El país pirata

La ley de blanqueo de capitales sancionada esta tarde hunde a la Argentina un poco más en el pozo. Nadie puede creer seriamente que el dinero "negro" que podría volver, se volcará a las actividades productivas. Se crean las condiciones para lavar dinero del narcotráfico, la corrupción organizada, y el terrorismo. Es el peor escenario para un país que se aleja otra vez del mundo.

Con 42 votos del oficialismo y algunos aliados, y 27 en contra de la UCR y la Coalición Cívica, liderando un frente opositor, el Senado de la Nación acaba de convertir en ley el paquete “anticrisis” del kirchnerismo, que contempla –además de la moratoria-  el blanqueo de dinero que hoy está afuera del sistema, ya sea en cuentas en el exterior, en las cajas de seguridad de bancos que operan en el país y en el extranjero, o “bajo el colchón” de los ahorristas, sin necesidad de declarar su origen. Así, tras el pomposo nombre de “repatriación de capitales” se esconde una fabulosa herramienta que facilitará el lavado de dinero, es decir, transformar en legal el dinero ilegal que hoy no está declarado ni paga impuestos, ya sea porque es producto de actividades inconfesables, o porque está afuera del circuito. En este último caso, casi siempre se trata de depósitos que fueron drenando del país por las sucesivas crisis políticas, económicas, y de confianza de la Argentina.

A partir de que esta ley sea promulgada, cualquiera que tenga dinero proveniente de actividades ilegales como el narcotráfico o la corrupción, puede “ingresarlo” a la legalidad pagando un costo que irá del 1 al 8% de la suma en cuestión, dependiendo del fin que se le de al dinero repatriado. Y además, no tendrá la obligación de declarar su origen. Como se ve, es un verdadero festival.

Esta ley es sancionada, además, como corolario de una serie de groserías en materia de política económica, que arrancaron con la crisis del campo, siguieron con la incautación de fondos de los futuros jubilados y la eliminación de las AFJP, y terminaron con la moratoria y el blanqueo, ambas iniciativas contradiciendo todo lo que ha hecho el país en materia fiscal, de recaudación y de cultura tributaria en los últimos cinco años.

Sin embargo, esta ley, que va a sufrir todo tipo de críticas por los riesgos que implica, y porque transforma a la Argentina en un paraíso fiscal para el dinero negro del mundo, se ha tomado en un contexto económico especial: Todos los gobiernos han fantaseado alguna vez en resolver los problemas de la Argentina repatriando el dinero. Las estimaciones hablan de unos cien mil millones de dólares, de un “fondo” formado tanto por el ahorro en el exterior, como por el producto de operaciones en negro, como del salvavidas informal de muchos pequeños ahorristas que han guardado sus divisas en cajas de seguridad, o en “el colchón”, como se conoce popularmente al sistema de proteger el dinero en sitios no convencionales. Y los ciclos de crisis y crecimiento de la Argentina han estado signados por la salida y el reingreso de mucho de este dinero. Es que cada vez que el Estado amaga con controles, o con cambios en las reglas de juego, la gente saca su plata de los bancos.

Los primeros síntomas de que algo iba a ocurrir se produjeron cuando el ex ministro Martín Losteau dijo que el país podría refinanciar su deuda. Así, el temor a un default y a nuevos problemas, con el ejemplo del 2001 muy cercano en el tiempo; empujaron la salida de divisas. Desde aquel momento hasta hoy, unos 25.000 millones de dólares han desaparecido del país, provocando incluso crisis de liquidez en los bancos. Antes, desde 2004 hasta 2007, hubo un enorme “boom” de la construcción, de crecimiento y de consumo, que no se correspondió con los créditos que los bancos otorgaron. Cuando ese flujo de dinero se revirtió, empezó la crisis, y la desesperación del gobierno por lograr financiamiento en un contexto internacional de recesión.

Ahora, la falta de liquidez generó restricción del crédito y del consumo, tasas altas y presiones sobre el mercado cambiario. A ello se suman las enormes contradicciones del gobierno en su política económica, como el amague de pago al Club de París, la moratoria y el blanqueo de capitales, y el manotazo a los aportes en las ex AFJP.

Es claro que se debe conseguir que los argentinos tengan su dinero aquí y lo inviertan en el país. Es claro también que se deben generar condiciones y confianza para que el dinero no salga. Pero de allí a transformar la Argentina en un paraíso fiscal donde cualquiera pueda lavar dinero, hay mucha distancia.

Así, nos hemos alejado más del mundo, transformándonos en un país bajo sospecha.

La verdadera utilidad del blanqueo
La ley sancionada hoy comprende tanto a los argentinos que han sacado capitales del país sin declararlos, como a los que sólo lo sacaron del sistema aunque lo puedan tener en cajas de seguridad y, por supuesto, no están declarados y no pagan impuestos. Los que han exportado capitales sin declarar están ocultando algo, y blanquearlos los pondría en evidencia. Sería raro que se pongan a repatriar sus dividendos.

Los que se llevaron sus dólares por falta de confianza, deberían encontrar razones para recuperarla y poner su dinero fronteras adentro, lo que en las condiciones políticas generadas por el gobierno nacional, desde la crisis con el campo, parece difícil. La gente tiene miedo de perderlo todo. Lo más probable es que la plata que ingrese al país a partir del nuevo marco provenga de actividades ilegales, como corrupción o tráfico de drogas. En este caso, el blanqueo deberían hacerlo ciudadanos argentinos (aunque sean “palos blancos” de esos fondos).

Si bien la ley ordena a los bancos tener cuidado con los orígenes del dinero, el texto aprobado dice que no se preguntará de dónde salió el capital, lo que se traduce en una tranquera abierta para cualquier tipo de dinero, sobre todo mafioso. No hace falta retroceder mucho para encontrar ejemplos de lo que ocurre, y por qué. Días atrás, Rosendo Fraga escribía en La Nación que “La Argentina ha comenzado a sufrir hechos inusuales como muertes en los shoppings, a consecuencias de las luchas internas por el control del negocio de la droga. Pero también se han iniciado modalidades muy peligrosas, como el aporte de empresas vinculadas al tráfico de drogas a campañas políticas, como se ha denunciado judicialmente en los últimos meses”.

“Es claro que el país ha dejado de ser un país de tránsito de la droga, para serlo de consumo” escribió el director del Centro de Estudios Unión Para la Nueva Mayoría, advirtiendo sobre las condiciones que se crean para el narcodinero en el país.

El blanqueo de capitales no sólo preocupa a la oposición parlamentaria, sino que la embajada de los Estados Unidos y el Grupo de Acción Financiera (GAFI), que recomienda a los países modalidades y prácticas para evitar el lavado de dinero de actividades como el narcotráfico, han enviado al gobierno nacional objeciones que fueron desoídas.

La Argentina, a partir de esta ley, pasa con armas y bagajes al bando de los países menos confiables del planeta, aquellos que por la laxitud de sus sistemas y por el escaso control favorecen actividades como el narcotráfico, el “lavado” de cifras millonarias de la droga, el juego ilegal, la prostitución, y las coimas de la corrupción. Seremos el país de la plata sucia, con muy escasa chance de que la gente que sacó sus ahorros por desconfianza, los reingrese para la inversión. Eso, suena más bien a fantasía. Lo real, lo que se aprobó hoy, es el país filibustero.