Se toma una dosis de un poder sindical ilimitado y otra similar de complicidad oficial, se le agregan cantidades de piquetes y de bloqueos, condimentados por las patotas de siempre, se mezcla todo lentamente mientras se le añaden muchos fondos para las obras sociales, de esos que se consumen sin control, y varias rodajas de una dulce perpetuidad en sus cargos para esos líderes gremiales que supimos conseguir. Finalmente, se bate con energía y se sirve a una temperatura muy caliente para que lo disfruten unos pocos y lo padezca gratuitamente la mayoría de la sociedad.
Así podría ser la receta del indigerible cóctel que ofrece el sindicalismo peronista a la sociedad argentina. Por lo menos la que presentó durante muchas etapas de la historia reciente de nuestro país y que en estas horas parece el trago de moda del verano, a fuerza de noticias tan poco frescas como el asesinato de un gremialista, los nuevos bloqueos contra las cerealeras y contra una distribuidora de diarios, y la batalla campal en el peaje de Parque Avellaneda entre militantes moyanistas y mercantiles.
Ayer no fue un buen día para los que creen que el inmenso poder que se le dio a Hugo Moyano está siempre justificado. Con la excepción del crimen de Roberto Roger Rodríguez, del gremio de obreros de maestranza, del que no se puede acusar al líder de la CGT, en el resto de las protestas que desbordan de ilegalidad y de violencia hay rastros que remiten a la forma en que construyeron su tinglado de poder el dirigente camionero y sus aliados. Y que muchas veces parece dejar mal parado al mismo gobierno que lo apoya. Incluso deja la sensación de que semejante estructura, a la que sólo Moyano parece controlar, condiciona a la presidenta Kirchner y a quien eventualmente la suceda.