Un programa que duró poco, "Viva la Patria!", de los hermanos Borenzstein, sintetizaba en un sketch las claves de aquel tiempo. Un Menem rodeado de coristas, tomando champagne, apostaba en una mesa de ruleta improvisada sobre el escritorio de su despacho. De fondo comenzaba a oirse la voz aflautada de Domingo Cavallo, quien mientras aparecía en escena hablando de números y proyectos obligaba al Presidente a levantar de apuro su garito. Cavallo ponía sobre la mesa algunos papales, Menem los firmaba ("Tomá, Mingo, acá tenés los decretos", le decía) y el superministro se iba satisfecho, a cerrar ramales ferroviarios.
A través del humor, aquella escena mostraba un patrón de conducta, el modo transaccional de hacer política de Menem y el aprovechamiento de esa situación histórica inusual por parte del capital financiero, nacional e internacional, que disponía de un poder casi absoluto, prestado por un político que había llegado a la presidencia a través del voto popular.
Las consecuencias políticas y sociales del menemismo todavía hoy se investigan. Menem incorporó, con distinta suerte para ellos, a varios representantes de la farándula, fueran cantantes, actores o deportistas. Así fue como Ramón "Palito" Ortega desembarcó de Miami y asumió como gobernador de Tucumán; o como Daniel Scioli dejó obligadamente la motonáutica y pensó en ocupar una banca; o como Carlos Reutemann dejó la más apasible cría de chanchos para hacerse cargo de la gobernación de Santa Fe.
Claro que el fenómeno, como suele pasar, no fue solo local sino que tuvo y tiene decenas de referencias internacionales. No vamos a hacer la lista aquí.
El punto es que la banalización de la política ha venido de la mano, entre otras cosas, del avance indetenible de la masificación de los medios, llevada ahora a otro nivel de paroxismo con las redes sociales.
Como mínimo, para cualquier dirigente político es tan importante tener un discurso como saber distribuirlo. Son las mismas condiciones que le garantizan el éxito a una "sitcom": debe contar una historia y debe poder llegar a todo el mundo.
Todo lo anterior es una descripción casi acrítica. Es lo que hay, diría alguno en un bar, contemplando sin mirar por la ventana.
Por eso resulta ahistórico plantear, tanto desde el oficialismo como desde la oposición, que en la Argentina de hoy vivimos un regreso a los años setenta. O a los noventa. Nuestra actualidad nos provee de imágenes desdibujadas de los setenta y varios "deja vu" de los noventa. Ocurre que casi siempre, cuando se aplana la realidad, se lo hace con intención. Quienes afirman que el gobierno está copado por montoneros, por ejemplo, pretenden caracterizarlo con lo peor de aquella experiencia: básicamente la intolerancia. Quienes sostienen que el PRO y su más que probable alianza con el Peronismo Federal son un intento de reinstalar el menemismo, quieren machacar, por ejemplo, sobre la insensibilidad social de aquel fenómeno que colonizó al peronismo.
En nuestros días, uno de los productos mediáticos de aquel menemismo, el hasta ahora impoluto Martín Redrado, pasea con patetismo su tardío descubrimiento de la noche. Quienes lo conocen aseguran que el ex "Golden boy" tiene una opinión sobre sí mismo varios escalones más alta que la de los demás. Se cree –Redrado- llamado a ocupar un rol futuro todavía más importante que el de presidente del Banco Central, puesto del que fue eyectado en el verano pasado por negarse a pagar con reservas un vencimiento de deuda.
Leer sus "tweets" puede acercar un poco a la personalidad confusa del ex funcionario, que utiliza la red para comentar que almorzó con el ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, a quien le explicó su opinión sobre hacia dónde va el mundo, o para explicar de manera sesuda los avatares de su relación con la vedette "Lulypop". Para colmo, si se ingresa a la página www.martinredrado.com podrá verse que las siglas del nombre, "MR", giran y se convierten en una frase que nos exime de comentarios: "Reserva moral".
Del otro lado del "ring", dos hitos "cambalacheanos" se han llevado las palmas. El primero, la "boutade" de la diputada ultrakirchnerista Diana Conti, quien expresó su deseo de que la Presidente fuera "eterna" a través de algún mecanismo reeleccionista. Como no podía ser de otro modo, la derecha mediática salió a cruzar a la legisladora y, exagerando, hasta creyó adivinar que su planteo formaba parte de una radicalización del ala "chavista" del gobierno.
El otro, el cuestionamiento del director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, sobre el escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa. González criticó que el flamante Premio Nobel abriera la próxima edición de la Feria del Libro en Buenos Aires por sus conocidas expresiones reprobatorias del peronismo. Poco se dijo que la Feria es un evento de extensión cultural del Grupo Clarín, que naturalemente se regodeó con la torpeza del funcionario y los planteos de algunos de los intelectuales orgánicos del kirchnerismo como José Pablo Feinmann y Ricardo Forster. Nadie puede negarle a nadie su derecho a opinar, pero además González dirige el repositorio nacional de la cultura.
En ambos casos, la Presidente salió a lucirse con una mirada más totalizadora y tolerante que la de sus seguidores.
Antídotos. Hace tiempo que se afirma que la política banalizada llegó para quedarse, que pueden esperarse peores días pero nunca mejores.
Aunque le pueda parecer anacrónico a alguno, para la decadencia existen antídotos. Claro, debe existir la vocación política de aplicarlos.
En campaña, este año, difícilmente asistamos a ninguna propuesta superadora destinada a sacar a la Argentina del marasmo en el que se encuentra.
La "farandulización" de la política, madre pero no única responsable de la actual situación, derivó hace mucho en la falta de participación política. Si la militancia es desinterés personal, es vocación de servir a los demás, ¿quién podría estar interesado en militar con semejantes ejemplos?
La solidaridad social está en las antípodas del modo profesional de lucha que se ha impuesto, en el que un puntero tiene poder en la medida en que maneja planes o puestos para sus "militantes" rentados. O controla planes sociales. O es funcionario de una obra social sindical.
El sindicalismo peronista, está claro, lleva ventaja en esta modalidad porque la viene poniendo en práctica desde hace 60 años. En otros tiempos, una afirmación semejante sería considerada "gorila", pero a esta altura está claro que "gorilas" son los que se han venido beneficiando y acumulando poder a costa de quienes decían representar y defender. Los casos de Juan José Zanola y José Pedraza, o de Genónimo "Momo" Venegas, son la ratificación judicial de una historia de estafas mayúsculas que seguramente sumará nuevos capítulos con otros sindicalistas como protagonistas.
Para Hugo Moyano y los suyos, las causas judiciales que apuntan a dirigentes gremiales son herramientas del oficialismo concentrado para mantener a raya al poder sindical. Aunque es muy probable que estén siendo utilizadas, a nadie le cabe duda de que las obras sociales sindicales han sido y son el botín de sus dirigentes, que lucen enriquecidos de manera obsena.
Y cada día es más sutil la distinción entre "los gordos" y los otros.
El problema "electoral" de este sistema es que beneficia mucho a muy pocos, mientras que el resto, que ve pasar la opulencia, puede sentirse tentado a votar a cualquiera antes que a alguno vinculado con ese modelo.
Es muy probable que la Presidente haya entendido, antes que otros, que debe enfrentar ese estado de cosas desde la "ajenidad", como diría Feinmann. Es decir, que no puede aparecer teniendo mucho que ver con los "popes" del sindicalismo acuerdista. Y, mucho menos, con los vinculados a prácticas criminales.
De esta forma, aunque más no sea por conveninecia, a la farandulización, a la banalización de la política, le habría llegado un límite.
Habrá quien diga que el "cristinismo" tiene una fuerte carga escenográfica. Es cierto, los asesores de imagen de la Presidente han mostrado pericia en la instalación de mensajes, en especial los audiovisuales, y allí están los festejos del Bicentenario y otros eventos para corroborarlo. Pero, en cualquier caso, se trata de una escenificación con un sólido argumento debajo, una manera más europea que hollywoodense de relatar lo que pasa. Hay sustancia debajo de la producción. La Asignación Universal por Hijo era una deuda de décadas que saldó Cristina. Y que está muy bien vendida, lo que no deja de ser un mérito.
Director de gacetamercantil.com
"Viva la Patria"
Los años noventa significaron la apoteosis de la farandulización de la política. Carlos Menem y su estilo extravagante tiñeron de banalidad la cosa pública mientras el ministro de Obras y Servicios Públicos, Roberto Dromi, y su colega María Julia Alsogaray, enajenaban las empresas públicas construidas tanto por el aporte de varias generaciones de argentinos como con la mochila moral de la corrupción sindical.