La creciente presión de la Casa Rosada o, al menos, del sector más influyente hoy para intervenir el manejo de la policía provincial pone a Daniel Scioli ante su examen más difícil.
Lo miran propios y extraños: ¿aceptará otra vez sumisamente el zarpazo del kirchnerismo duro, o mostrará que está dispuesto a defender lo que le queda de autonomía? Y detrás de esa duda, otra mayor: ¿se resignará al destino de debilidad o derrota que le construyen sus aliados nacionales, o defenderá su proyecto y, con él, el de amplios sectores del peronismo bonaerense que sienten amenazada su carrera? En esas respuestas está el nudo de la disputa de poder más dramática del año electoral.
Por eso, la jugada que ayer ordenó Scioli sonó a una osadía para los parámetros que caracterizan su estilo. El apoyo a Casal causó desconcierto en la Casa Rosada y llevó algo de alivio a los intendentes del conurbano que meditan abandonar a Scioli, temerosos de que los entregue a una estrategia electoral que los borre del mapa.
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