El curioso modo de festejar la derrota

Tras las PASO porteñas, el FPV se mostró triunfal. Pero perdió. Un análisis.

Foto: TELAM
Foto: TELAM

Basta con ver un partido de fútbol jugado por niños, para darse cuenta de que es imposible que a alguno de ellos se le ocurra gritar gol, si tiró la pelota afuera. Los “locos bajitos” no lo permitirían, entre otras cosas, porque conocen las reglas de juego y las defienden a ultranza. Mi hijo de diez años se enoja con los periodistas deportivos que “relatan” el partido en contra de su equipo favorito. Puede advertir la diferencia entre lo que pasa en la cancha: la “historia”; y lo que se dice de lo que pasa: el “relato”.

Esta evidencia, aplicable a la realidad deportiva; no parece aplicarse a la realidad política en la Argentina. Podemos observar que después de las elecciones primarias en las diferentes provincias argentinas, el esfuerzo principal de algunas fuerzas partidarias, ha sido el demostrar éxito, aunque este haya estado muy lejos de lograrse. El domingo pasado, Aníbal Fernandez dijo triunfante que el FPV “había ascendido a segunda fuerza”. Veíamos por TV que Recalde festejaba como si tuviera la mayoría de los votos. Página 12 tituló “En el podio”, con fotos que ponían en el mismo nivel a ganadores y perdedores. Dado que la política interesa menos que el fútbol, es mucho más fácil confundir a la ciudadanía; y un ciudadano distraído puede pensar que, efectivamente, quien ganó las elecciones en Capital Federal fue Mariano Recalde, que obtuvo la tercera parte de lo que había obtenido Filmus en la última elección de la Ciudad[1]. Finalmente, en la ciudad de Buenos Aires, Aníbal Fernández se reivindicó con un cita contundente "No hay mucho más para contar, la verdad es la única realidad". Fue bueno escucharlo, porque a veces parece que la única verdad es el relato.

Lo que ocurrió en Mendoza después de las PASO en abril, fue parecido; aunque faltó la habilidad del jefe de gabinete. Carmona celebró con tal énfasis, que muchos creyeron que había ganado la interna del justicialismo; y que disputaba los votos de “Cambia Mendoza”. De esa manera nacionalizaba una elección provincial y perjudicaba al kirchnerismo que lo apoyó ciertamente. La realidad era muy distinta. Cuando Alfredo Cornejo se mostró ganador, con alrededor de cincuenta mil votos por encima de la totalidad recibida por los tres candidatos del Frente para la Victoria, fue criticado de manera insólita. Como si fuera reprochable el festejo del que mete el gol, y fuera lógica la fiesta de quien tiró la pelota afuera. Una cosa es no aparecer deprimido después de una derrota y otra muy distinta es festejarla, a fin de mostrar que ha sido una victoria. Como si lo que contara consistiera en el bombardeo gradual y uniforme de la información, en la que los diversos contenidos se nivelan y pierden sus diferencias. Entre esas diferencias está la verdad de la mentira. ¿Alguien trata de “mentirosos” a quienes generan semejante confusión?

Lo que me preocupa no es tanto el engaño a la opinión pública; sino que de esta manera, la política se concentra más en imponer un discurso que en cambiar la realidad. Con ese razonamiento, el principal combate tiene que ver con las palabras y no con las cosas. No importa tanto promover nuevos derechos, como imponer un discurso sobre los derechos; interesa menos construir mejoras reales en la vida de la gente, que dominar la palabra en el espacio público.

Se reemplazó la expresión: “con la democracia se come, se educa…”; por la frase: “con el relato se come, se educa…”. Lo cierto es que además de democracia y de relato, se necesita que cambien las cosas; y que llega un momento inexorable en el que el relato no puede negar la experiencia. El caso de los productores fundidos, que ni siquiera han podido levantar sus cosechas, es uno de esos tristes ejemplos.

Para algunos, el poder pertenece hoy a quien controla la palabra o el discurso. Así pues, por dar un ejemplo relacionado con la seguridad, a algunos gobiernos les preocupa más controlar la opinión pública, que a la policía.

Umberto Eco decía que una organización educativa que lograse que una audiencia determinada discutiera sobre el mensaje que recibe, podría volver del revés el significado de tal mensaje; o bien, demostrar que ese mensaje puede ser interpretado de diferentes modos. Esa “guerrilla semiológica” en todas las escuelas, sería uno de los modos eficientes de limitar la influencia de ese control oprimente. Como profesora de lengua, siento que parte de lo importante de mi trabajo consiste en generar las herramientas para que los estudiantes comprendan los mensajes que leen; es decir, que interpreten tanto lo que se dice, como lo que está “entre líneas”. Por eso, a veces me pregunto si este deterioro de la escuela pública, en particular en la comprensión lectora, es obra del azar o de algún objetivo minucioso.

[1] Tal vez porque el fútbol se suele tomar más en serio que la política, es que estamos más orgullosos de nuestros futbolistas que de nuestros dirigentes.