Con piedrazos reales o verbales no se soluciona el verdadero caos que hay en la ruta internacional a Chile. Lo sabe quien transita, lo conocen los camioneros y debería estar al tanto de ello el gobernador Francisco Pérez, que salió a pedir coordinaciones del lado chileno cuando en el trazado argentino no dan pie con bola a la hora de organizar la circulación vehicular.
Llegar a la nieve termina representando una hazaña para los mendocinos. No sirvió de nada la promoción internacional, los viajes por el mundo de los funcionarios de Turismo "vendiendo" la alternativa invernal mendocina. ¿Sirve, entonces, que tengamos un Ministerio de Turismo cuando no tiene cómo garantizarle al turista local o extranjero condiciones básicas para su visita?
Pero si llegar a los centros de esquí es complejo, ir a Chile es, directamente, una tortura.
Ya hemos hablado en MDZ de la simulación de controles que realizan las superpuestas fuerzas de seguridad, que ralentizan el tránsito, con el solo objetivo de que se los vea parados allí, muriéndose de frío. No más que eso.
Pero el centro internacional Los Libertadores, del lado chileno, es una mugre, los servicios son básicos y aunque la atención humana es la mejor posible, el contexto es una muralla a sortear que hace que se piense dos veces si ir o no por vía terrestre, cuando es una opción. Cuando resulta una obligación laboral o de otro tipo, directamente es una condena.
En tiempos en los que se habla de "integración", ir y volver de Chile, aquí no más, es como hacerlo con un país enemigo y en guerra: todos sospechan de todos, las trabas se multiplican y uno logra pasar la frontera solo porque tiene mucha voluntad de hacerlo.
Estamos a punto de elegir unos todavía no muy útiles "parlamentarios del Mercosur", bloque comercial del que Chile es un "estado asociado", pero somos incapaces de solucionar inconvenientes tan básicos como los descriptos.
Es más: el gobernador, uno de los que quiere sentarse en un curil del bloque, lo único que ha conseguido es pedir que "echen" al coordinador del Paso Los Libertadores y, en todo caso, esperar que pongan a uno que le agrade. Política de muy baja intensidad.
En medio de esto, Mendoza no levanta la voz hacia adentro del país por miedo a que la reprendan fuertemente desde la Casa Rosada y zapatea caprichosamente, sin conseguir nada, cuando la gente se harta de lo que pasa en el cruce internacional.
Pero lo que sucede es grave: no solo cambia el humor de paseantes y trabajadores, sino que entorpece la relación comercial entre muchos países, ya que las quejas por la situación en la Alta Montaña mendocina provienen, además, desde Paraguay y Brasil.
Si no saben al menor ordenar la circulación en la montaña y coordinar el tránsito de un país al otro, sin que eso represente una "tragedia", todo lo demás serán fuegos artificiales. O piedrazos sin destino.