Marcelo Saín, el interventor de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (la PSA), es el primer funcionario del gobierno nacional que reconoce, públicamente, el fracaso en materia de seguridad.
En un inusual harakiri, esa práctica japonesa de los hombres dignos que prefieren inmolarse antes que continuar en el error, Saín acaba de calificar al gobierno como dueño de “un progresismo ficcional en materia de seguridad pública”, responsable de “un doble discurso y de acciones contradictorias”.
Como si todo esto fuera poco, manifestó su hartazgo de la “burocracia inalterada que impide los cambios” a pesar de que se cuente con determinación política.
Además ventiló, en un acto de honestidad brutal, que la consolidación de la ley de creación de la PSA –la fuerza de seguridad más moderna y eficaz de la Argentina- se demora “no quiero creer que porque hayamos encontrado alguna maleta que no teníamos que encontrar”, según sus propias palabras y sospechas.
Debe recordarse, al respecto, que fue la PSA la que interceptó a Antonini Wilson en el aeropuerto de Ezeiza, encontrándole una maleta con millones de dólares provenientes de Venezuela.
Las palabras del funcionario fueron pronunciadas en el Senado de la Nación –un ámbito público- el viernes, ante parlamentarios de Latinoamérica, Europa y África, causaron conmoción en un auditorio que, de alguna manera, esperaba encontrarse con la voz oficial del gobierno en la materia, en medio de un congreso internacional sobre ese tema.
Todos se llevaron mucho más de lo que esperaban: fundamentalmente, un acto de sinceramiento que desencadenó un debate silenciado, pero siempre latente, en torno a qué políticas de seguridad pública construyen los gobiernos de centroizquierda o “progresistas” en este continente.
Algunos con ánimo de crítica se preguntaron: ¿es Saín el primer arrepentido de la gestión K? Sin embargo, su arremedida y posible renuncia públic al cargo hay que buscarla en otro ámbito, más en la reafirmación de los principios por los que fue convocado cinco años atrás y en lo que él bien podría considerar como “el arrepentimiento de los otros”, más que el propio.
“Yo tengo el derecho a suponer, ya que nadie me ha indicado lo contrario –dijo- que están vigentes las mismas condiciones que cuando asumí; pero la realidad indica una serie de tremendas contradicciones”.
Saín es un experto en la materia. Un académico que ha escrito libros e investigado desde la Universidad de Quilmes la problemática. Pero además de teorizar, supo aplicar sus teorías y demostrar sus hipótesis en la práctica. Principalmente lo logró en la PSA, aunque antes fue secretario de Seguridad de la provincia de Buenos Aires y es un hombre de consulta de gobiernos de toda Latinoamérica.
Cuando habla de “contradicciones” no está confrontando discursos, palabras o frases. Habla de iniciativas en sentido contrario surgidas desde el mismo gobierno.
Entre ellas, haber sancionado una ley orgánica de la PSA que es considerada como prototipo y modelo dentro y fuera del país y en la que, centralmente, se construye la primera policía de la democracia, casi tres décadas después de haberla recuperado. En esta ley que demora “demasiado tiempo”, según Saín, en ser reglamentada, se sustenta las bases de un gobierno civil y político de la seguridad.
Sin embargo, el mismo gobierno impulsó y le dio ya media sanción, al régimen disciplinario de la Gendarmería, un modelo radicalmente opuesto: creado por la propia fuerza, rescatando un sistema de verticalidad basada en el poder de sanción arbitrario de una cadena de mandos disfuncional y que, desde ningún aspecto, se enfoca en el servicio que esa fuerza debe prestar, sino que se basamenta en dar poder a unos sobre otros dentro de la estructura, un sinsentido para la sociedad, pero lo que es peor, un contrasentido en la construcción de agencias modernas y eficaces que ayuden a sostener la convivencia, la tranquilidad y la legalidad.
Saín considera que este gobierno no hizo nada para revertir lo que califica como “retrasos organizacionales” en las fuerzas de seguridad: no hay un ente que reuna, por ejemplo, planificación, atención y dirección de los asuntos policiales y prevención social del delito. Lo básico. “Reina la dispersión”, sostiene.
La insólita vigencia de los “plumas”
El funcionario más sincero del gobierno, que se acaba de postular para transformarse en “ex funcionario”, por la fuerza de su franqueza, denunció la vigencia de normas “del tiempo de Ñaupa” que permiten, por ejemplo, que el Estado sostenga dobles contratos: “nada impide que aquí –dijo en el recinto del Senado- alguien sea legislador, pero además cobre un sueldo como ´pluma´ de la Policía Federal”.
Pluma, botón, espía, informante. Un tipo a sueldo de la Federal que, además, puede estar en cualquier otro cargo del Estado sin incurrir en incompatibilidad, pero, además, sin que nadie pueda perdirle rendición de cuentas por su “plumazgo”.
La complicidad de la sociedad
“¿Por qué estos gobiernos de centroizquierda sostienen todo como está y no cambian nada? Porque no hizo falta. ¿Cómo que no hizo falta? La sociedad no lo reclamó. No hubo ninguna crisis política que llevara a cambiar”.
Así se pregunta y se responde el propio Saín en torno a la falta de cambios de fondo en materia del gobierno de la Seguridad de los gobiernos “progresistas” no sólo argentinos, sino de Latinoamérica.
“Los gobiernos no buscan gestionar el conflicto (la inseguridad), sino que se concentran en atender las secuelas que genera su propia inacción en la gestión de los conflictos en materia de opinión pública”, evalúa el funcionario en trámite a ser “ex”.
Hay otro elemento que Saín sostiene que debe considerarse: el encubrimiento de las prácticas delictivas. “la filosofía política argentina –sostiene- impide que un responsable político diagnostique con seriedad”. Luego, indica cuál es la consecuencia que un funcionario sincero sufre ya no sólo de sus jefes, sino de la gente: “Si lo hace, termina siendo responsable de los resultados del diagnóstico”.
En definitiva, en la Argentina, según Marcelo Saín, lo que se le pide a los funcionarios “es que actúen como lo hace el INDEC”
Esta autoridad intelectual de Saín es la que lo llevó, probablemente, a vomitar la indigestión política de la que es víctima. Esto es lo que desencadenó que, en el recinto del Senado, se despidiera de los presentes, luego de haber pronunciado “mis primeras palabras como sociólogos; las últimas como funcionario”.