El pecado de la autocrítica

El apabullante triunfo de Cristina Kirchner el domingo dejó atónitos a los analistas y a los dirigentes opositores, que no esperaban un resultado semejante. Los problemas que implican hacer política y comunicar a espaldas de ciudadanos y lectores.

Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Con el amplísimo acompañamiento a Cristina Kirchner en las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias del domingo pueden ensayarse muchas explicaciones, pero casi ninguna de las aceptables es patrimonio de los líderes de la oposición.

Las explicaciones, justificaciones y análisis después del comicio, el de mayor caudal electoral desde el regreso de la democracia en 1983, están en cambio peligrosamente cerca del patetismo.

Las citas que siguen podrían llenar las páginas de un "Manual de negación de la política" que no se ha escrito, pero que alguien debería redactar.

El candidato radical, Ricardo Alfonsín, declaró: "Dije siempre que había una porción del electorado que no estaba enamorada de las propuestas del Gobierno pero tenía temor al cambio". Su eslogan de campaña, pensado por los asesores de imagen de Francisco De Narváez, convocaba a "El cambio seguro". Para el hijo del ex presidente, el conservadurismo de los argentinos tiene su origen en la crisis del 2001. "Ese drama está presente en la memoria colectiva", razonó. De su cabriola política que derivó en la alianza con De Narváez, ni una palabra. Ese acuerdo provocó serias dudas dentro de la UCR pero Alfonsín y sus impulsores creyeron la tesis del Colorado y sus campaign makers de que su aparato propagandístico, sumado a la siempre eficiente estructura electoral del radicalismo hacían una fórmula mucho más potente que su sociedad con el Frente Amplio Progresista, el GEN y la Coalición Cívica. Está claro que el bodrio político que fue el Udeso no cayó bien en la base radical. Por otro lado, Alfonsín consumó con De Narváez lo que, con más naturalidad política, hubiera hecho Ernesto Sanz, pero el presunto progresismo partidario no lo quiso.

Un caso patológico es el de Lilita Carrió. "La razón de la derrota soy yo. Se ve que esta forma de ser, esta intransigencia de no estar pactando, no es lo que quiere la gente en este momento", declaró más de 24 horas después de las primarias. "Mi mayor defecto es mi sinceridad", podría haber agregado, pero aquellas fueron las palabras que eligió la precandidata presidencial de la Coalición Cívica en busca de una justificación a su decepcionante campaña: poco más del 3 por ciento de los votos cosechó esta vez después de reunir el 23 por ciento en 2007 frente a la primera Cristina Kirchner. En la misma línea autorreferencial, Carrió añadió: "Dejé de tener representación después de 18 años y ya no tengo poder", como si eso fuera lo más importante. Para Lilita, que siempre armó herramientas políticas a su medida y jamás aspiró a construir un partido, luego de la debacle del domingo todo se reduce a un problema "de personalidad" (la suya) y de "pérdida de representación y de poder" (la suya). Un modelo de dirigente político.

Eduardo Duhalde, el candidato por la Unión Popular, admitió que las primarias "son fuertemente indicativas de lo que puede pasar en octubre". Hasta ahí llegó su contacto con la realidad. De inmediato volvió a su centro. "La gente, que parecía agazapada, que iba a votar a otros candidatos, terminó votando al Gobierno". El mismo hombre que aseguraba tener un contacto privilegiado con "la gente" que le permitía anticipar que el 40% de la ciudadanía lo acompañaría, quedó al desnudo con una patente alienación política. En una letanía por lo que no fue, especuló con que si se hubiera mantenido unido al puntano Alberto Rodríguez Sáa, "estaríamos en más de 20 puntos". El ex presidente fue, además, uno de los referentes de la explicación "economicista" del aplastante resultado electoral. "Este es un gobierno que financia el consumo, no la producción, y la gente no quiere perderlo". Para Duhalde, el voto del campo fue un voto "vergonzante", porque ese sector "no quería decir" que iba a votar al Gobierno y terminó haciéndolo. No le avisaron, parece. Duhalde agregó aquí otro ingrediente al cóctel de sorpresa, incredulidad y resentimiento que mostraron los dirigentes de la oposición ante el brutal espaldarazo que recibió Cristina Kirchner.

Pero si se trata de entender las razones, no sólo económicas, que explican el resultado del domingo, el líder de Proyecto Sur, Fernando Pino Solanas acerca algunas que rozan lo esotérico. Pocos dirigentes pueden mostrar una mayor ajenidad con "la gente" que Pino, que apenas terminó el escrutinio provisorio la emprendió contra sus ex compañeros de ruta.

Por ejemplo, despechado acusó al socialista Hermes Binner y a la líder de GEN, Margarita Stolbizer, de "cortarse solos". Según Solanas, él quería armar un espacio conjunto "y librar las internas abiertas entre los dos espacios como cualquier fuerza democrática, (pero) el error serio fue haber dividido el espacio, fue una locura", aseguró. Para el fundador de la agrupación, que llegó a tener un cuarto del caudal electoral de la Capital, el error fue de los otros, pero quien dijo públicamente que Claudio Lozano no medía en la Ciudad fue él, y él fue quien decidió "bajarse" al territorio porteño porque en la nacional casi no entraba en las encuestas. Actitudes como ésta explican, más que otra cosa, la distancia que medió entre los dirigentes opositores y los votantes.

La sinceridad provino de alguien impensado."No tenía dudas (del triunfo de CFK), pero no esperaba semejante cantidad de votos", reconoció Aníbal Fernández.

Otro incontinente verbal como Alfredo De Ángeli, el mediático presidente de la Federación Agraria de Entre Ríos, aseguró que "el campo no votó a la presidenta, pudo haber ganado en los pueblos, pero el pueblo no es el campo". Una aclaración que oscurece. El dirigente rural especuló también con que el que tiene trigo y no lo puede vender, "no creo que la haya votado", pero al final estuvo de acuerdo en admitir que "hay gente que está beneficiada con este modelo".

El entertainer Jorge Lanata también escribió sobre las primarias. "En el caso de la oposición, la elección cantada sirvió para mostrarles el espejo de su propia miseria; incapaces de unirse", disparó. Absolutamente ganado por la causa de la oposición mediática, el ex director del fallido diario Crítica se despachó contra esa manga de inútiles. "Son incapaces de inspirar a nadie, sólo despiertan miedo o conveniencia. Cacarean como vecinas indignadas pero poco se preparan, menos estudian, casi nada se esfuerzan", escribió en el diario Perfil, columna que –como si Lanata fuera un analista reconocido– fue convenientemente levantada por La Nación y Clarín al estilo de lo que ocurre con una declaración de un político (Lanata ya es un habitante instalado de "Celebrityland", el mundo virtual que describe Beatriz Sarlo en su último libro La audacia y el cálculo).

Es desalentadora la falta de autocrítica de la oposición política. También la soberbia de los analistas de los medios tradicionales de comunicación. Se dedicaron con unción y durante meses a demoler al Gobierno, primero, y luego a su candidata. Y, al mismo tiempo, buscaron con desesperación construir una candidatura opositora tras otra. La de Ernesto Sanz, la de Mauricio Macri, la recurrentemente eterna de Carlos Reutemann. Y garantizaron su apoyo a Eduardo Duhalde y a todas las movidas de su esperpéntico Peronismo Federal. Como nunca antes, los llamados "medios hegemónicos" –según el kirchnerismo- trataron de articular a como fuera una opción que pudiera enfrentar con posibilidades a Cristina. No funcionó.

En el caso de Sanz, hay que decir que los restos del postalfonsinismo bombardearon cuanto pudieron la postulación del senador y presidente de la UCR hasta aislarlo y obligarlo a defeccionar.

Para Morales Solá, quizás el primer error de la oposición haya sido "la ruptura de las fórmulas que habían sido exitosas hace apenas dos años". El segundo fue "confiar en una sociedad supuestamente fatigada de las formas del kirchnerismo y hasta de sus gastados íconos, de su reincidente autoritarismo, de sus distorsiones de la historia y del presente y de su módico afecto institucional". Hay coherencia en este párrafo pero ni un paso atrás, ninguna explicación política, ninguna intención de entender.
Lo de Macri ya es conocido, pero lo insólito es la ola de resentimiento que provocó el jefe de Gobierno porteño en los "arquitectos" mediáticos de la oposición. Casi lo acusan de cobarde y le reclaman que no se dio cuenta de que tenía posibilidades de competir ahora, cuando todos los intentos que hizo para conformar una alianza opositora –amplios, quizás demasiado amplios, podrá decirse–, chocaron con el desdén de una federación de egos que le imponían unas condiciones imposibles para un presidenciable. Pero lo que más les indigna es la actitud de tolerancia que Macri, primero, y Cristina, ahora, se conceden. No lo escribieron todavía ni Morales Solá ni Ricardo Kirschbaum, pero no falta mucho para que lo tilden de "traidor".

La masividad de Intenet permite hoy, al lector curioso, una fascinante internación en los meandros "googleanos" con el fin de sondear el pasado informativo. Esa práctica, a veces un poco tóxica, permite comprobar la impunidad con la que actúan algunos.

Después de meses de hostigamiento, de denuncias a diario de casos de corrupción –reales e inventados–, la primera reacción fue el espasmo. Ahora, ¿cómo es posible que un ejercicio honesto del periodismo –no aséptico– permitiera ver con claridad que las elecciones en la Ciudad, Santa Fe y Córdoba no eran un punto de inflexión, un antes y un después o el fin de la invencibilidad de Cristina Kirchner? Y, ¿cómo es posible que de manera coordinada y con el único Norte de desgastar a su archienemiga política, los medios masivos se embarcaran durante tanto tiempo en una campaña que los iguala en su interés por desinformar? Ya miles de lectores vienen abandonándolos, percibiendo que las estructuras tradicionales de información no están para dar respuesta a los interrogantes de sus lectores o televidentes sino a sus propios intereses políticos y comerciales. La caída de las ventas de "Clarín" no se detiene desde la "guerra" con el campo, como bautizaron al enfrentamiento entre la Mesa de Enlace y el Gobierno. Y se avecinan tiempos de cambio en el "staff" de conducción del Grupo, que jugó a fondo contra el "kirchnerismo" y ahora sabe que le esperan tiempos difíciles con el "cristinismo".

Para otro análisis quedarán las razones profundas del 50% de votos que acumuló Cristina. Lo dijimos al principio, son diversas, pero para entenderlas hay que tratar de comprender lo que le ocurre a los sectores medios y bajos de una sociedad que, en efecto, no tiene margen para rifar lo poco que tiene.
*Director de gacetamercantil.com