El martes 10 a la noche fue el final de la vida Juan Manuel Olmo. La historia de una muerte violenta es como intentar conocer lo que hay al fondo de un precipicio.
“Vecinos, automovilistas y colectiveros comparten el mismo miedo cuando circulan por calle Juan José Paso y atraviesan el puente de Terrada, en Carrodilla, porque hay quienes se dedican a tirar piedras a los rodados para luego asaltar a los conductores cuando frenan. Aparentemente, anoche quisieron hacer lo mismo y todo resultó mal: el piedrazo dio en el parabrisas de la camioneta de Juan Manuel Olmo (58), quien murió a raíz del impacto”, señaló la crónica de ese día.
La tragedia es difícil de aceptar. Quien la padece termina por incorporarla, o se deja morir, que es el final más esperado de la tragedia. Esto último, afortunadamente, frecuentemente no se concreta porque es más fuerte la vida que su propio final.
La muerte de Olmo parece ser un ejemplo fatal de lo que siempre se advierte que puede pasar cuando escuchamos sucesos similares sin víctimas fatales. Todavía recuerdo que un amigo dice que ya no viaja por el Corredor del Oeste hacia Luján por temor a las pedradas. “Un día van a matar a alguien”, es la conclusión a la que se llega en esa charlas de profesías mundanas.
La zamba de Atahualpa Yupanqui “Piedra y camino” es inspiradora como una letanía, es una ayuda a para pensar a partir de los dos elementos de esta nefasta historieta: Piedra y camino. Como si fuera un cómic real que no es más que una variante de la violencia social que crece sin tregua.
La piedra asesina lanzada desde el puente y que mató a Olmo hizo que salieran a relucir –una vez más- las deficiencias de esta sociedad para solucionar sus propios males.
Así el padre de uno de lo pibes que confesaron arrojar los peñascos sorprendió con su parsimonia al describir como era su hijo. Al pibe le dicen el “Eze” y de acuerdo a la descripción del progenitor es sólo un chico "un poco travieso".
Y más llamó la atención la naturalidad con que éste adulto aceptó que su hijo vagaba por la calle y ni siquiera se alertó cuando lo vio cambiarese de ropa a altas horas de la noche de un martes.
Es mi destino / Piedra y camino... / De un sueño lejano y bello, viday / Soy peregrino...
La otra observación es la reacción de los amigos y habitantes de Maipú. Olmo y su familia son del departamento que todavía gobierna el justicialista Adolfo Bermejo (a partir del 26 será senador nacional). La marcha de hace una semana, de 5 mil personas en reclamo de seguridad no fue más que una catarsis y colectiva. Bermejo y el ministro de Seguridad Carlos Ciurca llevaron la peor parte porque tuvieron que irse del lugar en pleno centro maipucino.
Es verdad que la salida intempestiva de estos funcionarios ya no llaman la atención porque el repudio a los responsables de la seguridad pública ya forma parte de un ritual movilizado por la bronca y el dolor. Estos mismos funcionarios ayer anunciaron una serie de medidas que son más policías y una exigencia a la Gendarmería para que mejore su trabajo de custodia. O sea más de lo mismo. Las mismas respuestas, para las mismas demandas.
No hay duda que / Por mas que la dicha busco, / Vivo penando... / Y cuando debo quedarme, viday / Me voy andando...
Lo que queda por ver es que será de la vida de “Eze”, “Manzanita” y Pichu”. A propósito hoy viernes 20, es el Día Universal del Niño. Es el día de los tirapiedras que tiene entre 12 y 14 días.
Son ellos los que harán la historia que viene. Por lo visto tendrán que arreglárselas solos porque ya los dejamos solos para que vayan a tirar piedras. Los dejamos solos para que confesaran que lo único que hicieron fue jugar.
Eso sí, nunca falta el oportunista que intenta sacar partido proponiendo un toque de queda infantil. No. La idea es rescatarlos a los “Eze”, a los “Manzanita” y los “Pichu” que se multiplican por miles en los barrios mendocinos. Es difícil que ocurra. Pero habría que intentarlo por la vida de los amigos, los familiares y la descendencia de Juan Olmo.
Por eso, Piedra y camino, es como si Juan hubiera cantado la zamba de Atahualpa obligado después del piedrazo. Por ahora es la impotencia hecha poesía.
A veces soy como el rio / Llego cantando... / Y sin que nadie lo sepa, viday / Me voy llorando...
Es mi destino, / Piedra y camino... / De un sueño lejano y bello, viday / Soy peregrino...