La caída el domingo pasado de tres argentinos, hijos de dos brigadieres, en Barcelona con un cargamento de más de 900 kilos de cocaína volvió a revelar una trama que cruza poder, Estado y negocios espurios.
José Antonio Juliá y su hermano Oscar fueron amos y señores de la Fuerza Aérea al menos entre 1989 y 1993, en la primera etapa del gobierno de Carlos Menem. La clave de la relación de José con el ex presidente era Antonio Erman González, quien primero fue ministro de Trabajo y luego de Defensa.
El acuerdo de Menem con los altos mandos de las tres fuerzas fue claro: despolitización a cambio de dejarlos hacer sin meterse en sus campos de acción. Pero el pacto tenía “letra chica” y hubo algunos que supieron leerla. Los Juliá estaban en esa lista.
Menem ya era presidente electo cuando el entonces jefe de la Aeronáutica, brigadier Ernesto Crespo, lo invitó al lanzamiento secreto de un misil en la base aérea de El Chamical, en La Rioja. Aprovechó para presentarle a su sucesor, el propio Juliá, y un “botín” que los brigadieres guardaban celosamente: se trataba de un misil, “El Alacrán”. La clave de este misil de prueba era que se impulsaba con combustible sólido.
¿Cuál era la importancia? Con el tiempo se vería: este carburante, que se producía en la planta cordobesa de Falda del Carmen, permitía que los misiles que lo utilizaban fueran más difíciles de detectar que aquellos que usaban combustible líquido, que tardaba más en llegar a la ignición. Este “detalle” hizo que la fábrica argentina debiera ser levantada, por sugerencia de Estados Unidos, que no quería que esa tecnología estuviera en manos de militares de un país tan impredecible como la Argentina. Encima, una fábrica “gemela” a la cordobesa se había levantado en Irak, otro país que no se caracterizaba por su estabilidad.
En suma, que Crespo y Juliá le mostraron a Menem un misil en ciernes. Y el presidente electo preguntó quién podía estar interesado en un artificio como ese. “Irak, Irán, Siria”, le contestaron al unísono los dos brigadieres, que con el tiempo se vería que eran tan veloces para los negocios como el no estrenado presidente. “Y… véndanselo”, contestó Menem, que acababa de volver de Damasco.
Claro, los meses pasaron y Menem “entendió” con claridad las advertencias que el mismo día que asumió, el 8 de julio de 1989, le formuló el entonces embajador de Estados Unidos, Terence Todman. Falda del Carmen y el misil “Cóndor II” que allí se “cocinaba”, no iban más. De ahí a las “relaciones carnales” habría un solo paso.
Juliá entregó el “Cóndor II” y Menem no solo no lo molestó, sino que a raíz de la excelente relación que mantenía con Erman, lo dejó hacer. Detrás de los tres estaba la sombra de un empresario que, tiempo después, se haría tremendamente conocido: el entrerriano Alfredo Nalib Yabrán.
La relación de Yabrán con la Fuerza Aérea venía de antes, de comienzos de los 80’, y se fortaleció con la llegada del brigadier Ernesto Crespo a la jefatura de la institución en 1983, el regreso de la democracia de la mano de Raúl Alfonsín.
Villalonga Furlong, Intercargo, Lanolec, OCA y Ocasa, por citar a algunas, eran empresas privadas o mixtas, pero todas tenían negocios con el Estado administrado entonces por el menemismo, que no se procupaba por diferenciar los negocios de uno y otro lado del mostrador.
Lanolec era una empresa aérea del Grupo Yabrán. De más joven, Gustavo Juliá trabajó allí, según recordó el viernes ante este cronista un ex alto directivo de Intercargo. Con el tiempo, José y Oscar fundaron una empresa más especializada de taxis aéreos, Medical Jet, de la que Gustavo también se hizo socio.
Los negocios de Medical Jet con el PAMI terminaron cuando Graciela Ocaña llegó a esa repartición. Fueron los primeros con los que vinculó a Luis Barrionuevo, pero Gustavo Juliá mantenía además una flagrante incompatibilidad: era gerente de Prestaciones del PAMI y accionista de Medical Jet y de otra compañía aérea que trabajaba con la obra social de los jubilados.
El PAMI era un “colador” antes de la llegada de Ocaña, en pleno menemismo, y ladirigente del ARI acusó de benefiarse de ello al propio Barrionuevo.
El eterno titular del gremio gastronómico habló con Jorge Rial el jueves pasado, por radio La Red. Su explicación de que no tiene “nada que ver” con los hermanos Juliá se reduce a afirmar que mantenía una relación “comercial” y que “jamás” le hicieron un viaje gratis. Sin embargo, sin recibir una sola repregunta, Barrionuevo habló por espacio de diez minutos. Pero, como apunta el dicho, uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Si no, que lo diga el sindicalista del peronismo federal. Es difícil que lo llamen a declarar desde España, pero quizás algún fiscal local quiera saber que quiso decir Barrionuevo cuando dijo: "A Gustavo (Juliá) lo conozco, a 'Piluso' también, pero lo que hicieron estos muchachos es de un atrevimiento infernal".
“Piluso” es el apelativo de Eduardo Juliá. No parece que el juez penal catalán vaya a reprocharles el delito de “atrevidos”.
*Director de gacetamercantil.com y coautor de “Relaciones carnales - La verdadera historia de la construcción y destrucción del misil Cóndor II” (Planeta, Espejo de la Argentina, 1992).