Sonó mi teléfono. ¿Lilita? ¿Sanz? ¿Macri? Desde que empecé a buscar un partido que me quiera entre sus filas, mi celular estalla. Yo atiendo con la ilusión de que sea el tribunal K que rechazó mi afiliación, para darme una nueva oportunidad, pero no. Los que me llaman son siempre de la oposición. Esta vez era alguien que no termina de ser K ni termina de ser opositor: Daniel Scioli.
Qué alegría. Por de pronto, me sentí honrado. Que Daniel me llame en pleno verano, cuando instala su despacho itinerante en la playa (en todas las playas de la costa atlántica), es motivo de legítimo orgullo. Daniel siempre está pendiente de las encuestas, pero en verano el proselitismo se le exacerba. Se convierte en un recaudador serial de votos, y da gusto verlo prodigarse en la arena con su mujer, Karina, y todo su séquito. Especialmente su equipo de difusión, verdaderos profesionales que convierten la inauguración de una sombrilla en un acontecimiento nacional.
Daniel aprendió el oficio -el oficio de vender su imagen- en sus tiempos de campeón de motonáutica, cuando hacía llegar a los diarios en tiempo real las fotos que lo mostraban ganador de aquellas espectaculares carreras en las que no alcanzaban los competidores para llenar el podio.