Como antes, más que antes

El periodista Pepe Eliaschev hace un análisis de todo lo que pasó durante la semana en la Argentina.

La liberación de Patti fue uno de los temas de la semana. Foto: NA
La liberación de Patti fue uno de los temas de la semana. Foto: NA

Si bien es relativamente fácil y peligrosamente sencillo urdir moralejas o improvisar metáforas exitosas, lo real es que el país político vivió estos días en un estado muy similar a la asfixia.

El humo persistente que cubrió el cielo, bajo el que viven no menos de 18 millones de personas, patentiza un clásico nacional, esa infinita capacidad de asombro que sigue preservando este país.

Algo debe decirse: tras un año y medio de bloquear ilegalmente, con el aval silencioso del Gobierno, la frontera internacional del Uruguay, un disparate perpetrado en nombre de la hipotética posibilidad de que las aguas del río sean contaminadas, las bíblicas humaredas nativas y que surgieron desde los pastizales de Entre Ríos y la provincia de Buenos Aires, demostraron la disparatada incoherencia argentina.

Este contrasentido flagrante, nueva ratificación de la ausencia de controles por parte del Estado, a lo que se suma la proverbial falta de conciencia civil de numerosos argentinos, se produjo cuando de nuevo otros vientos, los del pasado, castigaban una agenda cotidiana que parece cada vez más un elenco de efemérides o una colección de recuerdos obsesivos.

Isabel Perón, José A. Martínez de Hoz y los secuestros de lo que se acusa a Luis A. Patti fueron cuestiones acuciantes de estos días, como si la compleja y tartamudeante realidad específica de este otoño de 2008 no pudiera despegarse de los sucesos de hace ya 35 años, y a ellos se volviera de manera rutinaria, encadenada, fatal, con la helada decisión de mantener al país atornillado a vocabularios y preocupaciones de eras bastante pretéritas.

Desde sus albores, en mayo de 2003, el gobierno kirchnerista ha hecho de esa unilateral evocación política, deliberada e instrumental, un motor central de su manera de acumular (supuestamente) poder.

Cuestiones que fueron oportunamente ventiladas, juzgadas y procesadas han sido desenterradas fríamente, un procedimiento abrazado al supuesto proyecto de eliminar la impunidad de la historia nacional. Ha sido una fuerza determinante de la personalidad de este gobierno buscar la identificación con una singular decisión filosófica. Quiere asumir la condición de juez inapelable y exhaustivo de los delitos de la historia.

Mientras que, por una parte, se despliegan iniciativas, planes e inversiones enderezadas a sustentar las bases del "modelo" oficial de cara a un futuro eventual, por el otro se auspician persistentemente investigaciones, demandas y todo tipo de esfuerzos orientados a desempolvar lo que denominan "la verdadera historia", un revisionismo del pasado manifiestamente artificial y utilitario.

Hay ejemplos elocuentes. En la campaña de nítido corte ideológico y partidario para recordar el 24 de marzo de 1976, la línea que el Gobierno desplegó en los medios fue alegar que el juicio a Miguel Etchecolatz era el paradigma del fin de la impunidad, algo que -argumenta la Casa Rosada- comenzó recién en 2003.

Por ello, desde el Gobierno no se hace más mención al juicio a las Juntas resuelto por las autoridades constitucionales en 1983 y concluido en 1985, pasando por alto que, pese a las leyes de punto final y obediencia debida, los indultos del gobierno peronista en 1989 y 1990 pusieron en libertad a unas 300 personas que estaban convictas o procesadas, incluyendo las juntas militares de 1976 a 1983.

Eran 300 personas presas cuando Raúl Alfonsín le pasó los atributos del poder a Carlos Menem.

Convertir ahora el juicio a Martínez de Hoz, que había sido indultado por el gobierno del Partido Justicialista sin que entonces el peronismo dijera una sola palabra de condena, en la gran cuestión argentina, revela no solo el dramático empobrecimiento de la vida política nacional, sino también la falta de límites del kirchnerismo en su voluntad de dibujar un universo ideológico e historiográfico propicio a sus planes y proyecciones a futuro.

El caso de Patti incluye, además, un rasgo tragicómico, que habla más de incompetencia y voracidad mediática antes que sincero deseo de justicia. Electo por más de 400.000 ciudadanos, el ex intendente de Escobar habría podido prestar juramento como diputado en 2007 y recién luego la Cámara podría haber debatido y aprobado su desafuero, con lo cual se podría avanzar en su procesamiento.

Se prefirió en el oficialismo el ramplón espectáculo del linchamiento público y de bajo costo, para terminar ahora con una sentencia de la Corte Suprema que tiene la perspectiva de descerrajar un conflicto de poderes, toda vez que el peronismo hegemónico en el Congreso cuestiona que ese tribunal sea el máximo intérprete de la Constitución.

La Constitución, empero, le garantiza a Patti asumir como diputado, algo que el justicialismo impide. Hay que recordar que Patti fue aliado fiel en el peronismo de los años Noventa, cuando la galaxia del PJ giraba en torno de Menem.

No debe ser difícil descubrir en el archivo de aquellos años que los actuales manejadores del peronismo en el Congreso (Fellner, Pichetto, Balestrini y Rossi) se hayan manifestado en público contra el Patti de la época menemista, del mismo modo que en la campaña electoral de 1983 todo el peronismo apoyó una formula, la de Luder-Bittel, que apoyaba la auto-amnistía de los militares, impulsada por las salientes figuras de la dictadura, auto-perdón que fue liquidado por el gobierno de Alfonsín.

En el caso de Isabel Perón y la Triple A, el problema del kirchnerismo es en cambio bastante más siniestro: aunque sea obviamente estéril la pretensión de extraditar a esa mujer, elegida por Perón como su heredera y votada por el 62 por ciento de los argentinos, el peligro es que, de una buena vez por todas, se investigue las innegables responsabilidades criminales de los gobiernos de 1973 a 1976 en el asesinato de unos 2.000 opositores, crímenes que, mientras estuvo con vida, Juan Perón nunca condenó ni siquiera mano investigar.

Este clima de pasado asfixiante y vacío se instala en medio de la agenda de actualidad por decisión del Gobierno. Entre la arqueología ideológica funcional al poder y las ensoñaciones disfrazadas de futuro, como el tren bala, el presente concreto se transforma en el equivalente político de esas nubes negras que (¿como un presagio?) han cubierto hace ya demasiados días al centro de gravitación del país.

Este retorno enfermizo al pasado disfrazado de búsqueda de justicia, queda evidenciado con la cúpula justicialista electa sin elecciones con Kirchner presidente: gobernadores, intendentes y sindicalistas, todo en sus puestos y aferrados al poder y la billetera, como antes, más que antes.

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