La escuela está arruinando a mis hijos

La situación de la educación Argentina no convence a nadie, ni a padres, ni alumnos ni docentes, ni privados ni públicos.  Este es un análisis y opinión del periodista Jorge Fernández Díaz sobre la evolución y la realidad de la escuela y la educación argentina. Además resalta los grados de violencia que existen en el interior de las instalaciones que no siempre son contenidos y resueltos.

No es una reunión de rutina, pero el director hace una pregunta rutinaria:

 "¿Qué espera de nuestro colegio?". Mi amigo Guinzberg, que nunca se agita, le responde:

-Espero que me devuelvan a mi hijo tan bien como se lo entregué.

El director se remueve en su asiento, intranquilo y perplejo.

-Bueno, por supuesto; acá le damos la mayor seguridad educativa y personal -atina a responder.

Al hijo de Guinzberg le han pegado dos palizas en el término de dos meses: una en el recreo y otra en el aula. El chico tiene 16 años; es promedio 9,50; devora libros desde los ocho y lee todos los días el diario. Guinzberg piensa, aunque no se lo dice a nadie, que a muchas de las maestras de 22 años que supuestamente le enseñan cosas importantes a su hijo él no las tomaría en su trabajo ni como recepcionistas. Y le rechinan los dientes cuando el chico vuelve del colegio y profiere frases insólitas sobre la política, el sexo, la divinidad y el destino.

La mayoría de esas afirmaciones son políticamente correctas, cuando no directamente incorrectas, y son machacadas con gran pompa y certeza. Justo a Guinzberg, que hace de la duda intelectual toda una filosofía de vida. "Mi hijo está ocho horas por día expuesto a esa radiación, formateado por desconocidos que pronuncian verdades absolutas sobre cuestiones graves", piensa con alarma, pero nunca lo dice. Aunque ahora está más molesto que de costumbre porque, encima de todo, andan hostigando al pibe y el colegio no hace nada.

-Ya no pido que me devuelvan a mi hijo mejor de lo que se lo entregué -le repite al director-.

Eso sería sobredimensionar a la escuela. Lo único que le pido es que no me lo devuelvan peor: mediocre, prejuicioso y lastimado.

El director le da, por supuesto, todas las garantías del mundo. Pero a las dos semanas, el chico vuelve a casa diciendo que la única explicación del origen del mundo es el Big Bang y que Wellington es bueno y Bonaparte es malo. Y al mes y medio tres compañeros lo emboscan, le vacían la vianda y le llenan la cara de dedos.

-¿Qué tengo que hacer? -me pregunta Guinzberg, más nervioso que nunca.

-Tu hijo es un genio -le respondo, para darle ánimo-. No conozco a ningún otro chico que lea tanto, y tan bien. Acordate de que los padres de Borges no querían mandarlo a la escuela porque temían que se contagiara de la escarlatina. En realidad, no querían que lo mal formasen los maestros. Al final, después de unos años tuvieron que enviarlo a clase. Borges parafraseaba la broma de Shaw y decía que en ese marzo la escuela había interrumpido su educación.


Leer más sobre este tema en La Nación