Terminamos de vivir la jornada más violenta y contradictoria desde que se desató el conflicto del gobierno con los sectores agrarios por las retenciones.
A raíz de una represión llevada adelante por Gendarmería en Gualeguaychú, con la detención del ruralista Alfredo de Angeli incluida, manifestaciones a favor (y algunas en contra) del campo se desataron en todo el país. Ante una falta evidente de deseos de encontrar soluciones, todos apostaron por la sordera, la pulseada y el grito.
Y las contradicciones estuvieron a la orden del día. El gobierno ha dicho que arregló el tema de las retenciones para los pequeños productores, pero los pequeños productores siguen manifestándose. Es válido que los pequeños productores, ante la posibilidad de reintegro, se pregunten “para qué me sacan si después me lo van a devolver”. ¿Cómo entender esto? Tal vez, en el marco de la falta de diálogo que nos domina, mientras que la hipocresía de los sectores se manifiesta en el hecho de que afirman estar dispuestos a dialogar.
Hay un dato, entre muchos, singular: la crisis explotó por un paro de transportistas y no por los habituales cortes del campo. Ahora bien, en un principio, se entendía que esos transportistas estaban operados por el gobierno, ¿cómo se entiende entonces que nos hayan llevado a un extremo, con el país al borde del colapso? ¿No será que definitivamente todo se nos ha ido de las manos?
Debemos reconocerlo: todo en este país se nos ha ido de las manos. El gobierno, ante la crisis alimentaria del planeta, demuestra que no sabe manejar una oportunidad económica y social inmejorable para los argentinos. Y apuesta más a ganar una plaza que a fomentar el imperio de las institucionalidad.
Los sectores agrarios, al mismo tiempo, rechazan tajantemente decisiones de un gobierno que fue elegido para tomarlas, más allá de los intereses sectoriales. Y más: las organizaciones agrarias y los transportistas toman decisiones concretas que aportan más al desabastecimiento y a una sensación de colapso general que a un intento de solución, según ellos pregonan.
Y las contradicciones siguen. El Ejecutivo llama al diálogo y a no perder la institucionalidad, pero, en un hecho inusitado, ministros de la Nación acompañan al presidente del Partido Justicialista (Néstor Kirchner) al centro de la Plaza de Mayo, a fin de manifestarse como si toda esta disputa fuera parte de una contienda deportiva.
En otro hecho por demás reprochable, al atardecer, una patota de adeptos al peronismo arribó por sorpresa y golpeó a manifestantes que fueron a la Quinta Presidencial de Olivos, mientras entonaban la marcha peronista con palos en la mano. Gandhi frenaba la violencia con no violencia: nosotros intentamos frenar la violencia con más violencia.
Mientras todo esto sucede, ¿qué ha sido de la presencia de la presidenta de la Nación? ¿Y el rol del ministro de Economía? ¿Dónde han estado durante toda esta jornada? Increíble. Se supone que ellos son columnas vertebrales en la búsqueda de soluciones. No obstante, eligieron esconder la cabeza como el avestruz.
Este es el país que estamos viviendo: uno que no nos merecemos. Si hay algo que falta, es lo que todos dicen que falta: diálogo. Los dos sectores se acusan de intolerantes y tienen razón: los dos son intolerantes. La pregunta, para cada uno, sería entonces: ¿Y por casa cómo andamos?
Si hay algo que falta, entonces, es cordura, prudencia, capacidad para negociar (negociar es ceder), dejar de lado la arrogancia, practicar la humildad y estar dispuestos a mirar la realidad desde el lugar del otro.
Así las cosas, las apelaciones a la razón, sobre todo por parte del gobierno, terminan siendo vacías. Y lo peor que le puede pasar al diálogo es que las palabras se vacíen de contenido.
Una batalla de sordos es la Argentina en estas horas. Sordos que, para evitar el diálogo, salen a la calle a gritar “Argentina, Argentina”.