La bisagra en la historia

Alfonsín fue un inquebrantable luchador de la institucionalidad. Veintiséis años después muchos de aquellos sueños colectivos no se cumplieron. Pero él fue, sin dudas, un hombre de la república. Aquí, la semblanza del ex presidente, y un pequeño recuerdo de provincia.

Foto: Gerardo Gómez /MDZ
Foto: Gerardo Gómez /MDZ

Los que teníamos 18 años en 1983, y votábamos por primera vez después de la noche más oscura y terrible de la Argentina, estábamos seguros que en aquellos meses, desde que se anunciaron las primeras elecciones en casi ocho años, le poníamos una bisagra a la historia del país. Y aquella marea juvenil multipartidaria en la que confluíamos jóvenes de todas las ideologías, o sin ellas pero esperanzados en el cambio, tuvo razón. El país cambió. Y más allá de las valoraciones que se harán y de lo que escribirá la historia, algo es seguro: Desde 1983 hasta aquí, Raúl Alfonsín fue el más democrático de los presidentes, el que apostó a la deliberación en disenso, a la libertad de ideas y de pensamiento, al diálogo y a la reflexión, a la construcción política como herramienta de transformación. Para muchos, fue el padre de la democracia, la que construyó con millones de hijos, todos los argentinos que vivimos esa época difícil del país para recuperar y afianzar los modos democráticos, hasta esta sucesión de 26 años consecutivos de vida en libertad.

Alfonsín fue un líder que trascendió a su propio país, y a su tiempo. Rara mezcla de humanista y socialista francés, y el más peronista de los radicales, fue un estadista con aciertos y errores, pero que apostó al encuentro y al diálogo de los argentinos, valores que hoy conviene recordar. Le tocó una época muy dura, tanto por el contexto, como por errores propios: la transición democrática, el juicio a las juntas, los tres alzamientos militares que debió soportar, el copamiento de La Tablada a manos de la ultraizquierda, la tensión castrense permanente, los 14 paros generales, la hiperinflación, los fallos groseros de política económica, las divisiones, los primeros casos de corrupción, la caja PAN que rápidamente se transformó en instrumento clientelar, los saqueos a supermercados, el estado de sitio, el adelantamiento de la entrega del poder.

Aun así supo cómo ganar y perder. Arrasó en las presidenciales, ganó en el ´84 y ´85 (plebiscito de Paz con Chile y legislativas) y en 1987 comenzó la debacle. Después, siempre, hasta hace muy poco, siguió colaborando con la democracia.

Se le podrán facturar el pacto de Olivos, alianzas incomprensibles, la enorme desilusión del Punto Final y la Obediencia Debida, que muchos vieron como una claudicación a contramano de lo hecho hasta entonces, o muchas otras iniciativas políticas, porque era -sin dudas- un gran cabezadura, capaz de perder mil elecciones, pero respetando a la vez los principios inquebrantables que lo guiaban. Fue un hombre de la democracia, un reconstructor de la Argentina. “El” hombre de la república…

Alfonsín en diario EL CHUBUT, Trelew, junto al autor de esta columna.

Ya periodista, me tocó conocer a Alfonsín en un momento particular de su vida política. Hacía apenas meses que había dejado la Presidencia de la Nación; y Carlos Menem ya había indultado a las juntas militares de la dictadura y a algunos guerrilleros, dando por tierra con la política de Derechos Humanos que había impulsado el ex presidente radical desde antes de asumir, en 1983.

Por aquel entonces, abril o mayo de 1990, Alfonsín lucía aún en su semblante el golpe que le había significado la durísima gestión que le tocó vivir. Compartí, junto a otras personas, un almuerzo con el ex presidente. Fue en el quincho de un antiguo dirigente radical de Chubut, José María Sáez, amigo de Alfonsín desde los ’70 y empresario periodístico, y que sería senador nacional años después, en 1995.

En aquel almuerzo seríamos unas 20 personas. Participé en calidad de jefe de redacción del diario de Sáez, donde me inicié. Ocupaban esa mesa el entonces gobernador radical Carlos Maestro, quien años más tarde sería el presidente del bloque de senadores durante el gobierno de la Alianza, y distintos dirigentes. Entre ellos, uno muy calificado, compañero de ruta de Alfonsín desde siempre. Se trataba de Hipólito Solari Yrigoyen, un madrynense que lleva en el cuerpo las marcas de la violencia de los ´70, y que hoy es presidente de la Convención Nacional de la UCR. También estaba Santiago Marcelino “Chiche” López, uno de los diputados que participó de la Conadep entrevistando gente y recopilando datos del informe Nunca Más.

Recuerdo que me hizo gracia verlo a Alfonsín de impecable traje negro y corbata al tono,  con una enorme servilleta blanca desde el cuello hasta la cintura, munido de los cubiertos de asado que llevaba a todas partes. En la charla, cuando el ex presidente hablaba, los demás hacían silencio. Desde la cabecera de esa mesa, en aquel momento Alfonsín decía que se debía respaldar a Menem, y trabajar para fortalecer la democracia. Era su máxima preocupación. Criticó los indultos, pero fue comprensivo con su sucesor “…yo tuve que firmar el Punto Final y la Obediencia Debida, pero esto es intolerable…” comparó, sin enojarse demasiado. Contó, como muchas veces en aquel momento, que eran esas leyes, o el golpe. También mencionó que su gobierno había sufrido “golpes de mercado de la derecha reaccionaria”, lo que para él era el marco argumental de la hiperinflación. Después, se metió de lleno en las cuestiones partidarias y de la “interna” local. Alfonsín profesaba un cariño especial por Chubut, y conocía a todos los actores de la política en el interior. Aquella provincia patagónica fue una de las pocas en las que su Movimiento de Renovación y Cambio le ganó las internas al balbinismo para las presidenciales del ´73, y por eso Hipólito Solari Yrigoyen fue senador, y Mario Abel Amaya, uno de los torturados y muertos por la dictadura, diputado nacional.

Alfonsín murió tranquilo en su departamento, sin ostentaciones, con el estilo austero, republicano y tozudo que le conocimos. Hoy, su figura cobra otra dimensión. No sólo porque murió; sino porque los valores que profesaba con autoridad, aquello de “somos la vida, somos la paz” que quería para todos, las convicciones democráticas y dialoguistas, están más vigentes que nunca. Fue el presidente que recorrió el país predicando el respeto a la justicia, a los valores humanos, al derecho a vivir en libertad, a la consideración suprema de la decencia, la honestidad, y los derechos y garantías de cada uno.

A su modo, Alfonsín fue un heroico chinchudo y militante. Irlandés, gallego y argentino al mismo tiempo, a veces resultaba un poco ingenuo, porque se resistía a dejar de creer en el hombre político a pesar de los desencantos acumulados. Brillante orador, capaz de conmover y convencer con sus discursos, fue también un experto de la tradicional “rosca” radical, y un buen malhumorado público. Todos recuerdan su famoso “mantequita lloroso que se pone frente al pueblo” que le dedicó a Saúl Ubaldini, aquel dirigente de la CGT que le propinó catorce huelgas generales, o cuando le dijo “a vos no te va tan mal, gordito” a un militante que le gritaba en un acto en Neuquén, por el “hambre de los argentinos”.

Creía casi como nadie en la corporación. Por eso se dice de él que fue, tal vez, el último político de raza de la Argentina. Un referente que comenzó a ser revalorizado en los últimos años, en contraste con la degradación de la política.

Como se afirma por allí, cuando alguien muere es mucho más grande, porque forma parte de todas las cosas. Desde el día en que se supo que el final de Alfonsín era inminente, la República se entristeció un poco. Lágrimas del alma por los recuerdos, por respeto, en sentido homenaje a un tipo común que puso su vida al servicio del país, que trabajó cada minuto de su historia política en la reconstrucción, y que a pesar de los golpes y desilusiones sufridas nunca dejó de creer en los 100 años de democracia y prosperidad que pronosticó en aquel cierre de campaña del ´83, cuando logró levantar las banderas de la vida. Veintiséis años después la democracia tiene deudas sociales graves: pobreza, exclusión, inseguridad, corrupción. Pero él creía que se podían saldar con el diálogo, el consenso, y el trabajo en común de los argentinos. Puede que resulte una utopía, pero bien vale la pena el sueño de un país inclusivo.

Alfonsín se murió, acompañado y tranquilo. Su figura será en las próximas generaciones un símbolo del pluralismo. Se lo tiene bien ganado.

Por mi parte, mis respetos, y la buena memoria de la democracia para siempre.