Ese boomerang llamado campaña sucia

La campaña del miedo; una anti-campaña que perjudica al que la realiza.

 Una encuesta telefónica realizada por la firma Polldata, analisa el efecto de la “campaña sucia” tomando en cuenta 1.300 personas de todo el país como referencia. Los datos revelados son que el 57,3% de los encuestados afirma que las denuncias del oficialismo son falsas, un 23,1 que son más o menos creíbles, mientras que un 17,6 piensan que son muy creíbles. Hay un 2% que contesto que no sabe.

Nos vamos a enfocar por un momento en el segundo y tercer grupo, que conforma un 40,7% de los encuestados. Y aquí el dato curioso. Si pensamos que estos encuestados son propensos a votar a Scioli, ya que el porcentaje es parecido al obtenido por este candidato el pasado 25 de octubre, la conclusión podría ser la siguiente: de los votantes oficialistas, menos de la mitad cree las mentiras de la campaña, mientras que el resto duda sobre la veracidad de las mismas. Huelga decir que esto perjudica directamente a Scioli, ya que más de la mitad de su aparente electorado se sabe manipulado. Por lo tanto, ésta campaña tiene como logro hasta ahora el de generar dudas en sus propios votantes, y no en el resto de la sociedad.

Cabe hacer una diferencia entre dos formas similares aunque diferentes de hacer proselitismo, y es que una cosa es un golpe bajo y otra muy distinta la mentira, herramienta esencial de la campaña sucia. Un golpe bajo sería revelar algo que el rival no quiere que se sepa, algo veraz y demostrable. Lo segundo es sencillamente mentir, engañar a la gente.

Hay dos ejemplos emblemáticos de golpes bajos en la campaña actual. En orden cronológico podemos hablar primero del caso Niembro, que expuso una serie de contratos polémicos entre la ciudad de Buenos Aires y el relator, que significó para éste un pago de aproximadamente 20 millones de pesos. La justicia ha tomado cartas en el asunto y Niembro bajó su candidatura a Senador Nacional. Del otro lado asistimos al caso de Aníbal Fernández y su vinculación con el tráfico de efedrina y con el avance de la droga en la provincia de Buenos Aires y en el país. Cabe aclarar que la denuncia contra el actual Jefe de Gabinete Nacional no fue efectuada por el espacio Cambiemos, sino por un programa periodístico que conduce Jorge Lanata. No ocurrió lo mismo con las denuncias realizadas contra Fernando Niembro, que vinieron de manos de funcionarios del Frente para la Victoria.

Volviendo a la campaña sucia, hubo sobre todo 2 acusaciones que sacudieron al espacio Cambiemos y al electorado. Una de ellas fue el supuesto cierre del Programa de Atención a Víctimas de Violencia Sexual en la Ciudad, lo cual ya fue desmentido. La otra denuncia fue por el supuesto cierre del programa “Envión” en la provincia de Buenos Aires por decisión de María Eugenia Vidal, que dejaría a 2.000 personas sin trabajo, y a 50.000 alumnos sin becas. La lógica y la realidad indican que Vidal no puede tomar medidas porque todavía no asume su mandato como gobernadora de Buenos Aires. No hay mucho que agregar.

Aunque para mí es claro que éste tipo de prácticas son anti-éticas, creo que vale la pena hacer una última reflexión sobre el oportunismo de una campaña sucia. Pero dejando la discusión ética de lado, creo que el oficialismo ha cometido un grave error estratégico. Como quien no comprende el peligro de estas prácticas, les ha dejado más de veinte días a los ciudadanos para comprobar que las acusaciones del FPV son falsas. Es decir, el oficialismo se apuró, desperdiciando los efectos cortoplacistas de la mentira. Una vez que la gente descubre el engaño, se sabe manipulada y puede incluso tornarse opositora a causa de la indignación que esto provoca.

En Argentina, el odio parece ya no tener los adeptos necesarios como para ganar una elección. Esta manera de hacer política, que dio resultado en muchos casos durante los últimos 12 años, ha llegado a un punto de agotamiento. El filósofo Séneca definía a la ira como “un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se almacena que en cualquier cosa que se vierte”. ¿Es ésta una metáfora que explicaría el efecto boomerang de la campaña sucia? Por el momento parece que sí.

José Alonso

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