"El periodismo moderno justifica su existencia por el gran principio darwiniano de la supervivencia más vulgar".
Oscar Wilde.
Un género literario o un bizco mirando gemelos,
un sordo en el fondo del mar, junto a una campana,
una señal de humo desde el otro extremo del cielo,
un vestido negro, largo, a las nueve de la mañana,
un historiador del instante que padece de amnesia,
pequeña mentira, breve verdad, asalariadas,
el periodismo es esto: una forma de la anestesia.
El verbo "decir" que duda y obedece y no dice
y cuando dice, las heridas ya son cicatrices
de lo dicho; un ademán, fallida telekinesia,
de una única ficción sosa, carente de matices.
Ahora y siempre, han imperado las audiencias
(ya bien lo sabía don Heródoto de Halicarnaso,
cuya prédica no buscaba convertirse en ciencia,
sino mostrar su mirada sobre las Guerras Médicas).
La realidad no es su discurso, el discurso es un trazo
de otro trazo, no más que una sombra enciclopédica
que, a pesar de todo, constituye realidad a corto plazo
(sí: somos también lo que pensamos, esa impudicia
es cierta; lo real es excusa del poder y sus zarpazos
necesitan de un relato -una mano, la caricia-).
Gritemos a los vientos que agonizan las noticias
(los "no lugares" son también contenidos simbólicos);
se publica cualquier cosa, como si fuese primicia:
el verbo es paralítico y el adjetivo, anabólico,
"independencia" y "objetividad" son señoras ficticias
que sirven de escudo, como la cruz, a un católico.
A modo de herencia, a cuenta de futuras primaveras,
dejaremos unas pocas palabras mal cocidas
(escritas sin esmero y firmadas por cualquiera)
de todo lo acaecido en esta maltratada esfera.
Los arqueólogos -una vez más- recogerán pedazos
de palabras, fotogramas, fotografías, nombres,
de una época en que todo fue un indolente retazo
de todo, un faro roto ante el mar de lo indecible,
acto fallido del poder comunicador del hombre,
aliento de ahogado, postal de lo imperceptible:
el periodismo debió ser un acto de servicio
y fue, en cambio, un amplio abanico de beneficios,
una loa a la firmeza, pero siendo muuuy flexibles...
Mientras la vasta industria de la verdad se regodea,
vive y sufre, sin embargo, el periodista verdadero,
el náufrago que esquiva los hechizos de Medea,
el que pinta su ignoto barrio y pinta el mundo entero
(la biblia universal sigue siendo el mapa de tu aldea)
ajeno a las presiones del oficio verbal de cada día,
pues no hay mensaje sin cultura, sistema sin ideas,
y los sistemas de ideas son justamente ideologías:
dime cuáles son tus oraciones y te diré de tu herida,
dime quién te llena el plato y te diré de tu pelea.
dime o no si eres culpable, publicaré que lo "serías".
¿Qué se dirá de nosotros tras un puñado de siglos?:
¿que hicimos lo que pudimos?; ¿que vivimos al filo
de lo cierto?; ¿que negociamos salario por sigilo,
cobertizo por sintonía, aguinaldo por asilo..?;
¿que pusimos justicia sin ser jueces, al estilo
western sphagetti, como si de eso se tratara?;
¿que nos sentamos en la mesa de los elegidos,
-turistas del bruñido banquete de los erguidos-
astillas de palo ajeno, fábula de un cara a cara
ilusorio, mendaz y socialmente malherido?
El triste mundo -sin nosotros- seguirá en sus cosas
como ha seguido: burlado por las torpes lecturas
de capitanes de la mar de verdades sospechosas,
y sus tan amplios saberes de una cuarta de hondura.
Es un hecho que, un buen día -temprano, nunca tarde-,
jubilaremos el puño y mediremos la estatura
de un silencio, que antes, fue un silencio cobarde
y, entonces, será vacío ciego, solo, sin emparde.
Punto. Paren la rotativa. Fin de la aventura.
Ulises Naranjo.