El poder de los votos

El conservadurismo mediático advierte sobre el peligro que implica este "desborde" democrático. Y trata de marcar otra vez la cancha con un pliego de medidas económicas que Cristina Kirchner debería tomar aprovechando su enorme legitimidad. Los límites de esa política. Y los intereses en juego. El no-futuro de Duhalde, Alfonsín y Carrió. Y 2013, número mágico para Clarín.

Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Puede resultar un ejercicio interesante el de recorrer las columnas y las opiniones sobre la reelección de la presidente Cristina Kirchner que se han publicado en las últimas horas. Como viene sucediendo con meridiana claridad, quienes escriben en el diario La Nación lo hacen con una cuota de ideologismo mayor que las "plumas" del matutino Clarín, sesgadas y marcadas por las idas y vueltas de los negocios políticos -y de los otros- del multimedios que aún conduce Héctor Magneto.

Las posturas editoriales del diario de la familia Saguier, aunque equivocadamente elitistas, son el fruto de una toma de posición genuina de sus dueños, que creen defender desde esa tribuna los intereses que siempre defendió ese periódico. El "modelo" de Clarín nunca ha sido ése sino el de la acumulación de poder a través de la presión como método. Es decir, que tradicionalmente han acomodado su opinión según la conveniencia del grupo empresario, que creció como un pulpo gracias a esa política y a la defección de los sucesivos gobiernos, en particular los que se sucedieron desde la recuperación democrática.

Cuando pasen algunos años y en las escuelas y universidades se estudie con menos pasión este tiempo, llamará todavía más la atención esta diferencia entre unos y otros, lo que no significa que la defensa de intereses empresarios de ambos –los servicios vinculados a los agronegocios, por ejemplo- no los encuentre en la misma vereda, opuesta también a la del Gobierno. Pero en los primeros hay más convicción y en los segundos, puro cálculo.

Hecha esta distinción, vamos al análisis propuesto. El título "Ante una democracia carente de equilibrios", de la columna de Joaquín Morales Solá del lunes 24, puede ingresar a una improbable antología de ataques de histeria periodística. Dice: "La lealtad ciega es la primera y casi excluyente virtud que les reclama (la Presidente) a sus ministros y funcionarios. La Cámpora es hija de esa tendencia a exigir una obediencia sin condiciones.

Los ministros ignoran a veces hasta las políticas que ellos mismos administran. Ese estilo sirve para gobernar la bonanza política y económica, pero nunca dio resultados para administrar la adversidad".

Que el proyecto que encarna Cristina Kirchner recibió un apoyo inédito no hace mella en la prosa de Morales Solá, que remueve de un sablazo el puente que va del respeto al voto de los argentinos al despecho pretendidamente aristocrático.

La "matemática" electoral, para él y para sus seguidores, es una arbitrariedad populista que no debe hacerle cambiar de parecer ni dudar de su verdad, que es escrita como un "faro político" con el fin de "iluminar". En especial, para dar testimonio de esa "verdad" en medio de lo que ya considera prácticamente una "tiranía". Tal es el espíritu con el que Morales Solá pontifica.

Siempre más lúcido, otro columnista de "La Nación", Carlos Pagni, escribió un título en el que advierte que la Presidente "Debe optar: el consenso o la lucha". Y advierte: "Instalada en la espléndida soledad de su victoria, Cristina Kirchner tiene que resolver algo más que un acertijo económico. Quedó, de nuevo, ante un nudo gordiano de la política. Debe optar por el consenso o por la lucha".

A estos articuladores del discurso opositor les habló Cristina el domingo a la noche, cuando pidió que se respete la voluntad popular. No parece haber tenido eco, pero es evidente que el desprecio es mutuo.

Rosendo Fraga apuntó a una consecuencia del aplastante resultado del domingo. "La Argentina parece así haber dejado de ser bipartidista y el peronismo es una fuerza política que ocupa el espacio del oficialismo y parte del opositor, reunificándose o dividiéndose en el poder de acuerdo a las circunstancias". Sería una suerte de PRI mexicano, que fue ofreciendo una cara de izquierda, el PRD, y otra de derecha, el PAN, a través de las cuales la dirigencia histórica siguió manejando los hilos del poder en ese país. En este punto, Fraga también descalifica el triunfo del "cristinismo". Podría decirse que adhiere de este modo a la tesis del "fin de la democracia" por un "exceso de democracia". O por una avalancha de votos, que amenaza con soterrar a las minorías que piensan distinto.

Esta postura se emparenta con la de otros comentaristas de la política nacional como Claudio Jacquelin, también de "La Nación", para quien "Nunca (hubo) tanto poder y jamás tan concentrado". Se refiere, sin dudas, a los períodos democráticos.

En efecto, nunca ningún mandatario democrático enfrentó a una oposición tan menguada, en votos y en propuestas. En este punto hay que decir que Cristina Kirchner no es la única responsable de la debacle opositora. Y que, más allá del horror del conservadurismo mediático, tampoco ha obtenido la "suma del poder público" ni nada parecido con su triunfo.

Desde la ortodoxia económíca, los mastines –con la ubicación y cintura política que los caracteriza- se han lanzado al cuello de la primera mujer reelecta presidente de la historia argentina. El planteo sería el siguiente: "Con este caudal de votos, tiene las manos libres para hacer y deshacer en materia económica: encare entonces, de manera urgente, los 'ajustes' al 'modelo' reduciendo los subsidios, bajando la inflación y devaluando el dólar. Y, eventualmente, prepárese para volver a endeudarse, si hace falta, en el mercado internacional".

La anterior es una síntesis de las "propuestas" escritas cuando ni siquiera había terminado el recuento de votos. En suma, según sus "bandos", Cristina debería aprovechar esta "primavera" para tomar una serie de decisiones que podrían ser antipopulares pero son necesarias. El economista Lucas Llach lo expuso de este modo. "La renovación de las credenciales de poder que acaba de tener lugar brinda una autoridad más que suficiente para racionalizar la política fiscal y coordinar la política de ingresos (esencialmente, salarios y tarifas públicas) de modo compatible con una inflación más baja". Para el padre de Lucas, el moderado Juan, "el amplio apoyo electoral al Gobierno se ha basado en la mejora del nivel de vida de millones de personas desde 2002, pero quizá más aún en la creencia de que el oficialismo está mejor preparado para darle continuidad".

No se trata esta columna de un intento de desmitificar todos y cada uno de los argumentos expuestos por el antikirchnerismo, menos aún los económicos, que merecerán próximamente una nota aparte.

En cambio, se apunta a analizar el mapa dejado por un comicio sin antecedentes que deja mal parados a muchos de los protagonistas tradicionales de la política argentina de las últimas dos décadas.
Los obvios: Eduardo Duhalde quedó en un alejado quinto lugar entre los candidatos presidenciales. Ni su esposa, Hilda, logró ingresar al Senado como candidata de la minoría, prácticamente la única razón que llevó al ex intendente de Lomas de Zamora a continuar con la campaña después del derrumbe de las Primarias. Ricardo Alfonsín terminó siendo lo que todo indicaba que sería, un candidato sin ideas, sin programa y sin carisma.

La antítesis de su padre en 1983. El radicalismo sigue retrocediendo, aunque su representación parlamentaria continuará siendo la segunda detrás del oficialismo y aumentó la cantidad de intendentes. Sin un liderazgo claro, Alfonsín padre dejó parado a la UCR en la socialdemocracia pero esas banderas están en manos del "populismo democrático" que encarna Cristina.

Francisco De Narváez perdió por 40 puntos ante Daniel Scioli, lo que lo dejó en una incómoda posición para pretender que seguirá haciendo política, en particular porque muchos de sus candidatos ya están buscando su lugar bajo el sol en liderazgos con más futuro, sean radicales o kirchneristas. Lilita Carrió es un ejemplo notable de la implosión de la política argentina, de la que se ha beneficiado el kirchnerismo en el poder. La líder de la Coalición Cívica pasó de quedar segunda en las presidenciales de 2007 a terminar detrás del postulante trotskista Jorge Altamira. Los candidatos de la CC en el núcleo sojero, a pesar de Mario Llambías, quedaron relegados al fondo de la tabla.

El delirio místico de Lilita llegó más lejos de lo esperado, pero su ultrapersonalismo y las admoniciones bíblicas limaron su performance electoral. Los argentinos no están preparados para escuchar su discurso, es una adelantada, insiste.

En el plano de la oposición mediática, parece claro que la nueva Administración buscará forzar la marcha con el proceso de desinversión que establece la Ley de Medios en su controvertido artículo 161, cuya vigencia está suspendida por una medida cautelar presentada por el Grupo Clarín. Ese artículo da un plazo de un año para que el grupo que no esté "sujeto a derecho" venda los activos excedentes.

La cautelar está en poder de un juez que ya fue intimado por la Suprema Corte, que le advirtió que no puede retener el expediente "sine die", que debe expresarse en un plazo razonable. Lleva 16 meses y no parece que pueda retenerlo mucho tiempo más, por lo que el Gobierno espera que se eleve a Cámara y allí se dispare el proceso de desinversión.

El grupo de Magneto tendría desde entonces un año de plazo para encontrarle comprador a esos activos, representados en principio por CableVisión, la empresa de cable con 2,5 millones de clientes, y Fibertel, la compañía proveedora de servicios de Internet con otro millón de clientes. Pero, ¿hay en el país un comprador o varios para esas dos empresas, que podrían valer entre 1.500 y 3.000 millones de dólares? ¿Será tan rápido y lineal el proceso? La conducción del multimedios sigue comprando tiempo: imaginan que si el gobierno no apura el paso o ellos logran interponer nuevas medidas cautelares, o ambas cosas a la vez, podrían llegar a 2013 sin una resolución efectiva del conflicto.

 Ese año es visto por ellos como la otra orilla del Río de la Plata: la elección de mitad de mandato de Cristina jamás podría ser tan aplastante como la del domingo último; y a la vez, debería estar lanzado el proceso de elección del sucesor. Y ya nadie duda de que Clarín ve con mejores ojos a Daniel Scioli que a Amado Boudou.

*Director de gacetamercantil.com
Twitter: @villalongaj