Marcelo Arce: Pregunta sin respuesta
La primera vez que hablé con Raúl Alfonsín, o si se puede decir que lo hice, casi coincidió con mis primeros pasos como periodista. Fue en 1993, un año clave en la historia de él y del país. Fue el año en que firmó con Carlos Menem el “Pacto de Olivos” y mi primer cruce personal con el ex presidente se produjo en un recordado acto político. Ocurrió en Parque Norte, en la Capital Federal, donde Alfonsín había llevado el acuerdo con Menem para ser ratificado por la Convención nacional del partido.
El escenario era un hervidero, como suelen ser este tipo de encuentros radicales. Pero en esta ocasión el clima era más denso de lo habitual: la UCR debía ratificar lo que su jefe natural había firmado. Al término de la Convención, Alfonsín brindó una tumultuosa conferencia de prensa en la cuál, alcancé a hacerle una pregunta que hora no recuerdo cuál fue. Lo que sí, no le debe haber gustado: sí recuerdo que ni bien terminé de hacerla, el viejo me miró fijo, se quedó unos segundos callado y se dio vuelta como buscando otra pregunta.
El frío glacial que me arrojó, todavía lo recuerdo.
Gabriel Conte: Abatatado
Ya había terminado su mandato y siempre había querido hablar con él. A decir verdad, más antes del Pacto de Olivos que después. Pero de todas formas Alfonsín conservaba ese halo que lo diferenciaba del resto de la política, vinculado al hecho, seguramente, de haber triunfado después de la dictadura y de haberle abierto un espacio sin precedentes a la Cultura.
Por ello siempre busqué la posibilidad de encararlo y hacerle muchas preguntas. Se juntaban desde reproches hasta reclamos, con las dudas que deja vacante la historia y que sólo puede responder uno de sus protagonistas.
Fue en las escalinatas del hotel Huentala. Lo vi llegar. Venía acompañado de un séquito de dirigentes locales, pero no atosigado. Algunas mujeres porfiaban por arrancarle autógrafos y yo pensaba que ese tiempo podía aprovecharlo de mejor manera. Lo abordé en el café del hotel. No supe por donde empezar: estaba allí, disponible por no mucho tiempo y por lo tanto la conversación fue un desorden.
El final no fue muy esclarecedor, pero sí feliz. Sacó de algún lado un libro, “El poder de la democracia”. Lo abrió en su segunda página y escribió: “Para la juventud que crece”, estampándole su firma. Fue el día en que pude hablar con él. Quince años después de 1985, la primera vez que lo vi en Mendoza, a la distancia.