La caída en Barcelona de tres argentinos, hijos de dos brigadieres, con un cargamento de más de 900 kilos de cocaína el domingo 2 de enero volvió a revelar una trama que cruza poder, Estado y negocios espurios.
Gustavo y Eduardo Juliá y Gastón Miret no son sólo presuntos delincuentes sino el producto de una sociedad impune que festeja el éxito a cualquier precio y se ríe del esfuerzo y la constancia. Para quienes los conocían, el final de los hermanos y socios sólo era cuestión de tiempo.
José Antonio Juliá y su hermano Oscar fueron amos y señores de la Fuerza Aérea al menos entre 1989 y 1993, en la primera etapa del gobierno de Carlos Menem, momento en el que el primero pasó a retiro. La clave de la relación de José con el ex presidente era Antonio Erman González, quien primero fue ministro de Trabajo y luego de Defensa, y detrás de ellos estaba la sombra de un empresario que operó sin ser conocido durante más de veinte años: Alfredo Nalib Yabrán.
Apenas accedió al poder, el acuerdo de Menem con los altos mandos de las tres Fuerzas fue claro: despolitización a cambio de dejarlos hacer sin meterse en sus campos de acción. Claro que el pacto tenía "letra chica" y hubo algunos que estaban en mejores condiciones que otros para interpretarla. Con la venia de Menem y Erman, los Juliá estaban en esa acotada lista.
Esta manera de hacer negocios, como todo, tiene un origen. No es muy difícil llegar a él en este caso. Menem era un flamante Presidente electo cuando el entonces jefe de la Aeronáutica brigadier Ernesto Crespo, lo invitó al lanzamiento secreto de un misil en la base aérea de Chamical, en La Rioja. La ocasión serviría además para que Crespo le presentara a su sucesor, el propio Juliá, y un "botín" que los brigadieres guardaban celosamente: se trataba de un misil, "El Alacrán", un desarrollo propio que había comenzado unos años antes de la guerra de Malvinas.