José Molina tenía 39 años cuando en febrero de 2018 cometió una masacre en Mendoza. Durante la madrugada del 13 de febrero asesinó a golpes a su pareja, al hijo de la mujer y a su madre. Luego él se quitó la vida ahorcándose.
El asesino tenía un pasado violento. Su expareja lo había denunciado por violencia de género, tenía prohibición de acercamiento y antecedentes por robo. Pero quiso esconder todo esto y comenzó a trabajar como remisero con otro nombre.
Mayra Bueno (25), una maestra jardinera que vivía junto a su hijo Lautaro, de 7 años, y su madre Mónica Outeda, de 51, en una casa del barrio Escorihuela de Guaymallén, conoció a Molina cuando realizó un viaje en su auto. En ese momento se presentó como José Giménez.
A poco de conocerse comenzaron a convivir en la vivienda de Mayra. Las compañeras del jardín lo describían como un "hombre amoroso" que solía llevarla a trabajar todos los días en su auto. Los vecinos, en cambio, decían que las discusiones se escuchaban a través de las paredes.
La relación llevaba cuatro meses cuando ocurrió la masacre.
Mayra junto a Lautaro
En la madrugada del 13 de febrero, los lugareños se percataron de los gritos que salían de la casa. Minutos más tarde, las exclamaciones cesaron y empezó a salir fuego de la propiedad.
El incendio fue sofocado rápidamente por los bomberos, pero los investigadores no podían creer lo que veían. Dos mujeres y un niño estaban tendidos en el piso, aunque del hombre no había rastros. Un testigo indicó que antes de comenzar el fuego, vio a Molina salir en su Chevrolet Astra con un bolso.
Mónica, la tercera víctima.
Creyó que el remisero intentó hacer pasar la escena como un accidente y que las víctimas habían muerto en el incendio, pero los cuerpos mostraban signos de violencia que no dejaban dudas: los tres habían sido asesinados a golpes. Outeda tenía lesiones en su rostro, Bueno en todo el cuerpo y el niño había sido estrangulado.
Los pesquisas determinaron que la familia había sido ultimada a golpes con un elemento contundente.
La violencia de Molina continuó y tras el hecho le confesó a su expareja: “Me mandé una cagada y los maté a los tres”. Luego la amenazó para que no contara nada.
Esta mujer, que años atrás lo había acusado por violencia de género, volvió a denunciarlo. La Policía estaba tras sus pasos, pero llegó tarde. Cuando lo encontraron en la casa de su hermana se había colgado de una soga y murió camino al hospital.