La definición de la fórmula presidencial del oficialismo abrió el grifo de las especulaciones y una luz de esperanza a la oposición. Sólo una luz.
¿Qué cambió en el escenario político nacional como para que un desarticulado y variopinto tablero opositor tenga una perspectiva hasta ahora impensada?
No mucho, pero en especial desde el radicalismo se ilusionan con un dato: en rigor, dicen, son tres las vueltas electorales si se tienen en cuenta las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias del 14 de agosto. Y en tres vueltas es posible ir acomodando el voto opositor hasta hacerlo confluir en el ballotage y derrotar a Cristina.
Las primarias parecían condenadas a no tener ninguna utilidad pero ahora reverdecen porque le dan la oportunidad a los votantes de elegir sin presiones al candidato más cercano a sus intereses.
Los ingenieros electorales de la oposición, que vislumbraban una derrota indigna ante el "cristinismo", sostienen ahora que las primarias les arriman una solución frente a la diáspora política que padecen. "La gente va a poder votar a quien quiera en las primarias y después, en la primera vuelta, el 23 de octubre, va a buscar que su voto sea útil, y el único que puede hacerle fuerza a Cristina es Ricardo (Alfonsín)", se ilusionan en la conducción del radicalismo.
Las últimas encuestas disponibles aseguran que Cristina le lleva, en promedio, más de 20 puntos de diferencia a Alfonsín (h). Si la Presidente registra hoy una intención de voto de 33%, el candidato presidencial por la alianza Unión por el Desarrollo Social (UDESO) orilla el 13%. Los indecisos superarían el 30%.
Una primera elucubración surgida en los laboratorios opositores señala que podrían arañar un resultado que los deposite en la segunda vuelta si dos de cada tres votos de los indecisos fueran a parar a Alfonsín. Este planteo parte de este supuesto y afirma que el otro voto caería en el saco del kirchnerismo.
Así las cosas, tendencialmente Cristina recaudaría el 43 % de los votos contra el 33 % de Alfonsín. El margen de error de este esquema es amplio, pero le sirve a la oposición para sentir que sigue viva.
Por otra parte, la "mesa chica" de Alfonsín sostiene que se avanza hacia un escenario de polarización y que el voto opositor se irá acomodando hasta dar vuelta un resultado que hoy el oficialismo da por descontado, el de un triunfo arrasador en primera vuelta.
Desde las usinas opositoras se advierte, además, que el oficialismo perdería los tres principales distritos del país: la Capital Federal, con turnos electorales el 10 y el 31 de julio; Santa Fe, el 24 de julio; y Córdoba, el 7 de agosto.
Es cierto que, "a priori", no parecen muy promisorias las perspectivas del oficialismo en esas tres provincias. No habrá en ellas gobernadores o mandatarios kirchneristas en el próximo período. Pero, con variantes, aún allí el caudal electoral del oficialismo se vería engrosado por el "efecto Cristina", según coinciden en señalar la mayoría de las encuestas conocidas.
Lo que no advierte este análisis es que la clave de la próxima elección nacional será la provincia de Buenos Aires, donde Daniel Scioli mide cuanto menos lo mismo que la Presidente. Y también del resultado de las elecciones de Capital, Santa Fe y Córdoba, porque aunque el kirchnerismo pierda, lo crucial será por cuánto. Si la boleta de Agustín Rossi logra superar el 30% de los votos será una cosa. Si está por debajo del 25%, será otra. Otro tanto sucederá con Daniel Filmus en la Ciudad de Buenos Aires: si alcanza un piso del 30%, el aporte a la candidatura de Cristina será importante. Si ni siquiera lo roza, será menor.
Los tres distritos, Capital, Santa Fe y Córdoba, representan el 43% del padrón nacional. Pero, por la fecha en que tendrán lugar sus comicios, se afirma ahora que podrían tener un impacto que "arrastre" a otras provincias. En rigor, no quedan otras elecciones de mucho peso, salvo la de Tucumán, en la que el oficialismo se impondría con comodidad.
Paralelamente, hacia adentro del oficialismo un caso representantivo de los límites de disenso que acepta el oficialismo es la provincia de La Pampa. El senador pampeano Carlos Verna, que tras la votación de la resolución 125 se había acercado al oficialismo, acordó con la Presidente que competiría por la gobernación y que el kirchnerismo aportaría a los candidatos a diputados. En ese distrito el Frente para la Victoria nunca hizo pie y el oficialismo lleva el sello del Partido Justicialista. A cambio, Verna logró el compromiso de que el kirchnerismo no presentaría listas colectoras y que desactivaría a un candidato K que ya hacía campaña para quedarse con la intendencia de Santa Rosa. Pues bien, los operadores del Gobierno nacional llegaron hasta el sábado pasado sin cumplir con dos de los tres acuerdos: a punto de cerrar las listas buscaron imponerle al PJ pampeano, a Verna, dos candidatas propias y nunca bajaron al candidato a alcalde de la capital. Con este panorama, Verna anunció que renunciaba a su candidatura a pesar de que tiene una intención de voto superior al 60 %.
¿Qué pasó? Pasó que el oficialismo jugó en La Pampa como lo hizo en todo el resto del país, casi sin límites. Y puso al borde de la ruptura al justicialismo pampeano bajo un esquema que podría resumirse en una frase: "Si no es mío, no es de nadie". Las dos candidatas de Cristina fueron anotadas por una alianza del sabbatellismo y el Partido Humanista, pero corren con chances de derrotar al PJ porque tendrán como cabeza de boleta a la Presidente.
Al cierre de esta edición, Verna había suspendido el acto de lanzamiento del 2 de julio y trataba de cerrar con decoro, aunque sin muchas posibilidades, una negociación difícil. La Pampa es la única provincia del país que no creció en los últimos cuatro años, y esto gracias a una administración sumamente austera. Pero Verna, en la gobernación, no podría sostener un enfrentamiento permanente con el poder central sin afectar el nivel de vida de sus coprovincianos. Por estas horas se pregunta si no será mejor dar un paso al costado.
En otras provincias como La Rioja o Misiones, los gobernadores Luis Beder y Maurice Closs recogieron apoyos insólitos (más del 65 % de los votos) gracias a las famosas listas colectoras. Un análisis más profundo permite detectar que riojanos y misioneros, más allá del sistema electoral vigente, percibieron que estos candidatos les facilitaban una relación con la Casa Rosada que garantizaría la llegada de inversiones en infrastructura y planes sociales.
Así sucedió hasta ahora en la mayoría de las jurisdicciones provinciales, en especial en las más vulnerables. Se trata del modelo que instauró Néstor Kirchner con los ministros Julio De Vido y Alicia Kirchner como brazos ejecutores. Y que dio evidentes resultados, tanto en el plano del desarrollo regional como en el de su reflejo en los resultados electorales.
Hoy la Presidente cosecha los resultados de ocho años de ese clientelismo, a los que le sumó la Asignación Universal por Hijo, una marca de su Administración tanto como un déficit de todos los gobiernos previos desde el regreso de la democracia.
La diferencia no menor de este sistema clientelar con otros ya conocidos en el pasado, es que se trata de una maquinaria bien montada y mejor aceitada que busca traducir cada peso invertido en adhesión. Nada que no hayan hecho otros peronismos, pero en una magnitud y con una eficiencia que no tiene antecedentes.
Por eso la distancia que separa al oficialismo de la oposición, en lugar de achicarse cada día parece más grande, aunque el antikirchnerismo se ilusione con cálculos casi esotéricos.
*Director de gacetamercantil.com
Asalto a la ilusión
Ricardo Alfonsín y su laboratorio electoral confían en que las primarias separarán la paja del trigo. Y que en la primera vuelta se impondrá el "voto últil" que debería depositarlo en una segunda vuelta y con chances. Los límites de este análisis.