Mal que le pese al presidente virtual de la Argentina, Néstor Kirchner, la libertad de expresión es un valor universal que en el país –por suerte- tiene rango constitucional, lo que debería mantenerla a salvo del frenesí y las rabietas autoritarias de ciertos gobernantes.
Ayer, el jefe de Estado paralelo lanzó desde Chile otro de sus bestiales ataques contra la prensa. Y cometiendo una de sus acostumbradas exageraciones instó a los medios, sobre todo a los que no reflejan la realidad tal cual la perciben él, su señora esposa Presidenta, y un reducidísimo grupo de incondicionales; a que formen un partido político y se presenten a elecciones.
La diatriba presidencial –perdón, ex- es la respuesta del poder político a las críticas que recibe la actual administración, prácticamente desde que comenzaron a producirse en el país espesos nubarrones de intolerancia, poco antes del conflicto con el campo. No se trata ya de intentar silenciar a los medios, sino a cualquiera que piense distinto. Y de ello pueden dar fe muchos peronistas “raleados” por la furia kirchnerista, tanto como el vicepresidente Julio Cobos y todos sus seguidores.
Decir que los medios pretenden gobernar, sólo porque arrojan luz en los actos más oscuros de una administración –sea ésta del color político que fuere- o porque dan lugar a un debate que no se produce en las legislaturas, los concejos deliberantes, o el Congreso de la Nación; representa un sinsentido y un peligroso ataque a la libertad de los argentinos, no ya la de los comunicadores, sino a la de todos. Así, lo que hace el ex presidente Kirchner es –precisamente- lo que él mismo le achaca a la prensa, reflejado en el espejo negro del miedo y el prejuicio: atemorizar, sojuzgar, y domesticar. Y si se puede, utilizar la discrecionalidad de la caja y la billetera para garantizarse buenas noticias.
Las entidades que reúnen a los medios han advertido este año -en reiteradas oportunidades- sobre el mal clima para ejercer el periodismo que rige en el país, a raíz de los constantes ataques del poder. Sin embargo, el acceso a la información es un reaseguro que excede a las empresas editoras, a los periodistas, y a quienes gobiernan. Es un derecho inalienable de la gente. Esto es lo que precisamente la Casa Rosada no entiende.
Lo que Néstor Kirchner pretende es –en realidad- que no se informe, que se oculte, y que se pinte “la verdad” -dictada por el Gobierno- en monocolor, y en tono favorable, claro. Lo que resulta extraño es que ni el ex presidente ni su entorno hayan registrado alguna de las lecciones de la historia reciente. Sus ataques –aunque peligrosos- no son originales. Ya el ex presidente Carlos Menem, cuando fue reelecto en 1995, dijo “les gané a los medios”, frase poco afortunada que sólo logró ofender a la gente que busca en los medios lo que no puede saber de otra manera. Es decir, aquellas noticias que alguien oculta porque casi siempre son inconfesables.
Explicar lo que ocurre, darle voz a los que no la tienen, democratizar la información, dista mucho de ser un intento de “…quitarle legitimidad a los movimientos populares” o “…jugar al desprestigio, acusarlos de corrupción”, como dijo Néstor Kirchner ayer en una tribuna internacional. En todo caso, lo que todo gobierno de matiz autoritario intenta, antes que ninguna otra acción, es silenciar a la prensa. Así, evitan que la información les llegue a los que votan, a los que eligen, a quienes están –y a los que no- en los movimientos populares que dicen defender. Y ese es el camino de la dominación.
El agravio a la prensa no tiene ideología. Acusar de golpistas a los medios no adictos, tampoco. La mordaza no porta banderas políticas. Simplemente, son signos de la intolerancia creciente.
Más le convendría al presidente en ejercicio aprender a convivir con la prensa, con los medios y con las opiniones diferentes -como resulta habitual en los países democráticos- que intentar hacernos creer a todos que tanto la presidenta, como él mismo, como el Partido Justicialista entero y sus millones de adherentes y militantes en el país, son objeto de una confabulación periodística aliada al sabotaje, que busca derrocarlos para hacerse con el poder y dominar a las masas. Y, de paso, hacer negocios neoliberales fabulosos. Como se ve, se trata de una fantasía paranoica que no resulta inofensiva, porque los que la profesan cuentan con la capacidad de hacerle verdadero daño a las libertades públicas.
En verdad, el discurso de Kirchner atrasa de manera preocupante. No es muy “progre” perseguir a quien le cuenta el país de una manera menos benévola que su coro de alcahuetes, como tampoco resulta muy progresista la intolerancia. Se trata de señales que debemos atender… Símbolos claros de un poder autoritario por convicción.
El brote autoritario de Néstor Kirchner
El ex presidente volvió a atacar con furia a los medios, a los que acusó de golpismo. También los instó a que armen un partido político y se presenten a elecciones. Se trata de un brote de intolerancia que muestra las caras más oscuras del poder.