“Porque las cosas siguen así
como la historia que arrasó con el Perú”
(Luis Alberto Spinetta)
Tantas, pero tantas cosas se han dicho sobre el pasado, sobre los hechos y lugares históricos, sobre el valor de cada uno de los legados, que cansaríamos si comenzamos este texto con alguna frase ya hecha o pretendidamente innovadora pero que caiga en algún lugar común.
Estimamos que alcanza con decir que la Historia no es algo que nos pasó, sino algo que nos pasa, algo que nos define y nos identifica y algo contra lo que, por supuesto, también nos tenemos que revelar (entiéndase “rever y discutir”) si queremos tener un futuro con menos errores.
Parte de esa Historia es el patrimonio tangible, en el que caben tanto un edificio como el enorme canal artificial que atraviesa una ciudad, tanto una cueva habitada por seres humanos hace miles de años como el monumento en el Cerro de la Gloria.
Y el paso por una ventana natural entre dos cerros, ya de por sí algo bello sin intervención humana (aunque sea el ser humano el que lo defina como bello), enriquece su valor si, además, adquirió, gracias a quienes lo habitaron o lo usaron como camino, la cualidad de símbolo.
Ayer nos enteramos de que el Paso del Portillo Argentino, en Tunuyán, había sido vulnerado, si no destruido, por máquinas del Ministerio de Infraestructura de Mendoza (para detalles, leer las reseñas del caso que realizó Ulises Naranjo, El desastre natural mendocino que ¿fue o no fue? y Se confirma el desastre de Infraestructura en Paso Portillo Argentino).
Pero este es sólo uno de los casos que se pueden enumerar de destrucción de patrimonio por desidia, aunque a veces esta desidia pretenda disfrazarse de desconocimiento. Repasemos algunos pocos casos en los que el patrimonio cultural e histórico no es respetado y veremos que a veces, incluso a sabiendas, se lo destruye.
Tal vez, el caso que más resonancia mediática tuvo fue el del mural que, encabezados por Gastón Alfaro, pintaron varios artistas en el Instituto Nacional de Vitivinicultura (una reflexión sobre el valor que se les da a las obras de arte puede leerse en la columna de Sonnia De Monte Aquel mural del Instituto Nacional de Vitivinicultura), pero hay otros casos que no llegan a los medios o lo hacen disfrazados de avance y progreso, como lo que está sucediendo ahora en Guaymallén, en la estación de trenes del antiguo Ferrocarril Belgrano, donde, a pesar de que existen leyes nacionales que protegen este tipo de edificaciones, se están construyendo aulas. Y también existen casos en los que, en silencio, hay personas trabajando para que alguien se fije en ellos como patrimonio, como lo que sucede con el Pabellón 24, un edificio emblemático de la Mendoza y la Argentina de mediados del siglo XX (al respecto, pueden leer Al rescate del Pabellón 24, un edificio peronista) o con la zona conocida como Agua de la Cueva, un espacio en el que fueron hallados restos de los más antiguos pobladores del norte mendocino y que ahora está en manos de puesteros que cercaron el lugar.
La lista podría extenderse hasta alcanzar centenas de casos, y es que, a pesar de leyes, decretos u ordenanzas, no parece haber en gran parte de nuestros dirigentes políticos una consciencia de lo que una piedra o un edificio, una pintura rupestre o un monumento pueden significar. Al contrario, pareciera que la Historia, para ellos, es esa cosa que se oculta en las páginas de los manuales escolares o de los libros especializados.
Entonces, no estaría mal recordarles que esa cosa a la que llamamos “patrimonio” no es negociable y que no puede haber intereses políticos o económicos, individuales o grupales que pongan en segundo plano el valor (¡valor, señores, no precio!) que tienen para nosotros como comunidad, como seres históricos y políticos, como sociedad presente y futura. Y peor aún, una vez que algo de esto se destruye, ya no es recuperable, por más que se indemnice (resarcimiento necesario, por cierto) a los artistas, como se hizo con quienes realizaron la obra en el muro del Instituto Nacional de Vitivinicultura.
Una estación de trenes, un mural, un edificio de 60 años, una zona que fue habitada hace 10.000 años, una ventana entre dos cerros… Es patrimonio, señores, y no pueden pasar por encima de eso y justificar todo con la idea del progreso, con la que, por cierto, están llegando más de un siglo tarde.
El pasado nos interroga, nos increpa, nos golpea, nos refleja, por eso, al pasado hay que interrogarlo, increparlo, golpearlo, interpretarlo. Pero lo que no podemos hacer con el pasado es destruirlo, aunque la necedad y la desidia a veces puedan más que la Historia.
Alejandro Frias