¿Quién dijo que perdieron las elecciones?

¿Ganaron o perdieron? El Gobierno nacional actúa como si el electorado le hubiese aportado viento en popa para avanzar con sus proyectos: con nuevos bríos, sacan del baúl de los recuerdos los proyectos más polémicos e impulsan su aprobación. Para ello, sacan a relucir un entusiasmo triunfalista que muestra a la Presidenta con una personalidad desconocida, casi al borde de la transfiguración con su marido, Néstor Kirchner, de quien creímos –o nos hicieron creer con un par de gestos políticos- había logrado desembarazarse luego de su humillante derrota electoral en territorio bonaerense.

“¡Vamos, vamos!”, parece escucharse, cual cánticos de barrabravas alrededor de la mandataria. No habiendo aprendido nada del mensaje que la sociedad les dio en las urnas, quienes gobiernan el país apuran el paso e insuflan ese entusiasmo que al gobierno de Cristina Fernández le faltó desde el inicio.

Saben que se termina el 10 de diciembre, cuando pierdan la mayoría en el Congreso y el acceso de un mayor número de representantes opositores garantice debate y equilibrio, mayor necesidad de negociación y menos niveles de gesta militante a un país al que le hace falta proyecto y gestión.

A cómo dé lugar, la idea que ronda en Olivos es que los proyectos “nacionales y populares” se aprueben antes de diciembre. Así como se adelantaron las elecciones con la falsa excusa de la crisis económica (y complicando de lleno con esa decisión los efectos de la pandemia de Gripe A), ahora anticipan el fin de sus sueños: precipitan la continuidad de los poderes delegados al Jefe de Gabinete, empujan la rápida sanción de una nueva ley de medios de comunicación o involucran recursos vitales del Estado en un negocio que genera popularidad, como es el del fútbol.

Para ello, utilizan los mismos métodos sobre los que el electorado se expidió hace dos meses: compran legisladores, como los casos de la ultra anti K María del Carmen Alarcón o la también santafecina Roxana Latorre; imponen decisiones fundándolas en un “a todo o nada”, como la estatización del fútbol y porfían con algo que ya les salió mal: controlar desde el Poder Ejecutivo el porcentaje de las retenciones a la renta agrícola.

La oposición en tanto, ha pasado a ocupar un cómodo rol testimonial. Todos esperan a diciembre, sin darse cuenta que el aparato del Estado y una gran cuota del poder real –aunque no el sustento popular- lo tiene el propio Gobierno.

Dando por cerrado el efímero “diálogo político”, el Gobierno pasó de hablar a gritar en tan sólo sesenta días.

Algo queda como primera conclusión de lo que está pasando: no hay peor sordo que el que no quiere oír. No quieren escuchar.