Un asunto más, uno del montón, despierta un murmullo crítico en la adormecida ciudad de San Luis: un docente de historia que tiene más horas de trabajo que lo que corresponde fue empleado en una escuela privada, por instrucción de la ministra de Educación puntana.
Se trata de un privilegio considerado injusto: no es justo para con el resto de los docentes que no pueden hacerlo y no lo es para los alumnos, que terminan con una profesora sobrepasada de horas frente al aula.
Pero se encontró un raro salvoconducto: no lo contrataron como docente, sino como electricista. Se trata de un profesor de Historia.
Podría ser algo menos o algo más que una noticia en un blog tildado de opositor habida cuenta su búsqueda de independencia, pero no lo logra. Es difícil conseguir amplitud de las voces discordantes en San Luis.
El caso, lo analiza ahora la UTEP, el sindicato de docentes de San Luis.
Parecería un asunto menor este del profesor ultratabajador con salvoconducto oficial. Pero a poco de escarbar, sale a la luz la trama de un submundo que, aunque se desmienta su incidencia en las ideas que imperan a nivel gubernamental, son parte indiscutible de la masa con la que está hecho el corpus gobernante.
Lo del docente en cuestión no viene al caso, aunque sirvió para desenterrar una historia silenciada.
Y algo que se investiga a nivel sindical es si se violó o no la ley de Ética Pública: la funcionaria del gobierno de Alberto Rodríguez Saá que hizo el favor es Silvia Rodríguez, ex directora del colegio al que mandó a la docente a trabajar más horas para ganar más dinero y socia de Cristina Videla, propietaria del Centro Educativo Causay.
Toda una historia sale a la luz no bien se pronuncian ambos nombres propios en forma conjunta.
Tratamo de reconstruirla en base al diálogo con múltiples protagonistas de la vida cotidiana en la capital puntana.
Recuerdos de provincia
Los vecinos de avenida Lafinur, una de las principales vías de acceso a la ciudad de San Luis, todavía recuerdan las visitas de Jorge Rafael Videla al edificio.
Es que el ex dictador –ahora, más o menos privado de su libertad- acostumbraba visitar a su hija, Alicia Cristina, en su departamento del quinto piso del edificio ubicado al 424 de esa arteria. Pero luego, por claras razones de la fama obtenida, prefirió visitarlos en la centenaria casa de dos plantas que la familia tiene en la localidad de El Trapiche, a la vera del río. O en la
propiedad ubicada en la calle Viento Chorrillero, en la localidad de Juana Koslay, cerca del estadio Ave Fénix.
Hasta El Trapiche llegó en 1997 -recuerdan por lo menos dos vecinos que prefieren no dar su nombre porque comparten la tarea de la Comisión de Fomento con los Videla- cuando se quedó más de 40 días, a principios de año y fue visto recorriendo las calles del pueblo junto a su esposa, Alicia Raquel Hartridge.
Tienen un arraigo profundo en la provincia y en ella encuentran lo que no hay en la ciudad de Buenos Aires: paz: Y hasta reconocimiento social.
Es que los Videla pertenecen “a una antigua familia militar de la provincia de San Luis”, según escribieron María Seoane y Vicente Muleiro en El dictador. La historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla, editado en 2001 por Sudamericana.
“Su biografía –escribió Carlos María Domínguez, en Uruguay- dibuja la vida de un abanderado de los reglamentos que transgredió todas las leyes y llevó el horror humano a un límite aberrante en nombre de Dios y el ejército, al que considera la última reserva de la patria”.
El ex dictador –de cuyo “aporte” a la historia no hace falta decir nada después de los juicios de 1985 contra la cúpula militar- según contó el diario La Nación, inclusive encontró en San Luis quiénes lo agasajaran.
Fue hace más de una década, después de los indultos de Carlos Menem y el inusitado festejo tuvo como sede a un hotel de la localidad serrana de Merlo, al que se trasladó desde El Trapiche, acompañado por su familia –según se recuerda en la zona- manejando un Peugeot 505 color marrón oscuro.
Cristina Videla –el primer nombre, igual al de su madre, no lo usa- está casada con Francisco Adaro, un veterinario ganadero que posee campos en la provincia y que acredita antepasados ganaderos y políticos, según el relato popular de su historia. Juntos tienen cinco hijos, algunos de los cuales se formaron en el colegio católico no confesional Aleluya, antes de contar con una escuela propia en la familia.
La hija es conocida en San Luis más por su vocación de trabajo que por la celebridad tenebrosa de su padre, como propietaria del colegio privado Causay que, además de haberle dado educación a gran parte de la dirigencia política puntana más joven, parió a la actual “ministra secretaria de Estado” de Educación, Silvia Rodríguez viuda de Endeiza, su socia.
Esta última no es docente, pero su sociedad en el instituto educativo con Videla le permitió, primero, dirigir el Causay y ahora, comandar la Educación en la provincia de gobernada por Alberto Rodríguez Saá.
Por acción, por omisión, por oposición a su padre, por una trampa de la psiquis o por lo que sea que fuere, muy pocos en San Luis han deparado en el detalle: la escuela rinde homenaje a algo que despreció tanto el padre de su dueña, la vida. Según la información institucional del propio centro educativo que dirige la hija del homicida Videla, Causay, el nombre de la escuela, Causay, es un vocablo quechua que significa “vida”.