La herencia del "Gaucho" Cubillos

Carlos "el gaucho" Cubillos, partió, y ha dejado tras de sí una cuantiosa herencia. No es este el gaucho de antaño que dejó su nombre en calles y parajes de distritos sanrafaelinos, ni dejó herencias fáciles de cuantificar. De hecho, no es necesaria hacer una convocatoria de herederos, ya cada uno de nosotros ha recibido su parte, en muchos casos en cuotas compartidas entre varios.

Es que la herencia recibida no es de bienes materiales, individuales y fungibles; es una herencia solidaria y compartible, recordable y contable.

Carlitos distribuyó su sabiduría y sus silencios en varios grupos de amigos, generalmente del sur de Mendoza, entre otros con los tangueros, los tonaderos, los teatreros, los choferes de micro, los de la Isla, los de asociaciones gauchas, y hasta quizá con algún amor secreto que seguro tuvo un lugar preponderante en su corazón.

Su sonrisa cómplice fue entregada a mansalva, su solidaridad conocida y compartida por muchos.

Era de andar por el centro de San Rafael, saludando gente permanentemente; difícil mantener un diálogo de corrido con él en esa zona, siempre alguien interrumpía para saludar. Fue actor, hacedor cultural, dirigente de grupos juveniles y hasta los más memoriosos lo recuerdan como empleado de un Banco que ya no está.

Un problema de salud intentó, sin éxito, cortar sus andares hacen algo menos de dos décadas. Pero no lo logró. Carlitos continuó su camino, algo menos rápido en el andar, pero siempre firme en todos y cada uno de sus pasos.

El otro día, se tomó un micro desde su barrio al centro, solo algunas horas después de compartir un costillar y quizá algunos vinos con los tonaderos, entre cogollos y brindis por la amistad. Un rato más tarde se tomó otro micro de vuelta al barrio, pero el chofer tuvo que desviar su rumbo, y lo dejó al Carlitos en las puertas de la eternidad. Allí estuvo algunos días, desde entonces y hasta ahora, que partió definitivamente al infinito.

Muchos de sus herederos pudimos pasar a despedirlo. Otros no, pero no importa, la herencia igual se comparte, y el recuerdo quedará vigente. Cada vez que una guitarra suene tristemente o una copa se llene, y haya dos o más reunidos en su nombre, allí estará el gaucho, entre ellos, y su recuerdo bastará para curarlos.