El Gobierno dio poderosas señales. No hará nada para detener el creciente deterioro fiscal, pero los prestamistas pueden financiar el déficit a tasas convenientes sin temor porque, de ser necesario, se les pagará con reservas del Banco Central.
Los Kirchner transforman así a la Argentina en el cliente ideal para un mundo en el que no muchos toman préstamos y los que lo hacen pagan tasas bajas. Y en el cual los que eran buenos pagadores ahora parecen tener problemas.
Algunos países emergentes de otrora están alcanzando el investment grade (grado de inversión, calificación que les da mejores condiciones para endeudarse en el exterior) y el rendimiento por prestarles es la mitad de lo que probablemente terminará pagando la Argentina.
El matrimonio presidencial quiere apurar la toma de fondos. Prevé, con razón, que los actuales intereses internacionales podrían pronto subir. Es curioso el giro dado por una administración que se ha caracterizado por fustigar a los financistas, a los que tildó de especuladores y se jactó de no necesitar pedirles nada. ¿Podría conseguir dinero más barato? Sí, acudiendo al FMI, pero todavía a los Kirchner les costaría justificar. La bandera del superávit fiscal ha desaparecido, y también la de las reservas para defender el valor del peso.
Desde que buena parte de los financistas comenzaron en el mundo a creer que lo peor de la crisis pasó, el valor del dólar se ha reducido. Los fondos salen de los activos denominados en dólares y del dólar mismo, porque como sienten que el riesgo es menor, pueden orientarse a posiciones un poco menos seguras y, por lo mismo, más rentables.
Brasil, Perú, Chile se benefician de esta clase de movimientos y hasta deben tratar de poner límites a la entrada de capitales especulativos.