El kirchnerismo bebió ayer en el Senado de su propia medicina: intoxicado por sus recetas sobre cómo ejercer el poder, fueron víctimas de la falta de diálogo, del uso de la prepotencia como método y de ignorar a todo quien le coloque algún matiz al color que ellos y sólo ellos eligen.
Cuando la oportunidad estuvo al alcance de sus manos, la oposición avanzó, cambiando la realidad de la Cámara alta e intentando hacerlo, además, con la del país. En pocas horas, hubo una seguidilla de iniciativas que pretenden frenar acciones del Gobierno o, lisa y llanamente, boicotearlas.
El clima, sin dudas, es de guerra. La bandera la enarbola, ahora, la oposición. Pero no es diferente al impuesto desde que Néstor Kirchner y Cristina Fernández inauguraron la manía de imponerse a cómo dé lugar.
¿Cuál sería hoy la historia si Cristina Fernández de Kirchner hubiera continuado con aquel espasmo democrático de convocar al diálogo, luego de la flagrante derrota del 28 de junio? No es difícil sacar las cuentas: si la siembra encarada por el Gobierno hubiese sido de distribución de los roles asignados por el sistema republicano, el respeto mutuo (y al resultado de las urnas) y también la puesta en funcionamiento de mecanismos de negociación y consenso entre oficialismo y oposición, la cosecha no le sería tal amarga para el kirchnerismo.
Frente a este panorama que asegura más oxígeno legislativo y frenos institucionales al avance desmedido del oficialismo, también resurge una urgencia tapada por las emergencias: abrir una agenda de diálogo para construir una Argentina sinceramente democrática y republicana.