La Feria del Libro es un evento fundamentalmente comercial con aristas culturales y la suma de ambos constituye un hecho político. Está organizada por la Fundación El Libro, que según su página web es una “Entidad civil sin fines de lucro que está constituida por la Sociedad Argentina de Escritores, la Cámara Argentina del Libro, la Cámara Argentina de Publicaciones, el Sector de Libros y Revistas de la Cámara Española de Comercio, la Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines, y la Federación Argentina de Librerías, Papelerías y Afines.”
Como puede observarse en su composición, los intereses comerciales superan largamente a los literarios.
Iniciada en 1974, la actual es la trigésima séptima realización. El permanente incremento de la concurrencia, generalmente abultada intencionalmente por los organizadores, constituye un hecho de indudable impacto. Una parte no cuantificable de la concurrencia acude como si fuera a un shopping. Son aquellos que raramente visiten una librería durante el año y creen ingenuamente que en la Feria comprarán libros a mejores precios. La mayor parte de los eventos culturales son presentaciones de libros, práctica generalizada en los últimos años y que es un auto homenaje que el autor se regala en compañía de amigos con el beneplácito y auspicio de la editorial. Eso no desmerece su significación como hecho cultural y comercial sin dejar de mostrar la hechura del mismo.
La entidad organizadora invitó para su inauguración al notable escritor peruano nacionalizado español Mario Vargas Llosa. Es la primera vez que la misma tendrá como protagonista a alguien que no es argentino. Los organizadores, fundamentalmente poderosos intereses comerciales vinculados al libro, no fueron precisamente ingenuos al colocar al Premio Nobel como protagonista principal. Matan dos pájaros de un solo disparo: aseguran una estruendosa repercusión internacional y concretan una provocación hacia el gobierno. Así como el autor de “Conversación en la catedral” (en mi opinión, largamente su mejor libro), es un brillante escritor, pero cuando incursiona en la política es un pensador pedestre, carente de un pensamiento original y sólo repetidor de una larga retahíla de lugares comunes del pensamiento neoliberal, alineado con intereses económicos que representa como los del grupo español Prisa.
Nada queda de aquel escritor izquierdista. Como buen converso, sobreactúa su viraje. Vitupera todo lo que signifique populismo y apoya a los gobiernos que asumen políticas neoliberales.
El escritor que reivindica en la literatura las luchas por la liberación y contra el colonialismo en el pasado (“Guerra del fin del mundo”, “El sueño del celta”) cuando baja a la realidad que lo circunda es un apologista del colonialismo. En ese devenir de su pensamiento, ha tenido análisis descalificadores sobre la Argentina y sobre el kirchnerismo. En ese contexto, un grupo de escritores entre los que figuran Horacio González, José Pablo Feinmann, Ricardo Forster, Mario Goloboff, Juano Villafañe y Vicente Battista, emitieron una declaración que en su parte sustancial afirma: “Convertido desde hace años en vocero de los grupos multinacionales editoriales y mediáticos, de un supuesto “liberalismo” de sometimiento y depredación, y de la oposición a lo que ellos denominan “gobiernos populistas” en América Latina, Mario Vargas Llosa se ha ensañado de modo muy particular con nuestro país y nuestra sociedad, en declaraciones ampliamente difundidas por esos mismos medios. En consecuencia, nos parece que dicha designación es no sólo inoportuna sino también agraviante para la cultura nacional y para con las preferencias democráticas y mayoritarias de nuestro pueblo.” También apareció una carta de Horacio González en el mismo sentido.