Cada vez que se ha iniciado un ciclo educativo en Mendoza se han realizado grandilocuentes anuncios. Sin embargo, al cabo de cada período, en proporción a la dimensión de las metas y objetivos fijados, el fracaso parece ser estruendoso.
La cuestión es que para cualquier simple vecino, lo que se necesita es una educación que nos permita acceder al mercado laboral y relacionarnos con las personas de aquí y de todo el mundo con fluidez. Nada más que eso. Lo que ocurre es que eso tan sencillo no está pasando, salvo excepciones.
Esos casos excepcionales, en tanto, surgen de escuelas privadas o estatales muy especialmente administradas, casi como laboratorios. Y allí radica otro dato de la realidad: la mudanza de los alumnos -cuyos padres pueden afrontar los costos- desde la educación pública a la privada.
Entonces, ¿qué frena una verdadera revolución educativa? ¿Es el sistema en sí mismo o es la incapacidad de dar en la tecla con los gestores? ¿Es demasiada vanguardia para una sociedad conservadora? ¿Tan chatos son los que gobiernan que no quieren levantar la vara?
Hay mucho por decir. Hay muchas preguntas que esperan respuesta y hay dos millones de mendocinos que esperan acciones. Los verdaderos líderes avanzan hacia el objetivo, conocedores de que la Historia los espera aunque no consigan el aplauso hoy.