Primero fue santacruceño. Luego necesitó ser bonaerense. Ahora se ha reconvertido y vuelve a fijar domicilio en su terruño patagónico.
El presidente del Partido Justicialista no es un hombre que le haga ascos a los problemas derivados de cuestiones formales. Su concepción de la representación democrática es elástica y versátil. Ya lo demostró el año pasado cuando inventó e impuso la extravagante noción de las candidaturas ‘testimoniales‘, mediante la cual obligo al gobernador Daniel Scioli a candidatearse a... ¡diputado!, a la vez que conminaba a presentarse a Nacha Guevara, que ni bien resultó electa por el pueblo, renunció sin asumir, para seguir con su carrera en las tablas.
Ahora Kirchner ha ratificado la enormidad ilimitada de su creatividad táctica, al anunciar que ‘regresa‘ a Santa Cruz. Pero, ¿no fue elegido como diputado por la provincia de Buenos Aires? No tiene importancia. Kirchner necesitaba recompensar a Daniel Scioli, que viajó a Río Gallegos para unirse a otros 14 gobernadores en su exaltada defensa del local Daniel Peralta.
Los 15 mandatarios provinciales y Kirchner fueron al sur para proclamar su apoyo al virrey del matrimonio presidencial. Pero sobre todo, querían proclamar su adhesión a la negativa oficial a acatar lo dispuesto por la Corte Suprema de Justicia ordenando la reincorporación del procurador Eduardo Sosa, echado por Kirchner hace muchos años.
La idea de que los cargos electivos son pedazos de papel es de una enorme gravedad, pero no es nueva en el justicialismo. Hace 37 años, en julio de 1973, el propio Juan Perón se sacó de encima a un presidente y a un vicepresidente de la Nación (Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima) para abrirse paso en su retorno a la Casa Rosada.
Aquella campaña rumbo a las elecciones del 11 de marzo ya lo presagiaba, al compás de la consigna montonera ‘Cámpora el gobierno, Perón al poder‘.
Pero con Cámpora y Lima decapitados no alcanzaba, de modo que de un plumazo se eliminó al sucesor constitucional, el presidente provisorio del Senado, que era Alejandro Díaz Bialet. Lo despacharon en misión urgente a Argelia, para preparar la participación argentina en una reunión internacional, que tendría lugar varios meses después. Así, el 13 de julio de ese año asumió como presidente de la Nación el ignoto yerno de José López Rega, Raúl Lastiri, admitido por Perón como presidente de la Cámara de Diputados.
La Argentina de 2010 tiene poco y nada que ver con la de 1973 y esos manejos de Perón hoy serían casi imposibles, pero el manoseo de las formas republicanas prosigue sin embargo con la misma displicencia. La propia Presidenta ha sido alternativamente legisladora por Buenos Aires y Santa Cruz, y en ningún momento eso ha sido causa de remordimiento ni autocrítica.
Para el matrimonio presidencial las funciones representativas pautadas por la Constitución son siempre un recurso relativo, que admite interpretaciones y manoseos de mucha fantasía. Estos mecanismos distorsionantes tampoco fueron exclusividad de Juan Perón. Ya muerto él, asolada por sus reiterados desequilibrios nerviosos, su sucesora Isabel delegó en 1975 durante varias semanas la presidencia de la Nación en el nuevo presidente del Senado, Ítalo Luder. Durante los 34 meses que van del 25 de mayo de 1973 al 24 de marzo de 1976, la Argentina tuvo cinco presidentes: Cámpora, Lastiri, Juan e Isabel Perón y Lastiri, a razón de uno cada siete meses, aproximadamente.
La idea de que las ‘formas‘, despectivamente entendidas, son lo de menos, no es nueva. En este caso, Kirchner apela a un reservorio político de vieja data que es consustancial en el peronismo y de acuerdo con el cual nada es más importante que luchar por el poder, el que -una vez capturado- es preservado de todos los modos posibles. De hecho, la interna de 1988 entre Carlos Menem y Antonio Cafiero es el único caso en la historia en el que el justicialismo dirimió de manera democrática una puja por el poder.
Pero ese desdén militante por criterios que deberían ser enaltecidos y respetados de manera religiosa, se derrama ahora hacia los propios arrabales del movimiento. Una persona que proviene del neoliberalismo más ortodoxo, Amado Boudou, trepa inopinadamente al ministerio de Economía de un gobierno que se proclama nacional y popular, y desde allí dicta cátedra de intolerancia.
El viernes 8 se le fue la mano. En Washington, adonde llegó para la asamblea anual del Fondo Monetario Internacional, Boudou despreció explícitamente a dos periodistas enviados por sendos diarios, de los que dijo que ‘son como los que ayudaban a limpiar las cámaras de gas en el nazismo‘. De esa manera, Boudou quiso descalificar informaciones provenientes del mismo FMI y recogidas por ambos reporteros, marcando que el organismo internacional le sigue reclamando al gobierno argentino que entregue información verdadera y no fraudulenta sobre las cuentas nacionales.
La frase de Boudou fue doblemente desgraciada, ya que uno de los periodistas acusado por él de ser como un funcionario de un campo de concentración nazi, es judío.
El camino del insulto a las formas y del irrespeto a la prudencia republicana es un sendero sin retorno.