El rugby es un deporte solidario. Quienes conocen a fondo el mundo de este juego hablan de lealtades permanentes, de amistades eternas, de confianza y solidaridad, de poner el hombro cuando hace falta. Sin todo ello, no existirían las victorias resonantes, ni las derrotas dolientes, y mucho menos, gestas deportivas.
Dicen que el rugby exalta los valores del ser humano y enseña sobre compañerismo y comprensión. Que no discrimina, y enseña a no discriminar.
Sin embargo, todos aquellos valores empalidecen cuando la que está mal es la sociedad.
El fin de semana, en la cancha del Mendoza Rugby Club, donde se jugó la finalísima entre Liceo y Marista, hubo una colecta -a través de una alcancía- para ayudar a un chico del rugby, a un integrante de la familia, a afrontar una enfermedad durísima y terrible: el cáncer.
A la cancha fueron casi cinco mil personas, y lo recaudado no llegó a los 2.600 pesos. Es decir, unos cincuenta centavos por persona. Y hubo muchos, pero muchos, que miraron para otro lado.
Este es el tipo de situaciones que entristece, y que hace pensar en que Mendoza deberá sortear muchos obstáculos, empezando por los internos, los de cada uno, para salir de la crisis y sacar de la pobreza a casi el 50 % de su población, que hoy no llega a fin de mes, ni puede completar su heladera –cuando la tienen- de manera decente.