar a alternativas, pero naturalmente es engañoso. Pero tanto la "mirada" de los "militantes" como la de los "profesionales" no están exentas de prejuicios. Se hermanan en este terreno de permanente disputa en que se ha convertido el mercado de los medios.

Pero desde que los grupos de medios integran consorcios privados, en manos de empresarios más o menos conocidos y controlados por corporaciones, los periodistas que en ellos laboran tienen muy poco espacio para ejercer la profesión con alguna independencia. El problema, insistimos, es que en la Argentina tal situación no se blanquea. Y los medios titulan y relatan como si fueran dueños de una verdad irrefutable, verdad que en reallidad está teñida por el interés de los dueños de esos mismos medios, interés político y comercial que nadie conoce en profundidad.
La Ley de Medios, hija directa de aquel cartel que aseguraba lo que todos sabían, que "Clarín miente", la investigación sobre "Papel Prensa", la causa por el ADN de los hijos de Ernestina Herrera de Noble, tuvieron la virtud de exponer la cara oculta del Grupo que conduce Héctor Magnetto y lo golpearon en aquel activo que debiera ser central para un multimedios: la credibilidad. Las luces informativas enfocadas sobre CableVisión y Fibertel atacaron el poderío económico del conglomerado, que aún sigue intacto.

La beligerancia de los columnistas de uno y otro lado no tiene antecedentes, pero deja ver que la discusión por el poder llegó al hueso. Nadie se preocupa demasiado por las formas, lo que está en juego es el fondo de la cuestión. "Profesionales" y "militantes" vociferan, convencidos o por un salario, que del otro lado del campo de batalla se halla el "asesino" de nuestra libertad de expresión o el "desaparecedor" del proyecto nacional y popular.

Así, no extraña que se haya llegado al extremo de afirmar que el diagnóstico inicial por la enfermedad de la Presidente fue una estrategia del equipo de imagen de Cristina Kirchner. El periodismo "militante" (perdón, en este caso el "profesional") ha querido ver en un error de un examen previo el componente básico de una operación para mantener a Cristina Kirchner en su rol de sufriente mandataria que es capaz de sobreponerse casi a cualquier adversidad. Se animaron a hacerlo por la televisación controlada del velorio de Néstor Kirchner. Si hubiera habido el interés de mentir, la mentira debería haber seguido hasta el final. La conspiración sostiene que la situación se les fue de las manos y Cristina los mandó a "ordenar" el desaguisado.

En fin.

Es cierto que la Presidente ejerce una hegemonía política casi sin precedentes y que a algunos de sus colaboradores se les ha hecho el "campo orégano", desde el triunfo de octubre, y no parecen encontrar su límite. Pero el verdadero pavor, el miedo que muestran algunos comentaristas por esta situación inédita, en la que no existe una oposición política institucionalizada, parece explicarse por el hecho de que, si continúa este estado de cosas, el "cristinismo" podría terminar por dar vuelta como a una media el sistema económico y político que se configuró a partir de la dictadura iniciada en 1976. No estamos hablando de un golpe revolucionario, que supondría el derrumbe del sistema vigente y la instauración de uno enteramente nuevo, sino de un cambio de reglas y de roles. No sería un hecho menor, pero algunos lo consideran inaudito.

*Director de gacetamercantil.com