La presidenta Cristina Fernández se plantó frente a su público en el mismo salón en donde se despidieron públicamente los restos de su marido, el ex presidente Kirchner y se refirió allí, en cadena nacional de radio y televisión, días atrás, a la crisis de Villa Soldati.
Lo hizo con los muertos al hombro, sin saber quién, quiénes, por qué y con varias ideas en torno al “para qué” se movilizaban los ocupas del parque Indoamericano.
Se la vio superada por las circunstancias y la imagen –rodeada de sus afectos personales de la política, como son Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto- denunció a una mujer que, a pesar del papelón que implicó la ausencia total del estado en los graves hechos porteños, busca su propio lugar en el país.
Fue allí cuando apuró una decisión multipropósito: enviar a la ministra de Defensa a una nueva cartera, Seguridad. Así, cumplió con un trascendido anterior, que indicaba que quería hacer pie en la Side, en manos del kirchnerismo santacruceño y que lo haría con Garré, la misma protagonista. De un mismo golpe, se mostraba sola (o acompañada como más le gusta), desautorizaba al “duhaldista portador sano”, tal como le gusta autodefinirse a Aníbal Fernández y daba un mensaje de “cristinización” en detrimento del duhaldismo residual.
Pero al mismo tiempo, al confirmar las designaciones, lo que Cristina hizo fue volver al pasado, al 2003, a la época transversal en la que fue la punta de lanza de una movida que supo liderar por algún tiempo (hasta que pegó la vuelta) y pretendió hacer peronismo sin peronistas.
De esta manera Cristina se consolida como tal: más cerca del progresismo, capaz de encarar un desafío tan grande como reformar la seguridad en el último año de su mandato y dispuesta a correr todos los riesgos que ello implica. Pero cada vez menos necesitada de los servicios del kirchnerismo puro y, por convicción propia, más lejos del peronismo.
Lo que surge como duda es, ahora, el mismo nivel de enigmas que la llevó a hablarle a su país en ese contexto: ¿qué hay detrás de los movimientos de okupas? ¿Quién/es dirigen una operación detectada sólo cuando ha sido completada y cuando ya ha ridiculizado al poder político y costado vidas?
En este marco de incógnitas, anarquía y violencia que deja como saldo la ocupación del parque Indoamericano, lo que es necesario saber es si podrá Cristina Fernández reunir el poder suficiente en su último año para evitar que el efecto estallido que transmiten contagiosamente los hechos de Soldati y los posteriores de Lugano, se contagien a todo el país. Pero aun más: ¿podrá gobernar respaldándose en símbolos y no en la maquinaria del poder del peronismo?